¿Para qué sirve la cárcel?

La imagen está tomada de la galería de Luis Gonçalves en Flickr.
La imagen está tomada de la galería de Luis Gonçalves en Flickr.

El culpable no es más que uno de los blancos del castigo. Éste afecta sobre todo a los otros, a todos los culpables posibles. Michel Foucault. Vigilar y castigar.

Dice ese texto cumbre de la retórica que es la Constitución española, en su artículo 25, que las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social. Se da a entender que hay conductas merecedoras de la pena de prisión que, durante el tiempo de encierro, se trabajará para revertir, favoreciendo así la incorporación social de la persona presa. Se entiende, por tanto, que todo el funcionamiento de esa institución total que es la prisión está pensado para facilitar a cada persona un proceso de reeducación que le ayude a encontrar un lugar no destructivo en la vida social.

Hacinamiento vs resocialización

Muchas instituciones totales parecen funcionar la mayor parte del tiempo sin otro propósito que servir como depósito de internos. Erving Goffman. Internados.

Según datos de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, España tenía en abril de 2015 un total de 65.659 personas presas. Desbordando ampliamente las plazas realmente existentes en las prisiones, lo que permite cuestionar el humanista propósito constitucional de la privación de libertad. Las prisiones están hacinadas y las personas internas viven en unas condiciones que difícilmente aceptaríamos para cualquier otro colectivo social. Pero, claro, son la escoria, el mal, vidas desperdiciadas (Bauman) que preferimos apartar de nuestra vista. Bien, ¿pero entonces en qué consiste esa supuesta resocialización? ¿No será que usamos la cárcel para ganar tranquilidad y para castigar conductas que nos asustan y en nuestro fuero interno consideramos inmodificables? ¿Qué luego salen y reinciden? En una especie de perversa profecía autocumplida nos dan la razón a “los buenos”: ¿ves como no tienen remedio y hay que mantenerlos apartados del trato humano?

La cárcel, un “no lugar”

Un no lugar es un espacio que no crea ni identidad singular ni relación, sino soledad y similitud. Marc Augé. Los no lugares. Espacios del anonimato.

La cárcel, un sumidero moral que llenamos sin prudencia, refuerza así su condición de “no lugar”,  de territorio desprovisto de vínculos humanizadores. Salvo excepciones que, con grandes dosis de voluntarismo, hacen posibles los equipos profesionales que desarrollan su trabajo asistencial intramuros, a menudo en condiciones de extrema precariedad. Equipos que, con frecuencia, dan más de sí de lo que sus contratos laborales especifican, convirtiéndose en referentes socioeducativos para personas que, por causas básicamente sociales, han naufragado en la construcción de procesos de incorporación social. Cuando se dan este tipo de vínculos, se sientan las bases emocionales para comenzar a construir un futuro diferente.

Drogas y prisión

Aunque al discurso oficial le cueste reconocer la presencia de drogas en el interior de la prisión, a nadie mínimamente avisado se le oculta que el supermercado de la psicoactividad es tan activo dentro como fuera de la cárcel. Y menos mal, porque no cuesta mucho imaginar como acabaría más de un conflicto menor en una institución cerrada y hacinada cuyos habitantes no pudieran recurrir a algún tipo de droga. Un polvorín. Una institución total, hostil, deshumanizadora, en la que puedes pasar un buen número de años sin demasiadas esperanzas, requiere algún tipo de consumo para aguantar el tipo.

En muchos casos, los delitos que han llevado a las personas a la prisión tienen que ver con la venta de drogas hoy por hoy ilícitas. Un abordaje legal de las drogas diferente al actual sacaría de la cárcel a personas que nunca debieron entrar en ella. Mientras no sea así, pretender aprovechar la “estancia” (perdón por el eufemismo) para intentar activar procesos de deshabituación, me parece una pretensión quijotesca. Que, a pesar de todo, algunos buenos profesionales, como la psicóloga y novelista Marga Azkona, llevan admirablemente a la práctica. Personas y equipos que, trabajando en condiciones adversas y teniendo en contra casi todo, consiguen reforzar la decisión de algunas personas de resetear unas vidas de las que están cansados.

Para conocer algo mejor el abuso que a escala mundial se hace de la prisión, así como algunas alternativas al encarcelamiento, puedes leer el informe Global Prison Trends 2015 que acaba de publicar la organización Penal Reform International.

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2 pensamientos en “¿Para qué sirve la cárcel?”

  1. Una vez más diste con tus palabras (aquí letras) en el clavo, escarpia o alcayata. Zorionak. Muy certera tu reflexión. 😉

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