10 ideas sobre evaluación de programas de educación para la salud

La imagen está tomada de la galería de Teresa Marín en Flickr.
La imagen está tomada de la galería de Teresa Marín en Flickr.

Estamos hechos de átomos, según dicen los científicos, pero un pajarito me contó que también estamos hechos de historias. Eduardo Galeano.

Mañana presento en el XI Seminario Iberoamericano La aventura de la Vida una propuesta para evaluar programas de  educación para la salud. Tengo para ello 10 minutos. Si fuera del centro, centro, de Bilbao, diría que me sobran 5. Como soy de barrio, ahí, ahí andaré. Como tendré que ser necesariamente telegráfico, voy a aprovechar este espacio para desarrollar un poco más mi propuesta. He titulado mi presentación “Deletrear la evaluación: frente a la miopía del número, una propuesta literaria”. A ver si soy capaz de explicar por qué:

  1. Parto de la evidencia de que, en la actualidad, existe un cuerpo teórico y un bagaje técnico más que suficientes para que cualquier profesional del sector pueda formular su propio diseño evaluativo.
  2. En la práctica, si hiciéramos una tipología de las evaluaciones realizadas probablemente descubriríamos que, al menos en nuestro país, se ha puesto el énfasis en la “evaluación de proceso”, en detrimento de la “evaluación de resultados”, y que, en general, se ha optado más bien por metodologías no experimentales.
  3. Evaluamos, fundamentalmente, porque necesitamos el contraste empírico de nuestras intuiciones que, dejadas a su libre albedrío, nos llevarían a la mera autocomplacencia (no tengo pruebas, pero mi programa educativo es bueno porque…)
  4. Necesitamos el valor de los datos para dotar de credibilidad nuestro trabajo educativo. Pero yendo más allá de la banal cuantofrenia, un modo inevitablemente limitado de acercarse a la realidad que es, a menudo, un ejercicio imprudente de soberbia … ¿científica?
  5. La evaluación más rigurosa parece basarse en un abordaje despiadado de la realidad, como si el bisturí del número sirviera para captarla en toda su riqueza. Sin reparar en que existen dimensiones de nuestra naturaleza (que es, sobre todo, cultura) desconocidas y, acaso, inaprehensibles. Identificamos variables, las transformamos en ítems, construimos un cuestionario, seleccionamos una muestra, les pasamos el cuestionario, analizamos los datos et voilà, con ustedes… ¿la realidad? ¿Seguro?
  6. El modelo de evaluación experimental que se presenta como desideratum en esta materia adolece de serias limitaciones epistemológicas a la hora de captar en toda su riqueza la experiencia íntima sobre la que los programas de educación para la salud pretenden incidir: actitudes, valores, emociones, habilidades, estilos de vida… Pero es que, además, se basa en la necesidad de someter la experiencia humana a unas condiciones improbables de control. Es lo que podríamos llamar “la paradoja de la evaluación”.
  7. Las personas con las que intervenimos son únicas e irrepetibles, lo que exige que la aplicación de los programas de educación para la salud sea personalizada. Al igual que deberá serlo la evaluación en la medida que pretenda captar la influencia del trabajo educativo en la biografía de las personas que participan en los programas. Lo cual recomienda apostar, sobre todo, por formatos cualitativos.
  8. Para dinamizar procesos de evaluación con esta lógica necesitamos utilizar un abanico amplio y variado de formatos, procedimientos y herramientas que nos aproximen de manera razonable a los cambios personales favorecidos (o no) por los programas. Que nos doten de una colección de fotogramas que faciliten un razonable acercamiento a la realidad siempre cambiante que nos define.
  9. Somos, en buena medida, el relato que hacemos y compartimos de nuestra experiencia vital, formado por retazos más o menos reconocibles de realidad. Sobre ese relato (personal e intransferible), sobre esa autobiografía, pretendemos incidir con los programas de educación para la salud, por lo que la evaluación deberá servirnos para descifrar, para descodificar, esos posibles cambios narrativos.
  10. Ahora es cuando “el número” y el azar pueden venir en nuestra ayuda, al ayudarnos a disponer de una colección de relatos que sean suficientes, representativos, atentos a la variedad humana con la que trabajamos desde el punto de vista de variables sociodemográficas habituales como edad, género, contexto social, procedencia cultural… Para evitar que el análisis cualitativo devenga mero delirio.

En definitiva, la evaluación como análisis literario de ese relato autobiográfico cambiante que construimos a partir de nuestra experiencia.

Dejo aquí la presentación que utilizaré.

Anuncios

2 pensamientos en “10 ideas sobre evaluación de programas de educación para la salud”

  1. Gracias Juan Carlos. Tema más que complicado éste… seguramente además del programa, sería necesario evaluar a quien lo imparte, como parte inseparable de la eficacia del mismo: al ser programas que necesitan de técnica y conocimiento teórico, pero también de “arte” para poder llegar a hacer algún garabato en los relatos personales de las personas que queremos influir.

    1. Completamente de acuerdo, Víctor: evaluar la propia dinamización de los programas, porque las personas que lo hacen ponen, necesariamente, mucho de sí mismas en juego.

Los comentarios están cerrados.