Mindfulness en la era del multitasking

mindfulness

¿Eres una de esas personas capaces de hacer varias cosas a la vez? ¿Multitareas? ¿Encima las haces todas bien? ¿Si? ¿Seguro? No te lo tomes a mal, pero permíteme que lo dude. A lo mejor las nuevas generaciones acaban teniendo un desarrollo neurocognitivo especial como consecuencia, entre otros factores, de su vida hiperconectada desde su nacimiento. Está por ver. Lo que está claro es que no es una habilidad de las generaciones anteriores. La mayoría de las personas,  en cuanto tratamos de prestar atención a varios asuntos a la vez tendemos a una dispersión resbaladiza que reduce la calidad de nuestra ejecución. Vamos, que somos perfectamente capaces de hacer mal varias cosas a la vez. Y no podía ser de otra manera. Las actividades mentales complejas requieren atención, concentración, afecto… actitudes incompatibles con ser un picaflor que revolotea de aquí para allá sin centrarse en nada. Pero no se trata de una limitación de la que debamos lamentarnos. Seguramente tiene un sentido adaptativo que nos ha permitido sobrevivir hasta hoy. Un tipo distraído hubiera durado más bien poco en un mundo habitado por depredadores. Entonces había que estar a lo que se estaba. Y ahora, otro tanto. Más bien diría que la multitarea es un defecto, una autoexigencia absurda e irreal.

Aprender a mirar

Estamos equipados para afrontar las tareas de una en una, disfrutando de su ejecución artesanal. Sin embargo, a veces nos imponemos un modo de trabajar, de vivir, que contradice nuestra naturaleza. ¿No será necesario aprender a concentrarnos en lo que nos traemos entre manos, a prestar atención a cuanto vivimos, a estar presentes en lo que vivimos, manteniendo a raya la hiperestimulación, la multiexigencia, el dictado del rendimiento, los cantos de sirena de un pasado que ya fue y de un futuro que aún no llega…? Pues para esto pueden servir todas esas prácticas, entre las que se encuentra el mindfulness, que pretenden darle una nueva oportunidad a la serenidad. Relajación, meditación, yoga… Propuestas diferentes que tienen en común el deseo de frenar el torbellino mental que nos sacude para llevar un poco de paz, de sosiego a nuestras vidas, a nuestras relaciones, a nuestros trabajos. Para poner a raya el estrés, como cuenta en este prezi mi amigo Alberto, a quien oí hablar por primera vez del mindfulness hará unos 5 años. Por eso me gustan las iniciativas que están llevando este tipo de experiencias a la escuela, para educar a niñas y niños en la meditación, el silencio, la quietud… Frente al ruido y el desasosiego de la época. Junto con la educación emocional, creo que son dos pilares básicos de una escuela humanizadora. Lo que no me gusta es que esta o cualquier otra práctica se convierta de pronto en el bálsamo de Fierabrás que todo lo cura, pero eso es ya otro asunto.

La aventura cotidiana del flâneur

Yo, entre otras actividades, me lo aplico a mis paseos, una vez que el ajetreo del día lo permite. Ese andar por la ciudad (o la playa los fines de semana) sin rumbo definido, o buscando al azar perspectivas inéditas. Centrado en el paso aleatorio de quien sólo tiene claro de dónde salió y a dónde regresará, pero que deja el itinerario en manos del camino. Ese paseo que no es un viaje a ninguna parte, ni el recorrido apresurado de las citas, ni la prescripción sanitaria de los 10.000 pasos. Es sólo un deambular sereno, sin más afán que el silencio. Y luego, si se tercia, que a menudo lo hace, volver sobre tus pasos y robarle a la realidad una imagen que nunca más volverá a estar allí para nadie, y volver a casa con el trofeo siempre incierto de una fotografía que, una vez editada, quizás descubra rincones nunca vistos de la ciudad. Pasear por pasear, perdiendo el tiempo a conciencia, brujuleando sin otro destino que uno mismo. Practicar mindfulness con los pies, mientras la mente se entrega a la ciudad en sombras.

Anuncios