Yo bebo lo normal

La foto está tomada de la galería de Fermín R.F. en Flickr.
La foto está tomada de la galería de Fermín R.F. en Flickr.

Una de las frases más llamativas en mis inicios en la clínica de las adicciones fue la pronunciada por varios alcohólicos a la hora de cuantificar su consumo de alcohol: ¿Cuánto bebo? ¡Lo normal!, respondían con total convicción. Cuando se iba concretando el consumo real, las cantidades eran… generosas, en dosis diarias de mañana, tarde y noche. Y es que “lo normal” no es una categoría clínica, sino estadística y moral. La mayoría de las personas necesitan sentirse “normales”, especiales ma non tropo. En una situación como el alcoholismo, en la que la negación es frecuente, la apelación a “lo normal” es un intento de relativizar un consumo autodestructivo y resolver la disonancia cognitiva que genera. Esta misma negación individual, que lleva a infraestimar consumos claramente tóxicos, puede darse a escala social.

Bebemos más que la media mundial

Viene esto a cuento del estudio hecho público recientemente por la Organización Mundial de la Salud bajo el título Global status report on alcohol and health 2014. En él se muestra que Europa es el continente en el que más alcohol se bebe. Se muestra, así mismo, que el consumo de alcohol en España (11,2 litros al año por persona de más de 15 años) casi duplica la tasa mundial (6,2 litros), si bien en una tendencia decreciente. Tendencia que la propia OMS prevé que se mantenga en sus proyecciones para el año 2025. Buena parte de quienes trabajamos en el ámbito de las adicciones (antes “drogodependencias”, antes aún “toxicomanías”), hace décadas que sostenemos que el principal problema de este país con las drogas se refiere sobre todo al abuso de alcohol. Por su extensión, por la precocidad de las edades de inicio, por su probado impacto sobre la salud, por su relación con los accidentes de tráfico…

Prevención, educación y normas

Una realidad relevante desde el punto de vista de la salud pública, que requeriría del desarrollo de políticas públicas coherentes. Bien coordinadas y, sobre todo, bien meditadas, para no perder el norte. Porque, al igual que escribí al hablar de campañas publicitarias supuestamente preventivas con respecto al consumo adolescente de tabaco, tampoco en el caso del alcohol vale todo.  Se trata de una conducta en buena medida condicionada por factores sociales, económicos y culturales, y sobre ellos tendrán que incidir las políticas que pretendan alguna efectividad.

La industria alcoholera, como la tabaquera, hace una tarea de lobby que puede condicionar las políticas de un determinado país (e incluso a escala europea). Es necesario acabar con esas presiones y poner la salud pública en el centro. Pero lo realmente básico es la adopción de medidas educativas eficaces y el cumplimiento de las regulaciones vigentes. Medidas que, entre otras cosas, prohíben vender alcohol a menores de edad. Una prohibición que no va dirigida a molestar a chicas y chicos (que harán cuanto puedan para saltarse la norma y cumplir así ese rito iniciático en el que se ha convertido la exploración con el alcohol). Por el contrario, se dirige a las personas adultas que se lucran cada fin de semana vendiendo alcohol sin demasiados miramientos. Disponemos de un sinfín de medidas normativas que se cumplen… relativamente. La educación sobre este asunto (que tiene que ver con diseminar algunas informaciones básicas, pero sobre todo con educar personas capaces de gobernar saludablemente sus placeres y los riesgos), me temo que deja bastante que desear.

Mientras no se activen políticas más rigurosas que, además de poner freno a los manejos de la industria alcoholera, cumplan las leyes vigentes y promuevan la educación en este campo, seguiremos bebiendo “lo normal”, porque los consumos de alcohol se mantendrán en el pantanoso terreno de la moral.

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