Habilidades psicosociales (12/12): Integridad moral

La foto la hice en Castro Urdiales el 7 de diciembre de 2013.
La foto la hice en Castro Urdiales el 7 de diciembre de 2013.

Las anteriores 11 habilidades psicosociales que han ido saliendo en esta serie tienen un valor instrumental que no siempre dice mucho acerca del sentido ético de las conductas que inspiran. Por ello, además de un desarrollo armónico de todas ellas que de coherencia al conjunto, es necesaria una brújula ética que oriente el comportamiento personal. Integridad moral es la competencia psicosocial que permite a una persona reconocerse en las demás y relacionarse con ellas de acuerdo con el imperativo kantiano: “Obra sólo de forma que puedas desear que la máxima de tu acción se convierta en una ley universal”.

Hemos visto habilidades para pensar, para sentir y para disfrutar del encuentro social. Habilidades más intrapersonales y otras más interpersonales. Todas ellas atesoran un sinfín de posibilidades que, bien orientadas, pueden contribuir a la construcción de un mundo en el que de gusto vivir: amable, placentero, generoso, solidario. Manejadas de manera perversa pueden hacer también que la realidad se convierta en un infierno. La diferencia entre uno y otro derrotero la marcan los valores que impregnen la conducta, la capacidad personal para incluir en las propias decisiones la consideración del otro, de la otra, como medida de toda conducta. Así cabe interpretar la conocida máxima de Terencio: “Nada humano me es ajeno”. Ya no estamos (sólo) en el ámbito de la psicología ni de la sociología. Estamos de lleno en el territorio de la ética, que todas las habilidades abordadas pueden alimentar, y por el que pueden ser alimentadas. La integridad moral, una competencia esencial sin la cual el resto quedan en mero funcionalismo.

Fuera de PISA

La educación que puede desarrollar esta habilidad  debería ser una prioridad de cualquier propuesta educativa humanista. Pero, habilidad blanda entre las blandas, no parece gozar de buena salud entre tanto bandazo reformista y contrarreformista como padece nuestro sistema educativo. Aunque los responsables no aceptarían este diagnóstico, se apuesta abiertamente por las llamadas áreas troncales (las que salen retratadas en los informes PISA) y caen en una categoría cercana a la de “marías” aquellas áreas que tradicionalmente formaban parte de lo que se conocía como “Humanidades”. Y con ellas todo lo que puede favorecer la educación en valores. Por lo que se ve, “distraen” del verdadero objetivo de la educación, sea éste el que sea. Dejamos de este modo en manos del azar el desarrollo de una habilidad nuclear, orientadora, cuya debilidad desbarata el desarrollo de las otras.

Porque el desarrollo de estas habilidades psicosociales no puede ser parcial. No son unas u otras, sino todas ellas, dotadas de un sentido ético que las inspire. Requiere de un programa que haga posible trabajar intensamente sobre el conjunto, dotando a cada una de un sentido humanizador. Porque del éxito de este proceso depende el desarrollo de personas libres, autónomas, respetuosas, que buscan la felicidad para sí mismas y para el resto de las personas cercanas, lejanas, con las que conviven en este pequeño y frágil paquebote que llamamos “mundo”.

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