Timbuktu o el desprecio cotidiano del fanatismo

Uno de los posters de Timbuktú
Uno de los posters de Timbuktú

Ayer ví Timbuktú, la película del director mauritano Abderrahmane Sissako. Y, saltándome mis propias previsiones, me he tenido que poner a escribir sobre ella. Porque me ha parecido una película bella, perturbadora y necesaria. En un momento en que la denuncia del yihadismo rampante puede provocar en “la vieja Europa” un auge de la islamofobia, Timbuktú muestra, con la aparente sencillez de lo cotidiano, el abismo cultural existente entre musulmanes y fanáticos; entre personas sanas que profesan una determinada religión y personalidades enfermizas que aprovechan una creencia para imponer sus preceptos en la vida social y personal.

Por lo que muestra la historia de la humanidad, no hay credo sin extremismos. Y el extremo máximo, sea cual sea su origen (religioso, ideológico, etc.), se manifiesta en exigir al resto de la humanidad que se comporte de acuerdo con tus convicciones, más o menos delirantes. En su catálogo de insania, en esta película los guardianes de las esencias religiosas prohíben la música (entre una amplia colección de caprichos), un exponente de su feroz moralismo y de su incapacidad para disfrutar de los pequeños placeres cotidianos (aunque también se dejan ver algunas incoherencias… tan humanas…)

Timbuktu muestra la simplicidad de la vida humana a través de personas que dedican su tiempo al trabajo, al amor, a la familia, a la música, al crecimiento personal, al apoyo a la comunidad… Muestra también el impacto desolador de la guerra a la que tanta afición ha tenido la humanidad (particularmente su rama masculina) desde nuestro esquivo origen. Habla también del tremendo ninguneo al que millones de mujeres viven sometidas por creencias formuladas por hombres que han hecho de su religión un mecanismo para justificar sus propios delirios. Al igual que habla del orgullo necesario de las mujeres que no se amilanan ante el despotismo de unos pobres diablos que apuntalan su debilidad tras las kalashnikov.  Y habla, sobre todo, de las consecuencias insoportables del fanatismo: del desprecio, de la soberbia, de la arbitrariedad, del afán por el poder, del machismo, de la irracionalidad, de la violencia, de la muerte estúpida… La secuencia de un grupo de jóvenes jugando al fútbol (prohibido) sin balón, es conmovedora en su sencillez.

Timbuktu no es (solo) una película para acercarse algo más a un mundo, el islámico, que nos resulta tan ajeno a pesar de la insistencia con la que llama a las puertas de Europa, cerradas a cal  canto. Es una película que, con el pretexto del horror en que el fanatismo convierte la cotidianidad en una apacible ciudad de Malí, refleja buena parte de la irracionalidad humana y el sufrimiento gratuito que a menudo conlleva. Allí, en desiertos a miles de kilómetros. Aquí, a poco que escarbemos con la uña en algunas certezas que se presentan en sociedad como verdades inamovibles. A pesar de su belleza, no es una película complaciente. Tiene momentos nada fáciles de ver y no tiene precisamente un final hollywoodiense. Es, por momentos, incómoda, porque más allá del fácil rechazo al fanatismo visto en “el Otro”, pone ante tus ojos un espejo en el que, de pronto, lo mismo ves algún que otro pecado de soberbia, de prepotencia, de falta de autocrítica…

Aquí dejo el trailer, junto con mi recomendación.

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