Patrick Modiano: identidad en construcción y memoria

¿Era realmente posible que un doble que hubiera dejado yo aquí siguiera repitiendo todos y cada uno de mis antiguos gestos y recorriendo mis antiguos itinerarios por toda la eternidad? Patrick Modiano. La hierba de las noches.

Desde que abrí este blog, casi todos los fines de semana he publicado una entrada sobre alguna película relacionada con los temas que trato. Voy a seguir haciéndolo porque me gusta el cine y porque he descubierto que también me gusta escribir sobre él. Cosas del bloguear 🙂 Pero me gustaría añadir, siquiera de vez en cuando, una reseña de algún libro, probablemente novela, que me haya llegado especialmente y que guarde alguna relación con las categorías del blog. Me estreno con Patrick Modiano, el novelista francés. Supe de él hace años, a través de los dietarios de otro de mis escritores más apreciados, Miguel Sánchez-Ostiz. Primero leí su novela En el café de la juventud perdida, a la que siguieron Barrio perdidoUn pedigrí y, recientemente, La hierba de las noches, a la que voy a referirme, mientras espera su turno Calle de las tiendas oscuras.

Si trazas un relato lineal de esta novela, aparentemente no da para mucho: en el París de los años 60, chico se enamora de chica con un pasado turbio y vive con ella (y a causa de ella) diversas peripecias que, décadas después, y a partir de un motivo casual, intenta reconstruir. Nada de otro mundo, ¿no? Sin embargo, hay algunos rasgos en esta novela que parecen ser claves en la personalidad literaria de su autor. Yo voy a centrarme en la memoria, tan huidiza, como base de una identidad que se encuentra siempre en construcción. Porque la ciudad en la que transcurre la historia, París, está para su protagonista, Jean, plagada de trampas. De trampas emocionales que, por momentos, le llevan a mezclar pasado y presente. No los confunde, no delira, no pierde en ningún momento el principio de realidad. Pero, con frecuencia, en esa tarea incierta de reconstruir el pasado a partir de una memoria a menudo caprichosa, hay momentos en los que no parece tener claro si el pasado ya terminó y el presente es solo una recreación más o menos imaginaria, o si pasado y presente coexisten en estancias paralelas de la realidad. Como dice el narrador: “Aquel domingo a última hora de la tarde ya me estaba convenciendo de que el tiempo no se mueve y de que si de verdad me colase por la brecha me lo volvería a encontrar todo intacto.”

El pasado nos modela mientras, paralelamente, lo recreamos una y otra vez. El presente es el resultado de un sinfín de experiencias de las que solo quedan en la conciencia algunas huellas huidizas. La memoria es un palimpsesto sobre el que se van grabando sucesivamente las voces de la experiencia, tamizadas siempre por otras escrituras con las que buscan encajar. La identidad es, en definitiva, el reflejo imaginario de un abanico de vivencias que fueron dejando su marca en algún lugar de esa pizarra borrosa que es la memoria. De ahí que, en ocasiones, todo parezca irreal (por sueño, por cansancio…); o de la impresión de que todo podría empezar de nuevo con otros desenlaces apenas intuidos. Y en ese duelo intenso entre un pasado quebradizo y un presente frágil, se va fraguando una identidad que  tiene, inevitablemente, su parte de impostura (¿de impostora?)

Modiano refleja magistralmente en sus novelas ese viaje imparable entre el ayer y el hoy que nos da forma.

La hierba de las noches
Portada de la novela “La hierba de las noches”, de Patrick Modiano.
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