Psicopatología de la corrupción

La foto está tomada de la galería de Objetivo Alternactivo en Flickr.
La foto está tomada de la galería de Objetivo Alternactivo en Flickr.

Cada vez que se descubre un nuevo caso de corrupción ( y ya van…) me sorprende la sensación de impunidad que transmiten los implicados. Como si el asunto no fuera con ellos. Como si su modo de actuar fuera el normal y todo se tratara de un malentendido. Voy a hablar de la personalidad patológica del corrupto. De los rasgos de personalidad que pueden llevar a un tipo sin escrúpulos a creerse el más listo (hasta el punto de que, si acaba en la cárcel, será el primer sorprendido -junto con su familia que, por supuesto, desconocía que su tren de vida se debiera a los turbios manejos de papá-). Veamos algunos de los rasgos que alimentan lo que podríamos llamar el “trastorno de personalidad corrupta”.

Me voy a centrar en cinco características que sospecho que suelen estar presentes: narcisismo, personalidad paranoide, personalidad antisocial, hipomanía y déficit en el control de los impulsos. No sin antes aclarar que no creo en la psicologización de la realidad. Los factores que contribuyen a alimentar la corrupción son muchos y de muy diverso tipo. No creo, ni de lejos, que puedan resumirse a rasgos psicológicos. Sin embargo, creo que también estos actúan cuando se dan las circunstancias adecuadas. Sean genuinos o sobrevenidos como consecuencia de prácticas corruptas sostenidas a lo largo de décadas, mi impresión es que algunos de estos rasgos están bastante extendidos en quienes han convertido la corrupción la corrupción en su “modelo de negocio”.

  1. Narcisismo: El corrupto solo se aprecia a sí mismo. Todas las demás personas con las que se tope, son meramente instrumentales; valiosas en la medida en que sirvan a sus objetivos, y solo mientras lo hagan. Conocidos, amistades, vecindario…, son solo medios para el logro de su misión en esta vida: medrar para conseguir todo aquello que se merece y que, incomprensiblemente, quizás le ha sido vedado en su nacimiento. Descubrir que ha nacido en la cuna equivocada es una herida narcisista que, posteriormente y a lo largo de toda su vida, intentará, vanamente, suturar. No disfruta de sí mismo ni de sus logros, porque nunca son suficientes.
  2. Personalidad paranoide: En coherencia con su narcisismo, el corrupto padece un delirio de grandeza que le lleva a sentirse una persona singular, irrepetible, a la que nadie puede enseñar nada y que, por contra, puede dar lecciones urbi et orbi. Esta convicción casi delirante será una fuente de conflictos permanente ya que, aun en aquellos casos concretos en los que su saber o su experiencia sean relevantes, la generalización que hace al conjunto de la vida social le hace una persona repulsiva. Confrontar sus ideas delirantes es una pérdida de tiempo porque es incapaz de cambiar. Es, además, un riesgo si se convive con él ya que, en un arrebato de celos y de rivalidad malsana, considerará como enemigo a todo aquel que ose cuestionarle. Por eso preferirá rodearse de mediocres y de estómagos agadecidos.
  3. Personalidad antisocial: Para el corrupto la sociedad, la comunidad, son solo abstracciones de las que es posible aprovecharse para satisfacer los intereses propios. Cualquier código ético es secundario con respecto a este objetivo prioritario. Esto no obsta para que, en un alarde de cinismo (rasgo también muy definitorio), puedan presentarse como adalides de grandes causas y depositarios de una superioridad moral que puede también rozar el delirio. Pero, al igual que el resto de su comportamiento, todo tendrá sentido únicamente desde un punto de vista instrumental: cumplir los objetivos, la misión que da sentido a su vida. Un imposible, dada su personalidad insaciable.
  4. Hipomanía: La personalidad corrupta funciona en cortocircuito. Una vez que ha empezado a robar y que ve directa e inmediatamente los resultados de sus acciones, ya no podrá parar. Nunca es suficiente para el corrupto, toda vez que ha empezado a sentir que quizás su misión narcisista sea realizable. Solo la búsqueda de su misión, construida de manera obsesivo-compulsiva, da sentido a su vida. Los demás, con sus pequeñas batallas cotidianas y sus pequeños placeres, son solo figuras secundarias que nunca llegarán a nada. Ni siquiera padecer una enfermedad física frenará esta deriva hiperactiva del corrupto. Él a lo suyo. Lo demás, pequeñeces.
  5. Déficit en el control de los impulsos: Si el corrupto acaba dando con sus huesos en la cárcel es porque, con frecuencia, es incapaz de parar en su escalada. Sus delirios de grandeza, su narcisismo, le llevan a considerarse la persona más inteligente imaginable, la que tiene las claves de todo. Ver cómo otras personas que se consideraban igualmente inmunes acaban cayendo en manos de la justicia, no le sirve para escarmentar “en cabeza ajena”, sino para reforzar su convicción de que no hay nadie como él, y de que quienes caen es porque no sabían lo que hacían: chapuceros, al fin y al cabo. No él, que es un verdadero maestro. De ahí su incapacidad para frenar, para decirse: “bueno, ya vale, no vaya a ser que…” Siempre será poco, siempre se podrá más, todos los objetivos serán solo metas intermedias. Una maldición. Sobre todo para quienes le rodean. Patéticamente, confunde sus miserias con méritos.

Corrupción de andar por casa

Es fácil denunciar a los grandes corruptos, pero limitarse a ellos podría dar la impresión de que solo participan en estos enredos personas especiales, los VIP de la corrupción. Sin embargo, en la base de este mejunje hay situaciones más pequeñas y cercanas. Es el caso de los sátrapas que dirigen algunas de las empresas que forman el “pesebre” municipal. Personajes que comparten los mismos rasgos psicopatológicos, y cuya trazabilidad sería tan sencilla con un poco de voluntad. Tipos que, como conocen a este y al otro, como están “en la pomada”, se encuentran en condiciones de amañar contratos en beneficio propio. Son los sargentos furrieles de la corrupción. Su modelo de negocio la componenda, el fraude, la factura falsa, la empresa pantalla, el sobre… Amiguetes del que reparte y mira para otro lado (o se embolsa -ensobra- su parte), listos (en el más inmoral de los sentidos), profesionales del chalaneo.

Evidentemente, no todas las empresas que se dedican a estos menesteres funcionan así. Ni todos los ayuntamientos se prestarían a “negociar” con estos personajes.  ¡Ojalá sean la mayoría! En todo caso, además de acabar con la corrupción de altos vuelos que tanta indignación genera, hay que dirigirse también a este nivel del escalafón, tan a menudo invisible.

PS: Esta entrada está escrita deliberadamente en masculino. No creo que solo haya hombres involucrados e estos asuntos. Pero tengo la impresión de que son la mayoría.

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