Defensa (crítica) de la prevención universal del abuso de drogas (2/3)

La imagen está tomada de la galería de Alexandria Perone en Flickr.
La imagen está tomada de la galería de Alexandria Perone en Flickr.

En la primera entrada de esta serie expuse los principales motivos que me llevan a ser partidario de la prevención universal. Cuando hablo de prevención me quedo con aquellas actuaciones que promueven el desarrollo socioemocional, que se desobsesionan de la abstinencia como desiderátum, que introducen la racionalidad crítica en un tema tan cargado de emocionalidad, que entienden que los consumos de drogas se relacionan, en gran medida, con la búsqueda de placeres.

¿Por qué una defensa crítica?

Porque no todo vale en prevención. No cualquier actividad organizada con la voluntad de prevenir el abuso de drogas tiene acreditada su capacidad para lograrlo. Considero preventivas aquellas intervenciones que ayudan a las personas a tomar una distancia crítica con respecto a influencias, modas y presiones, y les permiten adoptar de forma razonablemente autónoma decisiones informadas, en consonancia con sus valores y actitudes. Desarrollo socioemocional, en definitiva, acompañado de un saber objetivo sobre efectos, riesgos, etc.

En algunos casos conducirá a la abstinencia, pero no es necesario que así sea, ni lo será de hecho en muchas ocasiones. Y cuando ocurra, no será por miedo a esa construcción imaginaria llamada “droga”, una reacción poco saludable (por infantilizante). Será, lisa y llanamente, por desinterés (lo mismo que a muchas personas no nos interesan un sinfín de experiencias que para otras son esenciales). En otros casos, se producirán consumos variables de unas y/u otras sustancias. Consumos debidos al deseo de explorar y tener experiencias lúdicas. En estos casos, la prevención hará más improbables excesos que puedan comprometer el disfrute deseado y la propia integridad (y, ni que decir tiene, la de las personas con las que se convive). Una adecuada información y un buen repertorio de habilidades para tomar decisiones harán menos probable, en definitiva, que, salvo accidente, una persona se perjudique a sí misma o a otras como consecuencia de su relación con las drogas.

La prevención así entendida no tiene nada que ver, por lo tanto, con cruzadas abstencionistas (anacronismos en los que no creo y en las que no puedo dejar de ver, a menudo, un fanatismo insano). Considera que la abstención ni es la única decisión ni tiene por qué ser siempre y para todo el mundo la más saludable (también a estos efectos hay que pensar en la salud desde una perspectiva holística: bio-psico-social). El puritanismo inspirado en el miedo y el moralismo puede ser, de hecho, más perjudicial para la salud pública que los consumos responsables.

No todo vale

Para conseguir una percepción normalizada, sin sobresaltos ni estigmas, del mundo de las drogas, y una relación no autodestructiva con las sustancias, no toda actividad es aceptable. De hecho, si hiciéramos un inventario riguroso, encontraríamos un sinfín de iniciativas que, en la práctica, resultan irrelevantes desde el punto de vista preventivo. Más o menos simpáticas y hasta vistosas, pero sin el más mínimo potencial educativo. Iniciativas que nunca han sido capaces de probar su eficacia. Podríamos sospechar incluso que algunas intervenciones son potencialmente nocivas, en la medida en que contribuyen al mantenimiento de representaciones sociales irracionales, cargadas de emociones negativas y alejadas de la realidad. Intervenciones que, en vez de favorecer procesos de maduración, infantilizan a las personas a las que se dirigen en su pretensión de insuflarles miedo.

Podrán considerarse preventivas (a falta siempre de demostrar su eficacia, y no sólo lo atractivo de su diseño) aquellas intervenciones que ayuden a las personas con las que trabajan a tomar decisiones conscientes (es decir, informadas), autónomas (o sea, no resultantes de presiones o influencias sociales a las que no consiga sustraerse) y responsables (inspiradas en la ética del cuidado, evitarán con pulcritud el perjuicio propio y ajeno). Lo demás, me temo que no forma parte de la ciencias sociales, sino del espectáculo.

En la próxima entrada sistematizaré estas reflexiones en un decálogo.

(Continuará).

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