Defensa (crítica) de la prevención universal del abuso de drogas (1/3)

La foto la hice en Bilbao el 7 de mayo de 2015.
La foto la hice en Bilbao el 7 de mayo de 2015.

¿Prevención universal, si? ¿No? ¿Funciona? ¿Tiene sentido o es mejor apostar por otros formatos de intervención? En las próximas tres entradas voy a presentar mis argumentos al respecto.

¿Por qué defensa?

En mi relación con equipos técnicos de prevención, hace años que escucho frases como: “los programas de prevención universal no funcionan”, “yo ya no hago prevención universal”, “hacer prevención en la escuela no merece la pena”, “los centros escolares sólo participan si profesionales del exterior se encargan del trabajo”… Opiniones que transmiten cierta sensación de desaliento que les lleva a apostar por otras vías. En concreto por la prevención selectiva (dirigida a colectivos concretos en los que se identifican factores de riesgo específicos). Yo también soy partidario de ésta. Por muchos motivos, como la posibilidad que permite de definir con precisión la “población diana”, de diseñar intervenciones a la medida de los colectivos con los que se considera preciso intervenir … Creo que hay que hacer prevención selectiva, que hay mucho que innovar en este ámbito, que hay que hacer un esfuerzo por conocer su eficacia y su relación coste-beneficio… Una apuesta que no me lleva a dar por superada la prevención universal, que no tiene nada que ver con las viejas “técnicas para decir NO”, ni con posiciones prohibicionistas, de las que me encuentro a años luz. Y es que la prevención universal con la que sintonizo, es otra cosa. Me centraré en la escuela, consciente de que un ejercicio similar podría hacerse en relación con la prevención en la familia o en otros ámbitos de la vida social.

Defiendo la prevención universal por motivos como estos:

  • Porque creo en el poder transformador de la educación. No de la escuela tal y como está construida, pero sí de la educación. Allí donde hay personas que apuestan por apoyar la exploración de la realidad por chicas y chicos; por hacer porosas las paredes de la institución; por superar el “libro de texto”, tan ajeno al contexto (sustancial para el desarrollo personal)… Llámala educación expandida, aprendizaje invisible o de cualquier otro modo. Un grupo de 20-25 personas colaborando para indagar en la realidad, acicateado por un equipo educativo que se ve a sí mismo como provocador de descubrimientos. Una educación basada en proyectos, y en procedimientos colaborativos para explorar la realidad. En espacios así, la prevención tiene una oportunidad de oro.
  • Porque la prevención universal funciona. A condición de que respete los criterios y orientaciones que la evaluación ha ido mostrando: programas basados en la evidencia disponible; que destierren visiones tremendistas de las drogas; con una duración no inferior a las 10 horas (mejor aún si son 15), porque hace tiempo que las metaevaluaciones mostraron que, por debajo de esta duración, la probabilidad de lograr resultados positivos es escasa; incorporadas de manera normalizada al itinerario educativo del alumnado; asumida por el profesorado como parte de su función educativa; continuada en el tiempo para que no sea una anécdota en el recorrido escolar de chicas y chicos; basadas en técnicas interactivas mediante las cuales el alumnado interroga la realidad y aprende a cuestionarla… En tales condiciones, la prevención puede mostrar resultados positivos.
  • Porque la prevención no la entiendo como mera transmisión de informaciones a incorporar por adolescentes y jóvenes a su mapa mental de la realidad. La entiendo sobre todo como un proceso de educación socioemocional basada en el desarrollo de habilidades psicosociales. Una responsabilidad educativa que la escuela no puede eludir. Pero es que incluso en sus contenidos más puramente cognitivos, la prevención no puede limitarse a transmitir supuestos saberes científicos sobre las drogas. Pretende que sea el propio alumnado el que los descubra como resultado del debate y la interpelación de la realidad. Un profesor incómodo, hablando a adolescentes de las drogas como si se tratara de una plaga bíblica, tiene muy poco de preventivo (porque no es educativo).
  • Porque la prevención así entendida debería ser vista como un derecho del alumnado. El derecho a que la educación a la que dedican tantas horas de su vida tenga como “materia de aprendizaje” la realidad. Y en esa realidad están también las drogas. La educación en torno a ellas no puede desatenderse ni puede zanjarse con el mero expediente de dedicarle un par de horas a que algún especialista “hable a” chicas y chicos de las maldades de las drogas. En este  asunto, chicas y chicos necesitan aprender a tomar decisiones, a comportarse de manera asertiva y empática, a hacerse preguntas que cuestionen estereotipos… Necesitan aprender a pensar, sentir y actuar de manera autónoma. Necesitan “poder” para tomar las riendas de su propia vida. No otro es el sentido de la prevención.

(Continuará).

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