Habilidades psicosociales (6/12): Proactividad

La imagen está tomada por mi junto al mar Cantábrico.
La imagen está tomada por mi junto al mar Cantábrico.

Con la proactividad llegamos al ecuador de esta serie sobre habilidades psicosociales. Puede definirse la proactividad como la capacidad de mantener la tensión ante situaciones insatisfactorias y comenzar a actuar, frente a la mera espera a ver si los problemas se resuelven solos. No se trata de hiperactividad, de impulsividad ni de hacer por hacer. Se trata de mantener una actitud positiva ante la necesidad de actuar para que las cosas ocurran, frente a la pasividad de quien aguarda el momento propicio hasta que, a lo peor, se pasa la oportunidad. La persona proactiva se ocupa de conocer la realidad. Sin caer en la parálisis de quien necesita disponer de todos los datos antes de mover un dedo, no improvisa, ni actúa a ciegas. Sabe que vivimos en un mundo cada vez más complejo, razón por la cual ve necesario disponer de un conocimiento razonable de la realidad sobre la que se propone intervenir. Pero no permanece inactivo hasta disponer de toda la información, no vaya a ser que resulte ya demasiado tarde. Ni se lanza a actuar sin conocimiento de causa, ni permanece agazapado a la espera de un saber absoluto que nunca llegará. Por el contrario, mantiene una relación dialéctica con un saber siempre fragmentario que va creciendo a medida que actúa, del mismo modo que va influyendo sobre su actuación a medida que crece.

Actuaciones personales y colectivas

La persona proactiva es consciente de las limitaciones que marca el entorno. Sabe que no siempre todo es posible, pero esta evidencia no le lleva a aceptar resignadamente un orden de cosas que en su fuero interno rechaza o, cuando menos, considera mejorable. Asume la influencia de la realidad, es consciente de sus limitaciones personales para intervenir con eficacia, pero lejos de transigir acríticamente con lo inevitable, lo merodea en busca de posibilidades que quizás en un primer momento le hubieran pasado inadvertidas. La persona proactiva es por definición inconformista y busca, en consecuencia, el modo de incidir sobre la realidad para mejorarla. Es consciente también de que la realidad, terca en ocasiones, se muestra a menudo más sensible a actuaciones colectivas que individuales. No se trata de negar el potencial personal para el cambio. Sí se trata, sin embargo, de reconocer las muchas posibilidades que la acción colectiva permite allí donde lo personal no es suficiente (y aun cuando lo sea, en ocasiones).

La persona proactiva, en suma, toma la iniciativa y pasa la acción, por sí misma y, cuando corresponde, junto con otras, siguiendo un proceso que bien podría esquematizarse así:

  1. Tomar conciencia de aquello que no me gusta.
  2. No resignarse pasivamente ante una realidad insatisfactoria.
  3. Conocerla a fondo para valorar en qué medida es mejorable.
  4. Sopesar posibilidades de actuación con expectativas razonables de éxito.
  5. Actuar para su transformación.
  6. Colaborar con otras personas para modificar realidades que se resisten al cambio personal.
  7. Aprender del proceso para continuar creciendo.

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