Mi experiencia con las drogas

La foto se titula "Compartiendo viajes" y pertenece a la galería de Gonzalo G. Useta en Flickr.
La foto se titula “Compartiendo viajes” y pertenece a la galería de Gonzalo G. Useta en Flickr.

“Es probable que las mentiras peores sean las propaladas por quienes se enmascaran en la túnica asfixiante de la verdad”. Desaprendizajes. José Manual Caballero Bonald.

Vale, lo confieso, he puesto este título para llamar tu atención. Siento decepcionarte 🙂 Te pido disculpas por adelantado. Porque no, no voy a hablar de lo que imaginas (si he consumido esto o aquello, de qué manera, durante cuánto tiempo…) Voy a escribir sobre dos momentos de mi dedicación profesional al ámbito de las drogodependencias (que ahora llaman de nuevo “adicciones”, término tan desafortunado -por restrictivo- como el anterior). Dos momentos que marcan bien, en mi experiencia, la representación social del universo de las drogas que en ocasiones los propios profesionales hemos contribuido a construir y mantener. Porque de eso hablamos en gran medida, de una “construcción social” (Berger&Luckmann). Dos momentos que cubren los 26 años que llevo dedicándome profesionalmente a este sector, en distintas entidades, con diferentes ocupaciones y responsabilidades, si bien marcado sobre todo por lo que conocemos como prevención universal.

Momento I (finales de los 80, que no ha llovido ni nada)

“Aquí no damos metadona porque tendríamos una cola kilométrica. Además, nos impediría trabajar sobre lo que realmente importa: las disfunciones del sistema familiar”. No es una cita textual, pero recoge bien cuál era el planteamiento. Bien, recordemos qué pasaba por aquel entonces en el mundo de la heroína. Pues nada más y nada menos que la expansión del vih entre personas que compartían jeringuillas. La oposición a la administración de metadona como vía para estabilizar farmacológica y psicosocialmente la situación de una persona adicta (real o culturalmente inducida), fue en no pocos casos una condena a la infección. Y no por motivos médicos, sino ideológicos y morales. Este capítulo de las políticas de drogas era consecuencia y a la vez causa de una percepción social del mundo de las drogas cargada de prejuicios morales y estereotipos. Pero bueno, estábamos a finales de los 80, hace ya casi tres décadas. A poca gente se le ocurriría hoy sostener tal actitud. ¿No?

Momento II (segunda década del siglo XXI, o sea ayer)

“Como refleja el CIS, la preocupación social por las drogas está bajo mínimos, lo que explica en parte la reducción de apoyos económicos al sector. Habría que intentar revertir este proceso”. Tampoco esta cita es textual, pero sólo porque mi educación me impide señalar. No se hablaba de educación, de salud, de inclusión social, de reducir riesgos, de… Se hablaba de puros intereses económicos de lo que alguien bautizó en su día como “industria de la prevención”. Y es que, claro, si se reduce la alarma social (“¡cuando se consume más que nunca!”, dirán los apologetas del tremendismo interesado), cada vez va a ser más difícil que pueda hablar “de mi libro”. Ya se que nadie aceptaría esta interpretación e introducirían matices infinitos para explicar sus posturas. Pero yo se que es cierta. Estuve allí y, como diría Roy Batty en “Blade Runner”: “he visto cosas que no creeríais”.

¿A dónde quiero ir a parar?

Estos dos momentos tan diferentes y distantes en el tiempo hablan de la responsabilidad que nos corresponde a los equipos profesionales en la imagen social del mundo de las drogas y en las intervenciones diseñadas. A menudo criticamos la incapacidad de la prensa para dar una visión sosegada de este asunto y por utilizar morbosamente a todo su arsenal tremendista. De acuerdo, así suele ser, y es penoso. Pero algo de autocrítica entre profesionales del sector tampoco vendría mal. Por poner otro ejemplo, he visto predicar sobre la eficacia de la prevención universal a gente que desconoce por completo de lo que habla. Gente locuaz, lenguaraz incluso, que no sabe nada de las sustancias, de los “factores” complejos e interrelacionados que explican sus consumos, de las motivaciones reales de quienes las utilizan, de lo que dice la evidencia sobre lo que funciona en prevención, de los resultados de sus propios programas que casi nunca evalúan… A partir de cuatro vaguedades componen un discurso que lo mismo sirve para un roto que para un descosido, y a vivir.

Me ha recordado todo esto la lectura del último libro de David Pere Martínez Oró, que recomiendo: “Sin pasarse de la raya. La normalización de los consumos de drogas”. Definitivamente, un mundo curioso este de las drogas, que vende como ciencia lo que a menudo es sobre todo ideología.

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