Emociones tóxicas (2): el odio

El odio como emoción tóxica
La imagen está tomada de la galería de Alegría de la Huerta en Flickr.

En una entrada anterior abrí este apartado de “emociones tóxicas” escribiendo sobre el miedo. Continúo ahora con el odio. No se si hay una emoción más improductiva y contraproducente. En situaciones extremas que, por fortuna, la mayoría de las personas de este rincón del planeta no solemos padecer, es posible que sea inevitable. En las circunstancias que vivimos por estos lares, el odio es, con frecuencia, una respuesta emocional a una herida narcisista. Entenderlo no le quita intensidad, pero puede ayudar a cuestionarlo, siquiera como catarsis. Alguien ha actuado de una manera que ha sacudido la ciudadela de nuestro ego, y eso… ¡de ninguna manera!

Una reacción comprensible

El odio no es necesariamente una emoción enfermiza. Con una intensidad limitada y una duración contenida, puede ser una reacción comprensible a vivencias extremas. Cuando el motivo (al menos puesto en perspectiva) es tirando a baladí, el odio que experimentas te provoca malestar y además se convierte en una emoción crónica, entonces estamos ante un problema: te has instalado en una emoción de la que no consigues salir y en la que giras y giras obsesivamente a pesar de que te hace sentir mal .

A lo mejor un antiguo amigo en su día se interesó por tu novio y, todavía hoy, décadas después, te lo imaginas sufriendo en el fuego eterno. Quizás una compañera de trabajo se ha aprovechado de una idea que consideras tuya. O padeces a un jefe iracundo y zafio. O una vecina acostumbra a poner la música demasiado alta. Sin ánimo de frivolizar, dramas menores que envenenan la vida, intoxican la relación, activan tu sistema simpático cada vez que ves, oyes o simplemente recuerdas a esa persona.

Un poco de pragmatismo

¿Para qué sirve el odio? Pues… ¡para nada! Para fantasear con soluciones (?) drásticas que, en tu fuero interno, sabes que nunca vas a adoptar. Puede ser un modo imaginario de “poner en su sitio” a esa persona que sientes que te ha hecho daño (realmente o no), sin necesidad de pasar a la acción. Así visto, el odio permite saldar cuentas sin aplicar soluciones irreversibles a los conflictos que vivimos. ¿El precio? Odiar te hace daño a ti. Puede que la persona a la que va destinado tu odio ni siquiera conozca tus sentimientos. Puede que ni siquiera sea consciente del daño infligido. En todo caso, esa persona sigue adelante con su vida mientras tú, congelado en esa emoción tan negativa, no acabas de pasar página. Odiar te perjudica. Te obliga a volver una y otra vez sobre el asunto, revisando cada momento, saboreando obsesivamente una venganza que sabes que no vas a ejecutar (afortunadamente). En definitiva, te impide disfrutar.

Todo el mundo puede aprender a elaborar su odio, a aprender de él acerca de sí mismo. Para ello, conviene procesarlo, para no dejarse llevar por ideaciones irracionales. Y hablarlo con ese imprescindible coach que es un amigo. Y aprender a cortar por lo sano y recomenzar la vida allí donde el conflicto haya sido real: otra novia, otra empresa, otro escenario vital que permita recomenzar sin el lastre de emociones tan paralizantes. Y al objeto de tu odio… ¡que le vayan dando! No merece tu tiempo.

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