Yonqui o el vacío existencial

Edición en inglés Junkie
Portada de la edición de la novela Yonqui en su 50 aniversario

Uno se hace adicto a los narcóticos porque carece de motivaciones fuertes en cualquier otra dirección. La droga se impone por defecto. Yonqui. William Burroughs. 

Esta primera novela del escritor norteamericano William Burroughs narra las peripecias de su alter ego William Lee en la Norteamérica de los años 40. Burroughs es el escritor maldito por antonomasia (bueno, hasta que llegó Bukowski, claro), una especie de verso suelto de la conocida como beat generation (Kerouac, Ginsberg …) Su intensa relación con la heroína, la muerte de su mujer de un disparo fortuito y su literatura dislocada, han hecho de este autor un escritor incómodo cuya obra, sin embargo, sobrevive al paso de los años.

Yonqui es, básicamente, una novela sobre el vacío existencial. Así lo sugiere el propio Burroughs cuando escribe la cita que encabeza esta entrada. Eran otros tiempos, hace ya siete décadas. Las drogas se consumían (como ahora) por múltiples motivos entre los cuales el afán de experimentar “estados alterados de conciencia” y la necesidad de construir “paraísos artificiales” que dieran algo de sentido a la vida, no eran los menos relevantes. En este marco, Yonqui triunfa por el nihilismo de su propuesta (valga la paradoja). En Yonqui no hay autoexploración, no hay “psiconáutica”, no hay búsqueda de diversión, no hay siquiera un malestar concreto que calmar. En Yonqui el protagonista es la nada, el vacío, la desesperanza de jóvenes que, despreciando el status quo que la sociedad biempensante les asigna, tampoco aciertan a construir una vida alternativa, por lo que acaban librándose al abandono y la autodestrucción. Yonqui es una novela sobre el aburrimiento existencial de personas que se resisten pasivamente a seguir los dictados de la época. No hay revolución en Yonqui. Ni siquiera placer, a pesar de la omnipresencia de la heroína.

Cuando hablamos de los consumos de drogas, sus riesgos (que los tienen) y sus placeres (sin los cuales no se entendería el consumo), no podemos dejar de escuchar los latidos de la época, que son, en gran medida, los que definen el sentido (y desenlace) de esos consumos. Para mal y para bien. La química psicoactiva explica en parte estos riesgos, al igual que explica los placeres relacionados con las diversas sustancias. Pero es el trasfondo sociocultural y su reflejo en la conciencia personal el que marca el significado real de esta experiencia. Sobre esas coordenadas es necesario actuar cuando se diseñan políticas públicas sobre drogas. Sin olvidarse de la química, pero sin darle tampoco mas importancia de la que tiene.

Yonqui, un relato que cuesta imaginar en estos tiempos. En mi opinión, afortunadamente.

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