Ejercicio físico y equilibrio emocional

Imagen tomada de la galeria de Gabriel Porras en Flickr.
Imagen tomada de la galeria de Gabriel Porras en Flickr.

Llegas al vestuario para cambiarte y eres plenamente consciente de no ser ya (hace rato) un jovencito. Conoces bien tus limitaciones y sientes en cada músculo, en cada hueso, que el tiempo no pasa en balde. Sabes que la factoría interna que se encarga de reproducir la energía gastada funciona a un ritmo cada vez más bajo, siendo además menor su capacidad regenerativa. Entras por fin a la sala, después de un tiempo que cada vez te parece más largo (lo es) y allí están, esperándote, todas las máquinas de tortura. Las hay específicas para cada músculo. Las hay también para los diferentes niveles de exigencia. Desde máquinas amables que alimentan la fantasía de estar haciendo algo, hasta aparatos rigurosos que ponen a prueba todas tus capacidades (incluida la paciencia).

Tienes ya interiorizada tu tabla, tu circuito, tus niveles, tu ritmo, tu frecuencia… Y a ellos te ajustas, más o menos. Buscando siempre un equilibrio incierto: que desafíe tu comodidad, pero sin violentarla agresivamente; que requiera un plus de esfuerzo, pero dentro de los límites que te son propios. Y así vas inventando desafíos: “¿y si le pongo otros dos kilos? ¿Y si inclino la cinta…? ¿Y si subo la carga en la bici?” A veces funciona y te sientes complacido. Otras, al rato te dices: “¡quita, quita!”, y vuelves al inicio, consciente de que por esa zona ya has llegado a tu límite.

Si no hay retos, adaptados a tus circunstancias, no hay emoción. Si te pasas en la confrontación te verás obligado a abandonar. Por eso el gimnasio es un espacio útil para cogerte la medida. Y no solo física. Porque allí, más allá de 4 instrucciones básicas para que no te hagas daño, nadie te dice cómo actuar (salvo que tengas personal trainer, claro). Eres tú, con tu complexión física, tu desarrollo, tu experiencia tu edad, tus objetivos… quien tiene que decidir en cada momento cómo trabajas y hasta dónde quieres (y puedes) llegar. Aprendes a exigirte y, a la vez, a ser sensato en tus expectativas. A cuidarte, sin ser tampoco demasiado complaciente. A ponerte en tensión sin faltarte al respeto. Y aprendes la importancia de los preparativos (el imprescindible calentamiento) y los finales (estiramientos que no te puedes ahorrar so pena de hacerte daño).

Aproximadamente 1 hora después vuelves al vestuario y, bajo la ducha (ese momento mágico en el que todo parece que ha sido un sueño), sonríes satisfecho por haberlo conseguido un día más. Luego vas al trabajo (tripalium) y a seguir con la vida. Y así 4 días por semana entre septiembre y junio. Mientras te sientas a gusto. Mientras merezca la pena. Mientras sigas encontrando el equilibrio necesario.

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