¿Por qué lo llaman adicción a internet cuando quieren decir vida digital?

La imagen se titula "The Net" y pertenece a la galería de fs999 en Flickr.
La imagen se titula “The Net” y pertenece a la galería de fs999 en Flickr.

La arrogancia que ha caracterizado a la psiquiatría y la psicología, que incluso se han atrevido a irrumpir en múltiples campos ajenos a la clínica desde una posición pseudocientífica. Alberto Ortiz Lobo. Hacia una psiquiatría crítica.

Las políticas sobre adicciones han estado sometidas a lo largo de la historia a un buen número de arbitrariedades. Algunas de las ideas procedentes de este terreno han intentado colonizar otros ámbitos, dando lugar a lo que genéricamente se conoce como “conductas adictivas” o “adicciones sin sustancia”. El enésimo hallazgo en este campo son las tecnoadicciones, ciberadicciones, adicciones a internet, net-adicciones y similares denominaciones. Hay quien incluso se sintió decepcionado cuando la Asociación Psiquiátrica Americana descartó (de momento, don’t worry) su inclusión en ese creciente catálogo del padecimiento humano que es el DSM5 (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders). ¿Qué hay de cierta en esta supuesta adicción?

El cambio suele asustar

Mi primera lectura relacionada con internet se remonta a 1999. Se trató de Los señores del aire: telépolis y el tercer entorno, del filósofo y matemático Javier Echeverría, que leí antes que Telépolis. En opinión del autor, la extensión de internet que ya cabía anticipar suponía una nueva dimensión en la que se desenvolvería la vida humana a partir de entonces: el entorno digital. Diferente del entorno natural y el entorno urbano, con los que se acabaría entrelazando. Este proceso que Echeverría veía venir ha trastocado las reglas de juego de multitud de ámbitos y sectores, por no decir todos. Citar a Enrique Dans y su libro Todo va a cambiar parece casi una obviedad. O mencionar al Jeff Jarvis de ¿Y Google cómo lo haría?

Como todo cambio, también éste genera un sinfín de resistencias y temores. Sobre todo entre quienes, siguiendo la terminología de Prensky, podemos denominar(nos) “inmigrantes digitales”: personas de cierta edad que, mal que bien hemos hecho un viaje precario, interminable y lleno de incomodidades a una tierra desconocida en la que no siempre nos funciona la ley de la gravedad. Lo cual preocupa y asusta. Pero para quienes han nacido en ese nuevo entorno, lo que a veces cuestionamos es sólo parte de su normalidad. Una característica clave de su vida cotidiana que a veces demonizamos desde nuestra ignorancia. Como escribe Roberto Igarza en Burbujas de ocio, “Nunca tuvieron que convivir generaciones con características tan diferentes como en la actualidad.” Brecha digital que sublimamos en forma de sospecha.

No todo cambio es positivo

Tampoco se puede sostener que todos los cambios generados por internet sean positivos. En este sentido, me parecen un contrapunto de interés a visiones demasiado edulcoradas del mundo online autores como el grupo Ippolita y sus libros El lado oscuro de Google o En el acuario de FacebookEvgeny Morozov (“hereje digital” de quien en el momento de escribir estas líneas leo con interés La locura del solucionismo tecnológico; Jaron Lanier, de quien me gustó leer Contra el rebaño digital, y que en 2014 publicó en castellano ¿Quién controla el futuro?, que es de todo menos complaciente con las corporaciones propietarias de la Red; o Sherry Turkle, psicóloga crítica con algunos de los cambios que la Red introduce en la forma de relacionarnos tal y como presentó en su conocida presentación TED ¿Conectados pero solos?, y cuyo reciente Reclaiming conversation: the power of talk in a digital age, seguramente dará que hablar. Análisis críticos de algunas de las modificaciones provocadas por la generalización de internet que, como todo desarrollo, puede tener efectos colaterales.

¿Pero qué pasa con las tecnoadicciones?

Entre la fascinación y el recelo provocados por internet se hacen hueco un montón de miedos irracionales. Uno de ellos, el riesgo de adicción que supuestamente podría generar la Red. ¿Es así? ¿Existe? Evidencia parece haber más bien poca, como escribí en Tecnoadicciones y otras fantasías.  Seguramente el acceso a internet puede presentarse en determinados supuestos de manera abusiva (como tantas otras conductas). Pero hablar de adicción… eso ya son palabras mayores. Ni la contempla el DSM5, ni la reconoce la Clasificación Internacional de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud (taxonomías que no suelen caracterizarse por quedarse cortas en la identificación de “nuevos males”). No parece clara en el campo científico tal entidad clínica. Más bien al contrario. Ciertamente hay todo un mercado alrededor: clínicas de “deshabituación”, sitios web especializados, cada vez más planes sobre drogas de nuestro país que incluyen esta supuesta adicción entre sus objetivos (a este paso acabarán incluyendo la satiriasis y el workaholism), literatura tremendista que recuerda mucho el estilo habitual en relación con las drogas (ese “Caught in the net – How to recognize the signs of the internet addiction”, publicado por Kimberly S. Young en 1998) …

Hay de todo. Menos casus belli, porque la dificultad de adscribir esta conducta a los habituales criterios de adicción, así como la (ir)relevancia estadística de sus (supuestos) síntomas, no la hace merecedora de tal galardón.  Que los primeros contactos con la Red puedan generar una considerable fascinación, es comprensible. Que  las redes sociales digitales resulten estimulantes, se entiende. Que los “me gusta”, “RT”, etc., puedan ser vividos como una pequeña inyección de autoestima, parece claro (y saludable, salvo que sea la única fuente de refuerzo). Que hay una exigua minoría de personas que, por motivos de lo más variopinto, puedan llegar a hacer del uso cotidiano de internet una conducta prioritaria en detrimento de otros intereses, es probable. Pero esto, en su caso, hablará más de cierta pobreza existencial que de un supuesto potencial de la Red para favorecer procesos de adicción. Como mucho, la Red sería un posible desencadenante de otros procesos subyacentes.

En todo caso, que la industria del sector no desespere. No sería extraño que una próxima revisión del DSM la incluyera por fin como parecen sugerir autores como Enrique Echeburúa. Y con ello la multiplicación de clínicas, programa, recursos asistenciales y presuntamente preventivos para darle respuesta. Es sólo una cuestión de paciencia, me temo.

Concluyendo

En definitiva, convendría una mayor racionalidad, que pasa en mi opinión por:

  • Relajarse: al principio todo lo nuevo (aunque esto ya va teniendo poco de nuevo) sorprende, fascina, incomoda, asusta… Después se va metabolizando y a menudo acaba quedando en poca cosa.
  • Aprender: que lo nuevo incomode no es pretexto para demonizarlo. Si en lugar de ver la Red desde la barrera aprendemos a manejarnos en ella con razonable soltura, muchos temores se irán deshilachando.
  • Disfrutar: internet facilita un nuevo espacio relacional que, en lugar de sustituirlos viene a complementar los hasta ahora existentes. Conoces personas, creaciones, experiencias, propuestas… con las que antes hubiera sido difícil contactar.
  • Investigar: para evitar hacer el ridículo, las instituciones preocupadas por el riesgo adictógeno de la Red harían bien en promover investigaciones rigurosas que confirmen o descarten sus temores.
  • Denunciar intereses comerciales: que haberlos haylos, especialistas en enredar, confundir y sacar tajada del desconcierto que alimentan.

Ni la Red va a resolver  todos los problemas de la humanidad (el “internet-centrismo” que denuncia Morozov), en una especie de Arcadia digital, ni es un terreno plagado de amenazas sobre el que habría que andar con pies de plomo. Es un nuevo espacio de interacción, de expresión, de comunicación… que bien manejado puede dar lugar a interesantes experiencias. Aprendamos a gestionarlo y enseñemos a hacerlo a chicas y chicos. El sentido común hará el resto.

Al contrario de lo que piensan los adultos, mientras pasan el rato conectados los jóvenes están aprendiendo habilidades técnicas y sociales básicas para participar activamente en la sociedad contemporánea. Mizuko Ito en Educación expandida (Zemos 98).

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