6 ingredientes para cocinar un proyecto

La foto está tomada de la galería de Murciopía en Flickr.
La foto está tomada de la galería de Murciopía en Flickr.

No llevo la cuenta, pero son varios cientos los proyectos que he tenido que redactar (o corregir) en los últimos años para su presentación a las más  diversas convocatorias públicas y privadas. Esta experiencia me ha dado cierta visión sobre algunos componentes clave en la formulación de proyectos. Voy a limitarme a seis ingredientes, que pasar de ahí ya es alta cocina.

  1. Paciencia para descifrar el farragoso lenguaje de las bases: Es abrir el boletín oficial de turno y se te cae el alma a los pies. ¿De verdad que es necesaria tanta retórica, tanta complicación y ese lenguaje de leguleyo? ¿Qué tal unos cursos de Lectura fácil para la gente que se dedica a redactar esos textos? En un mundo en el que cada vez se habla más de transparencia, la claridad sería un verdadero acto de respeto a quienes necesitan bucear en esos textos. Esa apuesta por la transparencia tiene uno de sus talones de Aquiles en el oscurantismo de la literatura administrativa. Así que, bueno, tómatelo con calma y subraya bien toda la información relevante: a) Objeto de la convocatoria (¿realmente es lo tuyo?), b) Entidades beneficiarias (¿seguro que cumples los requisitos?), c) Plazos de entrega (cuidado, que el tiempo corre que se las pela), d) Limitaciones presupuestarias (en según qué convocatorias, como te descuides pierdes dinero), e) Documentación a adjuntar (¿qué harán con tanto papel?)…
  2. Destreza para rellenar formularios siempre diferentes: Si presentas proyectos a 10 administraciones diferentes (o a 10 organismos distintos dentro de una misma administración), ten por seguro que los 10 formularios a rellenar (cumplimentar, dicen ellos) serán diferentes entre sí. Se supone que todos pretenden lo mismo: que el solicitante formule su propuesta con la máxima claridad y rigor. ¿Por qué a estas alturas no puede haber dos o tres modelos tipo que todas las administraciones utilicen? Muy lógica y eficiente esa diversidad. Y muy respetuosa también. Y si pensabas que con la progresiva tendencia a facilitar solicitudes online este desbarajuste se iba a corregir y simplificar, craso error. Salvo contadas excepciones, aún se ha complicado más. ¿Quién será el sádico que diseña esas aplicaciones de tan cuestionable usabilidad ?
  3. Rigor para formular proyectos con fundamento: Una vez descifradas las bases y comprendidos los requisitos del formulario (y sus anexos), lo primero que hay que tener claro es el sentido del proyecto, la necesidad social a la que responde. Un buen proyecto tiene que tener fundamento. La pregunta es: ¿por qué hay que intervenir ante el problema X y por qué tu proyecto es una respuesta efectiva para resolverlo? No se trata de exhibir erudición con respecto a determinado asunto (aunque, como es lógico, habrá que mostrar que se sabe de lo que se habla). Se trata de exponer un mapa claro del problema sobre el que pretendes intervenir, de la evidencia existente sobre las actuaciones que han mostrado alguna eficacia y del sentido de tu proyecto con respecto al problema o necesidad. Sin humo. Sin retórica. Al grano. Sin limitarte a una mera yuxtaposición de datos que muestran lo que todo el mundo ya sabe en relación al tema específico de la convocatoria.
  4. Claridad expositiva: Un proyecto tiene que resultar claro para quien lo lea. Esta persona se tiene que decir a sí misma algo así como: “anda, pues es verdad, esta propuesta es justo lo que estábamos necesitando”. No se trata de mostrar que eres quien más sabe del tema, pero sí de dejar claro que conoces el asunto, que manejas la literatura existente y que sabes exponer tu propuesta con rigor, sencillez y claridad. Si no entienden lo que propones, ¿por qué te van a apoyar? No hace falta que sea demasiado largo (la calidad de un proyecto no se mide por su número de páginas), que esté saturado de citas ilustradas (deja tu sabiduría para esa tesis doctoral que tienes atravesada), ni que esté lleno de ilustraciones. Se trata de que se entienda a la primera, usando un lenguaje sencillo, sin retórica ni tecnicismos, con frases breves, sin perífrasis ni circunloquios que conviertan la lectura en una carrera de obstáculos. Hay que ponérselo fácil a quien tenga que leer el proyecto, recordando que es uno más de los muchos que tendrá que revisar.
  5. Moderación en los propósitos: Todo proyecto tiene que encontrar un equilibrio entre objetivos y medios. A veces se leen proyectos que adolecen de una gran desproporción entre medios y fines. Un desequilibrio que no resulta muy creíble. Un proyecto no es un brindis al sol en el que cabe cualquier cosa (hay que olvidar ya aquella vieja máxima según la cual “el papel lo aguanta todo”). Un proyecto es, básicamente, un mapa de la intervención que te propones realizar. Y sus objetivos, por lo tanto, tendrán que ser claros, alcanzables, operativos, medibles. Lo demás es solo palabrería. Esto no quiere decir que haya que hacerse planteamientos raquíticos. Quiere decir que un proyecto de meses, con un presupuesto probablemente ajustadito, permite… lo que permite. Y esto hay que tenerlo claro desde el principio.
  6. Coherencia interna: En relación con lo anterior, un proyecto es una propuesta coherente de actuación en la que tienes claro dónde quieres llegar (objetivos), qué tienes que hacer para lograrlo (actividades) y cuál es el precio de ese viaje (presupuesto). Objetivos, resultados previstos, indicadores, actividades y presupuesto no son conceptos independientes, como a veces parece. Están, por el contrario, íntimamente relacionados, de acuerdo con ese paradigma conocido como “marco lógico” que significa, básicamente, que un proyecto tiene que tener coherencia interna entre sus distintos apartados. Pensar en un proyecto como un viaje de un lugar (simbólico) a otro, es útil para no perder en ningún momento la perspectiva.

En definitiva, hay que leer a conciencia las bases (a pesar de lo aburrida que resulta esa literatura), conocer a fondo las exigencias del cuestionario (diferentes en cada caso, por desgracia), justificar con rigor la propuesta (el “fundamento” de cualquier cocina que se precie), escribir con claridad (mostrando que se conoce el tema del que se trate), plantear unos propósitos razonables (accesibles a intervenciones generalmente breves) y mostrar la lógica interna de la propuesta (objetivos, resultados esperados, indicadores, actividades y presupuestos, que encajan como piezas de un puzzle). Y, luego, … bueno, confiar en que el lector, la lectora, no tengan una actitud sesgada, no estén demasiado condicionados en sus valoraciones y reparen en la calidad de tu propuesta entre las decenas de iniciativas entre las que tendrá que hacerse visible.

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