Tecnoadicciones y otras fantasías

Tecnoadicciones
La imagen está tomada de la galería de Michael Mandiberg en Flickr.

Parece que los profetas del apocalipsis 2.0 anhelan encontrar pruebas sobre supuestas adicciones a Internet y, en general, al mundo de las TIC. Desolados porque el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM-5) no incluyera entre sus plagas ninguna referencia al particular, confían en que sí lo haga la próxima edición de la CIE (Clasificación Internacional de Enfermedades) que publicará la OMS en 2017, reforzando así la industria que hace del miedo su modelo de negocio

Hay psicólogos y psiquiatras que se afanan en confirmar la existencia de conductas adictivas de diversa naturaleza para montar así sus negocios clínicos y editoriales. Se trata de una denominación tan genérica que puede dar lugar a abusos, al englobar cualquier comportamiento que no encaje con la norma (?) Es tal el catálogo de riesgos identificados que prácticamente ninguna experiencia humana queda a salvo de ser potencialmente adictiva: el sexo, el amor, las compras o, por supuesto, el trabajo (aunque de este igual se habla menos). De acuerdo con este modelo, era cuestión de tiempo que se acuñaran conceptos como tecnoadicción, ciberadicción, adicción a internet y similares. En parte en busca de negocio, en parte por desconocimiento de una realidad, Internet, que redefine las diversas dimensiones de la vida tal y como la conocíamos, en parte porque pueden darse comportamientos abusivos (como de casi todo). De ahí que se acuñen síntomas (?) como la nomofobia o miedo a salir de casa sin el móvil (yo suelo verificar también que no me dejo las llaves y que me he puesto los zapatos, no se si será una patología una conducta adictiva).

Sistema de recompensa y refuerzo positivo

Parece claro que algunas de las experiencias habituales en el entorno digital tienen potencial para activar los circuitos cerebrales de recompensa (como las demás conductas de las que se espera gratificación). Sin necesidad de recurrir a las neurociencias, parece también comprensible que aquellas conductas, digitales o no, que generan una expectativa y/o una experiencia apetecible, tienen potencial para ser repetidas gracias al conocido refuerzo positivo (tendemos a repetir aquellas conductas que nos hacen sentir bien o sobre cuyos efectos proyectamos una expectativa de gratificación). Y es difícil cuestionar que habrá personas (de cualquier edad) que hagan de estas vivencias una prioridad, hasta el punto de desatender otras áreas de su vida anteriormente más relevantes.

Pero deducir de ello que nos encontramos ante una adicción e incluirla en los manuales diagnósticos al uso, parece a todas luces un exceso. A ver si va a resultar que lo que hay es gente adicta a patologizar segmentos crecientes de la experiencia humana. En todo caso, la APA (Asociación Psiquiátrica Americana) dijo que no, que tales experiencias no reunían los requisitos establecidos por ella para haber de adicción. Así que los aficionados a ver trastornos por todas partes tendrán que esperar a futuras revisiones. A ver si para entonces los lobbies del sector han tenido más éxito.

Educar para una gestión saludable de la red

Lo anterior no quiere decir que no sea preciso un entrenamiento que ayude a gestionar saludablemente entornos que siguen siendo novedosos para la mayoría de la gente (adulta). Al igual que es necesaria una educación que, en general, nos ayude a disfrutar de los placeres que la vida ofrece y nos permita a la vez minimizar los riesgos que puedan presentarse. Una educación que, favoreciendo el desarrollo personal y la capacidad de autogobierno, permita sustraerse a influencias sociales como las modas y otras formas de papanatismo (no por ello adictivas). Y de esta necesidad forma parte la educación digital de las futuras generaciones. Una educación para aprender a manejarse sin (demasiados) tropiezos en el “tercer entorno” del que habla Javier Echeverría.

Como dicen en la presentación del vídeo Idiots, que dejo a continuación, “Todos llevamos un idiota dentro. ¡Y es tan divertido!” Este “idiota” nos puede aficionar a las conductas más extravagantes. Pero extender hasta tal punto el concepto de adicción… Tampoco hay que tomarse demasiado en serio la vocación de algunos profesionales y algunas industrias por ver trastornos y dependencias en todas partes. Ellos sí son, al parecer, adictos al riesgo (como negocio).

Para más información puedes leer esta entrada del blog de Helena Matute.

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