Nebraska o el deseo de vivir

Fotograma de la película Nebraska
Bruce Dern protagoniza la película Nebraska

¿Qué puede verse cuando se apaga la luz y se enciende la gran pantalla? Nebraska, la última película de Alexander Payne, admite muchas lecturas. Como todo buen cine. Vemos a un hombre desmoronándose por el alcohol y el deterioro cerebral. Vemos a un hijo solícito que oculta bajo su disposición de chico obediente un cariño hacia su padre que no ha tenido muchas ocasiones de mostrar. Vemos a una esposa y madre cascarrabias que, a medida que la historia avanza, da muestras de que, tras su irritante dureza, se esconde, quizás asustada, una persona tierna y divertida. Vemos a otro hijo más distante, correcto en la relación pero emocionalmente ausente.

 

Vemos un viaje aparentemente absurdo, que, sin embargo, acaba revelando todo su sentido afectivo. Un viaje con un propósito no del todo consciente: regresar al escenario de la infancia, la adolescencia, la juventud, a ese lugar imaginario en el que todo parecía posible. Un viaje en busca, quizás, de una memoria cada vez más escurridiza.

Y vemos la codicia que puede brotar cuando se es mala persona o cuando, sin serlo, se tambalean las bases económicas que sustentan la vida. También vemos la bondad de quien, aun en condiciones precarias, sabe alegrarse del bien ajeno. Y la insidiosa labor de zapa de una enfermedad que avanza lentamente hasta convertir la memoria que nos constituye en un erial plagado de agujeros negros. Y vemos destellos de humor y de decencia donde menos te los esperas. Y la recuperación imprevista del orgullo y las ganas de vivir. Y la felicidad de haber cumplido el objetivo  del viaje.

Rodada en blanco y negro, “Nebraska” es una metáfora lograda de la fragilidad humana. Esa que aspiramos a superar rodeándonos, vanamente, de un catálogo de fantasías huidizas.

Aquí dejo el trailer que, en esta ocasión, sí hace justicia  a la película.

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