Ciudades inteligentes, ciudades inclusivas

La imagen está tomada por mi en un portal de Bilbao y editada con Snapseed.
La imagen está tomada por mí en un portal de Bilbao y editada con Snapseed.

Me gusta la iniciativa de Francesco Tonucci conocida como La ciudad de los niños (y las niñas, claro). Me gustan las propuestas para construir ciudades amigables con las personas mayores. Pero lo que me interesa es, sobre todo, la construcción de ciudades pensadas para todas las personas, a partir de las aportaciones de todo el mundo y teniendo en cuenta las necesidades diversas. La ciudad, en definitiva, como un espacio compartido entre personas diferentes, que se apropian de la misma de maneras diversas. Ciudades inteligentes, sí, pero porque usen las posibilidades de las tecnologías (las de antes y las de ahora) para favorecer la convivencia ciudadana.

Porque a veces da la impresión de que las ciudades (nuestras ciudades) las diseña un varón blanco, de clase media y una edad máxima de 40 años, que se sintiera ajeno a las necesidades de las personas reales llamadas a habitarlas. Centrándome en las personas con alguna limitación física (por edad, por discapacidad, por enfermedad, por accidente), sorprende ver la cantidad de obstáculos a los que, todavía hoy, tienen que hacer frente. Aceras, bordillos, escalones, sistemas informativos escasamente accesibles… En tales circunstancias, disfrutar la ciudad se convierte en una disuasoria carrera de obstáculos. ¡Cuánta gente mayor encerrada en casa, aislada y excluída de la vida social, porque los urbanistas de turno fueron insensibles a sus necesidades!

Más allá de cuestiones éticas, esta realidad sorprende por motivos demográficos y, si me apuras, egoístas. Motivos demográficos porque sabemos bien cómo está nuestra pirámide (?) poblacional, con un colectivo de personas mayores alto y creciente. Aunque solo fuera por su cada vez mayor presencia estadística en el conjunto social, resulta tremendamente injusto que sus necesidades se vean desatendidas tan a menudo. Motivos egoístas porque, aunque no suele apetecer mucho envejecer, casi todo el mundo aspira a vivir al menos 80 años, por lo que parecería razonable empezar a construir esa ciudad inclusiva, amable desde ya. Las personas mayores cuyas vidas se ven obstaculizadas por tanta desidia y tanta ceguera, son nuestras madres, nuestros padres, vecinas y vecinos… Quienes aún no somos tan mayores, pero queremos llegar a serlo,  confiamos en que para entonces se hayan removido todos esos obstáculos que muchas veces tienen que ver con decisiones humanas cortoplacistas. Pero ese cambio hay que exigirlo desde ahora, reclamando auditorías ciudadanas para todos los procesos de urbanización de la vía pública.

Basta con ver algunos portales como el que muestra la foto que ilustra esta entrada, para echarse a temblar.

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