Empatía, pajaritos y pajarracos

La empatía está de moda. Al menos hablar de ella. Hace ya cuatro años que el sociólogo norteamericano Jeremy Rifkin publicó su libro La civilización empática, del que puede verse este resumen animado por RSA Animate. Recientemente, la organización internacional Ashoka lanzó su propuesta Start Empathy Initiative. Las neurociencias llevan años proponiendo la existencia de neuronas espejo que parecen mostrar que, incluso desde el punto de vista biológico, nacemos equipados para la empatía. Como si la naturaleza hubiera sospechado que la indefensión con la que nacemos solo pudiera compensarse gracias a la colaboración. Bienvenida esta moda. Sobre todo si ayuda a repensar algunas prácticas sociales que no cabe caracterizar precisamente como empáticas.

Aunque las cosas no son tan fáciles, como nos muestra la gente de Pixar en su animación “For the birds”. En ella vemos a una bandada de pajaritos capaces de llevarse entre ellos razonablemente bien, dejando aparte algún picotazo. Pero, mira por dónde, quiere unirse a la fiesta un animal de otra tribu. Igualmente un ave, pero… diferente. ¡Un pajarraco! Otra fisonomía, otro plumaje, otro color, otros cánticos, otro sentido del humor, otros… Otro. En situaciones así es donde se pone a juego la empatía. Convivir entre pájaros iguales puede resultar hasta cierto punto sencillo. Quizás limitado e incluso algo aburrido, pero sin especiales complicaciones. Pero, ¿convivir entre diferentes? Eso ya es harina de otro costal. Puede haber burlas (el sarcasmo como mecanismo de defensa ante lo desconocido, vivido como amenaza). Puede haber rumores y habladurías (esa construcción de chivos expiatorios que tan necesaria parece en determinados momentos para calmar el desasosiego). Y ya, en situaciones extremas, pueden darse auténticos ataques (en forma de desprecio o incluso violencia física) que, aparentemente, pretenderían restaurar una supuesta situación de partida.

¡Menudos pájaros estos del cuento, que de pronto ven perturbada su natural tranquilidad por la llegada de una… rara avis! A mí me hace pensar que si, como parece (y prefiero creer) venimos dotados de serie con la capacidad de reconocer y respetar a las demás personas, se trata de una potencialidad que hay que educar, porque no se desarrolla de manera espontánea. De otro modo, la empatía que nos constituye puede irse al garete en cuanto se produce una situación social delicada. Como, por ejemplo, la actual. En momentos así, sin una educación que desarrolle esa competencia nuclear que es la empatía, lo mismo la emprendemos a picotazos con la persona diferente. Y ya sabemos que todo el mundo es “diferente” para alguien.

La imagen está tomada de Smartempathy.org
La imagen está tomada de Smartempathy.org
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