El azar que nos gobierna

La imagen está tomada de la galería de Alberto Roura en Flickr.
La imagen está tomada de la galería de Alberto Roura en Flickr.

La generación tecnológicamente mejor equipada de la historia humana es la más acuciada también por sentimientos como la inseguridad y la impotencia. Zygmunt Bauman. Miedo líquido.

Quizás fuera deseable un mundo sin sorpresas, en el que siempre se supiera a qué atenerse y los imprevistos pudieran mantenerse a raya. Quizás. O quizás no, porque con el azar que gobierna en no poca medida nuestras vidas se iría también el delicioso placer de lo inesperado. “Bueno, pues entonces que sólo haya sorpresas positivas”, diría el optimista irredento. Pues… mucho me temo que no funciona así. Parece haber en la naturaleza humana (que es, básicamente, cultura y, por ende, azar) un margen nada despreciable para la incertidumbre. A veces resulta incómodo. Otras, terriblemente doloroso. En ocasiones es una fuente de alegrías. Pero va todo junto. La misma casualidad que hoy te obsequia con una inopinada secuencia de gratificaciones, mañana es la causante de una colección de sinsabores que parece no tener fin.

Nos gusta que todo ocurra según nuestros planes, como si nuestras vidas y las del entorno que las hace posibles estuvieran reguladas por un algoritmo benefactor. Queremos que nunca se active ningún reloj genético que desbarate el funcionamiento de nuestro cuerpo. Queremos que todas las personas con las que tratamos nos aprecien. Queremos que nuestros amores sean para siempre, comme il faut. Queremos que el avión que cogemos de vuelta a casa no sufra los desvaríos privados del copiloto. Queremos que nuestra vida laboral no se vea menoscabada por crisis que nos superen. Queremos convencernos de nuestra capacidad de autocontrol que, sin embargo, de pronto puede hacer aguas por todas partes. Queremos, en fin, que la vida sea una ecuación perfecta en la que los hados velen siempre por nuestro bienestar. Ilusiones, falacias, ficciones que nos hacen sentir una seguridad que, sin embargo, es bien frágil.

Constituidos como estamos por las células ingrávidas del azar, haríamos mejor aprendiendo a convivir con la incertidumbre de la que nuestra vida física, psíquica y social a duras penas pueden sustraerse. Somos azar y alguna que otra redundancia. Vivámoslo, pues, como algo positivo. Carpe diem lo llamaba el clásico.

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