Yo no soy racista, pero…

La foto la hice en la catedral de Salamanca el 18 de agosto de 2013.
La foto la hice en la catedral de Salamanca el 18 de agosto de 2013.

Un clásico de la autoexculpación. Podría colar, si no fuera por ese “pero” que anticipa el mazazo que vendrá a continuación. Pero… no se qué esperan encontrar aquí, con la cantidad de problemas que tenemos en este país. Pero… aquí no cabe tanta gente, a ver si vamos a tener que resolver todos los problemas del mundo. Pero… que vengan con todos sus papeles en orden y con un contrato de trabajo. Pero… se llevan las ayudas sociales que tendrían que ser para la gente de casa. Pero… tú vas al médico y está lleno de gente de fuera. Pero… quien les tenga tanto aprecio que se los lleve a su casa y los mantenga con su dinero. Pero… Rumorología, prejuicios, necesidad de chivos expiatorios…

Lo juntas  todo y te sale a borbotones ese mejunje espeso que llamamos racismo. Una pasta pegadiza, contagiosa, resistente al cambio a pesar de toda evidencia. Ya puedes contraponerle todo tipo de argumentos y datos objetivos, que el racismo, la discriminación de otras personas por ser diferentes, seguirá adelante como si aquello no fuera con él. El racismo se hace fuerte en esa fatídica adversativa: “pero…” que, aunque apenas refleja algo más que pereza intelectual e inanidad moral, se exhibe como si se tratara del máximo exponente de la racionalidad.

El racismo es una patología social por la que “el otro”, “la otra” se convierten en depositarios de nuestra miseria, nuestro miedo, nuestra soberbia. Por eso soy escéptico con respecto a la posibilidad de superarlo con meros debates racionales de ideas y datos. Porque con el racismo pasa igual que con el machismo: en el plano del discurso los criterios igualitarios son mayoritarios, cenutrios aparte. Pero en el plano real de las relaciones sociales… Al igual que se habla, con acierto, de micromachismos, el microrracismo está a la orden del día, alimentando, por ejemplo, un sinfín de chistecitos con los que el gracioso de turno enmascara su propia fragilidad.

El humor, la ironía, la reducción al absurdo, pueden ser elementos clave a la hora de confrontar al racismo con el ridículo. Campañas como la que acaba de lanzar Red Acoge con su #TambiénSoyGafotas pueden hacer más a favor de la igualdad y de la desactivación de prejuicios y discriminaciones, que una inacabable colección de datos que intenten confrontar racionalmente lo que, en realidad, se forja en ese universo resbaladizo de las emociones.

Dejo aquí uno de los vídeos de la campaña de Red Acoge.

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