Habilidades psicosociales (11/12): Colaboración

La imagen está tomada de la galería de Chema Concellón en Flickr.
La imagen está tomada de la galería de Chema Concellón en Flickr.

La posesión de capital social permite pronosticar la posibilidad de la felicidad humana mejor que la posesión de capital económico. El declive del capital social. Robert Putnam.

Hace poco escuché a un directivo sentenciar que “compartir es repartir”, en referencia a la merma de beneficios resultante. Un claro exponente del modo en que para determinadas personas debe funcionar la realidad social, económica, política… Personas incapaces de colaborar porque padecen una pulsión irreprimible a la manipulación y el ventajismo. De esas que llegan tarde a las citas para hacerte esperar; de las que en caso de conflicto tienen como principio: “yo-pierdo-tú-pierdes”. Personas anacrónicas en una época en que las posibilidades y necesidades de colaboración son tantas y tan intensas. Dinosaurios que se resisten a desaparecer y a dejar paso a otras formas de relación y trabajo.

Somos porque colaboramos

La capacidad de cooperar de maneras complejas hunde sus raíces en las etapas iniciales de la evolución humana. Juntos. Richard Sennet.

A pesar de estas figuras cuyo estilo ha marcado en buena medida los derroteros de la humanidad, somos lo que somos gracias a nuestra capacidad para colaborar. Colaboramos para disfrutar del encuentro enriquecedor con otras personas. Colaboramos para lograr objetivos que consideramos relevantes. Colaboramos para compartir nuestras habilidades y beneficiarnos de las habilidades ajenas de las que carecemos. Colaboramos para hacer frente a la adversidad. Una colaboración que forma parte de la esencia que como personas compartimos. Sin entrar en detalles de psicología evolutiva que nos llevarían demasiado lejos, en cuanto superamos las fases más egocéntricas de nuestro desarrollo, comenzamos a colaborar. De hecho, el desarrollo de cada persona será tanto mayor cuanto mejor sea su capacidad para colaborar con otras personas. La socialización humana es, en buena medida, un aprendizaje colaborativo, realizado gracias a otras personas con las que, a lo largo de nuestra vida, tenemos ocasión de compartir ilusiones e itinerarios.

Nuestra inteligencia es colectiva

Hasta el pensamiento, hasta la invención, son hechos colectivos, producto del pasado y del presente. La conquista del pan. Piötr Kropotkin.

Nuestra propia capacidad de pensar no surge de manera espontánea como resultado de un proceso natural del que seamos propietarios. Es, por el contrario, resultado de nuestra habilidad para convivir, para relacionarnos con otras personas de las que aprendemos, con las que afrontamos miles de experiencias… Todo este bagaje vital es el que después llevamos a los equipos profesionales en los que nos integramos, y en los que se activa nuestra capacidad para colaborar (y los agujeros negros que la lastran por permanecer inconscientes). Nacemos en un entorno social sin el cual nunca llegaríamos a ser gran cosa. Nos socializamos junto con las demás personas, gracias a cuya presencia activa en nuestras vidas desarrollamos nuestras potencialidades. Trabajamos de manera colaborativa con otras personas que nos ayudan a identificar nuestras áreas de mejora, celebran nuestras aportaciones, integran sus criterios con los nuestros para dar lugar a procesos inéditos que, aisladamente, nunca hubiéramos llegado a intuir. En definitiva, nuestra inteligencia, requiere de un contexto social para activarse, y desarrolla sus potencialidades gracias a un entorno social rico.

Share Generation

Las hazañas cognitivas más formidables de nuestra especie, sin excepción, no son producto de individuos que obraron solos, sino de individuos que interactuaron ente sí. ¿Por qué cooperamos? Michael Tomasello.

Es posible que la generalización de dispositivos y aplicaciones con potencial para estrechar las relaciones entre las personas, permita llevar hasta sus últimas consecuencias procesos de colaboración que en otras épocas se han visto más limitados. Sin caer en la mitomanía, y manteniendo una cierta mirada crítica sobre propuestas que nacen, deslumbran, se apropian (quizás inadecuadamente) del término “colaboración” y mueren, no parece casual el sinfín de alternativas que van integrando lo que se conoce como consumo colaborativo. Una forma diferente de organización en la que las personas dejan de creer que vivimos en una sociedad en la que lo que unas ganan lo tienen que perder otras, para pensar en una sociedad (a todas las escalas) organizada para que todo el mundo se beneficie de la integración de las competencias de todas las personas. Personas, organizaciones, empresas, instituciones … que hacen de la colaboración (entre equipos, entre áreas, entre sectores, entre generaciones…) la clave de su funcionamiento.

Aprender a colaborar

La creación de un capital social que tienda puentes requiere superar nuestras identidades sociales, políticas y profesionales, para conectar con personas diferentes de nosotros. Solo en la bolera. Robert Putnam.

A pesar de lo dicho, a nadie se le escapa que la historia de la humanidad es también, y en gran medida, la historia de la rivalidad, la guerra, los celos, la envidia, el enfrentamiento, la mentira… Rasgos que también forman parte de nuestro background como especie y que, dejados a su libre albedrío, pueden traernos las maldiciones que conocemos y que han teñido de sufrimiento etapas tan dilatadas (y recientes) de nuestra historia. De ahí la relevancia de la educación para la colaboración. Porque, siendo la esencia de nuestro ser, es necesario educarla desde la infancia para que, en función de las posibilidades de cada etapa evolutiva, se vaya desarrollando. Para disfrutar del encuentro con las demás personas. Para aprender a compartir experiencias, ideas, proyectos. Para apoyarse de manera solidaria en momentos de malestar. Para organizar la vida social de acuerdo con criterios éticos que sitúen el bien común en el frontispicio de todo proyecto humano. Como escribió Bauman en “Comunidad”: Si ha de existir una comunidad en un mundo de individuos solo puede ser (y tiene que ser) una comunidad entretejida a partir del compartir y del cuidado mutuo”. Un proceso para el que nacemos equipados, pero que es preciso educar si queremos desarrollarlo.

El algoritmo de la colaboración

Para terminar, una relación de algunos de los componentes que permitirían fortalecer esta habilidad para colaborar:

  • Convicción: para considerar que el encuentro con otras miradas es mutuamente enriquecedor.
  • Humildad: para reconocer que no tienes todas las respuestas y poner a “Don Ego” en su sitio.
  • Generosidad: para compartir habilidades y recursos que pueden ser de utilidad a otras personas.
  • Método: para hacer fructíferos los encuentros, favoreciendo aportaciones y limitando personalismos.
  • Evaluación: para verificar que tanto el proceso como los resultados se acercan a lo pretendido.
  • Celebración: para disfrutar del viaje y de las estaciones, que siempre serán de paso.

Termino dejando aquí una charla TED de Howard Rheingold de hace 10 años sobre “El nuevo poder de la colaboración”.

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