6 lecciones aprendidas conviviendo con una persona enferma

La imagen está tomada de la galería de Sergio Quesada en Flickr.
La imagen está tomada de la galería de Sergio Quesada en Flickr.

Voy a referirme a una persona que rondaba los 90 años, a la que hace justo 1 año le diagnosticaron un cáncer del que falleció hace mes y medio. Se trataba de mi suegra, la madre de mi mujer. Hemos convivido con ella durante año y medio, desde que comenzó a hacerse visible un declive que hacía impensable que siguiera viviendo sola. Era la persona más positiva que he conocido jamás (por suerte, su hija ha heredado esta actitud). Positiva hasta la negación saludable de todo aquello que, siendo irreversible, podría convertir la vida de una persona más… realista (?), en un tormento. Convivencia, edad, cáncer y pensamiento positivo, un cocktail que ha facilitado unos cuantos aprendizajes. Voy a centrarme en 6 de ellos.

  1. Somos tremendamente frágiles: Basta con que se active un desarreglo celular, resultado de la edad o de algún tipo de programación genética, para que la fortaleza corporal que soporta nuestra identidad se venga abajo. Una persona que hasta la víspera parecía poder con todo, ve de pronto reducidas sus posibilidades hasta extremos en los que ya no puede hacer nada sin ayuda. Una evidencia que recomienda más humildad frente a tanta soberbia.
  2. Todo es relativo: Si, vale, es un lugar común. Pero no puede ser más cierto. Buena parte de cuanto hasta cierto momento parece tan importante, de pronto empieza a no parecerlo tanto. Y en la vieja disyuntiva entre lo urgente y lo importante observas cuántas cosas (preocupaciones, compromisos… ) que parecían prioritarias, van perdiendo puntos en la jerarquía que te habías marcado. 
  3. Hay demasiados asuntos en los que no reparas: Esta es otra. Ya no es solo que tejas tu vida con algunos hilos falsos. Es que desatiendes vivencias emocionales claramente más importantes. Ya llegará el momento, te dices muchas veces en ese proceso de autoengaño en el que tan bien te manejas, pero en tu fuero interno sabes que es falso. Solo hay un momento para la vida y ese momento es hoy; ahora, de hecho.
  4. La vida necesita sentido: En el caso de mi suegra, ese sentido ha procedido de ser una persona creyente que, además, ha vivido divinamente los 88 y 1/2 años previos a la enfermedad. Una marca nada fácil de igualar. Sin sentido, hasta la vida más placentera se resquebraja ante la adversidad. Con sentido, incluso a pesar del quebranto físico son posibles momentos de serenidad y disfrute.  Es la resiliencia, de la que tan bien escribe el neuropsiquiatra y psicoanalista francés Boris Cyrulnik.
  5. Lo más importante es el amor: En el caso al que me refiero, sobre todo del amor de su hija, mi mujer, que, a lo largo del año que ha durado la enfermedad, ha mostrado hacia su madre un afecto sin reservas, un trato exquisito, una paciencia sin fisuras y una eficacia envidiable en el cuidado. En momentos de extrema vulnerabilidad en los que dependes para casi todo de otras personas, es cuando el cariño se hace más necesario que nunca. Sobre el autocuidado de la persona cuidadora ya escribí esta entrada, así que no me voy a repetir.
  6. Es necesario educar para afrontar la vulnerabilidad: Una enfermedad irreversible te enfrenta con los miedos atávicos de la humanidad: la fragilidad, la pérdida de control de las funciones básicas, la dependencia extrema, un desenlace para cuya certeza no hemos recibido educación… Acostumbrados a vivir como si siempre fuera a haber un mañana, según unas reglas de juego inventadas por nuestra arrogancia, al vernos confrontados con el final de la partida no sabemos reaccionar y solo nos quedan la depresión, la rabia y la farmacopea. Vivimos como si pudiéramos sortear la muerte, pero ésta permanece agazapada, vagamente impresa en ese texto inacabado que es nuestro código genético, a la espera de su momento. ¿Y qué decir de la demencia? No encontrar las palabras para cada vez más momentos de cada conversación. Confundir el pasado con el presente, la mañana con la tarde, un día con otro… Ver cómo, de manera insidiosa, se van desbaratando procesos mentales adquiridos a lo largo de años. Una educación que nos permitiera estar más en contacto con nuestra provisionalidad no sería mala cosa.

Este post es mi pequeño homenaje a una persona que, sobre todo, ha sido disfrutadora y buena gente. He elegido para ilustrarlo el conocido saludo costarricense, “¡Pura vida!”, porque refleja a la perfección la máxima con la que mi suegra ha vivido sus casi 90 años. Hasta cuando las cosas se han puesto cuesta arriba.

¡Suerte por ahí arriba, Ramoni, que te la mereces!

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