Emociones tóxicas (1): el miedo

La imagen está tomada de la galería de Pedro OE en Flickr.
La imagen está tomada de la galería de Pedro OE en Flickr.

¿Quién no ha sentido miedo alguna vez?  El miedo es una reacción emocional natural ante situaciones objetivas de amenaza. Nuestro organismo, como un todo, está equipado para responder ante tales situaciones de acuerdo con el instinto de supervivencia: huyendo o suprimiendo la situación que provoca miedo. El problema surge cuando el miedo se hace crónico y condiciona la vida de quien lo padece.

El miedo, una emoción paralizante

El miedo es un ser vivo, viscoso, caliente, amargo, que te agarra el corazón y lo agita como una coctelera, hasta que sientes tal mareo que te cuesta mantenerte en pie.

El miedo puede tener un sinfín de causas objetivas: el vértigo de un desengaño amoroso, el insidioso avance de una enfermedad, la deriva inquietante de un hijo, la pérdida del empleo, etc. Siempre, en todo caso, se vive tamizado por el filtro imparable de la subjetividad.

El miedo, una vez que nace, vinculado más o menos directamente a un determinado objeto o situación, te atenaza, agarrota tus articulaciones y te impide moverte con libertad, condenándote a una parálisis de la que no aciertas a salir.

El miedo desafía tu equilibrio emocional, llevándote a experimentar de manera recurrente una ansiedad que, en caso de mantenerse, pueden derivar en auténtica angustia que desbarate tu vida.

El miedo puede inspirarte conductas irracionales, en un intento vano de aplacarlo, porque en realidad solo afrontando conscientemente las causas que lo provocan (y lo mantienen), es posible zafarse de su doloroso abrazo.

El miedo provoca insomnio, te quita el apetito (los apetitos), te hace hipersensible a expectativas negativas, favorece sentimientos de culpabilidad e infravaloración, se lleva las ganas de disfrutar de la vida, te hace más proclive a la química psicoactiva…

Afrontar el miedo

El miedo solo se supera resolviendo (hasta donde sea posible) las causas que lo provocan. Y cuando no quede más remedio que sobrellevar situaciones sin salida (que las hay), disfrutando del apoyo afectivo de las personas cercanas. Requiere también un trabajo interno, personal, íntimo que ayude a relativizar el impacto emocional de los tiempos que no existen: el pasado, ya solo vago recuerdo, permanentemente reinventado; el futuro, una “escena temida” que, como profecía autocumplida, puede acabar adquiriendo veracidad.

El miedo, una emoción desgastante a la que, sin embargo, puedes agarrar por las solapas, mirar a los ojos y gritarle: ¡hasta aquí! Y comprobar como, poco a poco, su pesada garra va soltando la presa y empiezas de nuevo a respirar con fluidez, a sentirte ligero, libre, capaz de retomar tu camino, dormir y comer y… vivir. En ese momento, el miedo cede y se retira, acaso sorprendido.

El miedo, en fin, un ser vivo que pierde poder sobre tu vida cuando, armándote de valor, decisión y afecto, coges impulso y le plantas cara.

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