La humanidad naufraga en la valla de la vergüenza

La imagen está tomada de la galería de Ingrid Taylar en Flickr.
La imagen está tomada de la galería de Ingrid Taylar en Flickr.

Viajar en busca del sueño europeo

Tras varios meses recorriendo cientos de kilómetros desde Camerún, Kwamba llegó a Marruecos. Su destino era Europa, un metáfora que en el idioma de su imaginación significa prosperidad. Ha viajado solo y acompañado. Ha pasado miedo, hambre, sed, agotamiento y un sinfín de calamidades. Pero cumplir el deseo que a sus 25 años le llevó a dejar atrás su país, su familia, sus amigos, es una motivación que le ha ayudado a vencer la adversidad. En sus sueños nocturnos, Europa se declina como oportunidad, recursos, mejora, trabajo… Todo lo que necesita para reiniciar una vida digna.

Su imagen de Europa está hecha de cuentos, rumores y fantasías. Para el imaginario africano, Europa representa una tierra de refugio en la que mejorar las condiciones de vida, protegerse de persecuciones políticas, de la guerra o de la hambruna. Europa, nuestra Europa, el continente que presume de ser el valedor de los derechos humanos, la “liberté, egalité, fraternité” y… las concertinas. Si tecleas en el diccionario de la RAE “concertina” te devuelve esto: “Acordeón de forma hexagonal u octogonal, de fuelle muy largo y teclados cantantes en ambas caras o cubiertas”. Quien bautizó así las cuchillas con las que está construida la valla de Melilla tenía un extraño sentido del humor.

Europa, una metáfora oxidada

Cuando Kwamba llegó a Marruecos empezó a escuchar relatos que confirmaban rumores presentidos durante el viaje. Rumores que hablaban de un monte en el que cientos personas aguardaban su momento. Rumores que hablaban de La Gran Valla, como un obstáculo final entre el pasado y el futuro. Rumores que hablaban de policías de uno y otro lado de esa valla que hacían cuando estaba en su mano para evitar el paso. Se hablaba, en fin, de cómo, a pesar de todo, muchas personas lo habían conseguido. Y en efecto: allí estaba el monte Gurugú, y La Gran Valla rodeada de una alambrada cuyos reflejos hacían temer lo peor. Tras meses de peregrinación, el viaje de Kwamba terminaba. Y lo hacía gritando encaramado a una valla, junto a otras personas de su mismo color, intentando no desgarrar su piel con las malditas concertinas.

Una valla que Europa había construido porque, en su egoísmo, se veía a sí misma como una ciudadela sitiada por personas que venían a arrancarle su envidiado bienestar. Una valla en la que, contradiciendo todos los supuestos valores que a los europeos nos definen, la humanidad se convierte en un odioso muro de la vergüenza, uno más de cuantos la sofisticada Europa ha construido o inspirado. Una valla erigida por la estupidez, la maldad y la renuncia moral de una ciudadanía que la consideraba como un mal menor que ocurría lejos, donde termina la humanidad. Una valla donde frenar a los emigrantes que buscan refugio, de los que hablaba en esta entrada Cuando la muerte tiene el color de la pobreza.

El programa que hizo Jordi Évole el domingo pasado no dejó lugar a dudas sobre la situación que se vive en ese otro lado de la frontera. Merece la pena volver a verlo: El otro lado de la valla.

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