De personas y tiburones: sobre la búsqueda de refugio en Europa

La foto se titula Tiburón 2 y pertenece a la galería de Nacho Montero en Flickr.
La foto se titula Tiburón 2 y pertenece a la galería de Nacho Montero en Flickr.

Nadie deja su hogar a menos que su hogar se vuelva la boca de un tiburón. Warsan Shire.

No sabía nada de esta poeta de origen somalí hasta que hace unas semanas ví en “El intermedio” las imágenes del actor inglés Benedict Cumberbatch recitando este poema suyo tras representar Hamlet en Londres. Me pareció sobrecogedor y busqué el poema entero, cuya lectura me parece muy recomendable en estos tiempos. Pongámonos en situación. En un país del que quizás sabíamos poco o nada, por motivos que se nos escapan (en los que a menudo andan mezclados intereses de los países desarrollados, gracias a los que aquí vivimos mejor), estalla una guerra. Mucha gente que hasta entonces vivía de manera más o menos pacífica sus costumbres, sus deseos, sus aspiraciones, sus temores… decide poner tierra de por medio y buscar un lugar en el mundo donde sea posible empezar de nuevo (en este momento ya está el cínico de turno recitando la conocida letanía: “¡pues si tanto te preocupan llévatelos a tu casa!”; luego vuelvo, espera, que estoy escribiendo para unos amigos).

Uno de esos lugares de peregrinación es Europa, la “vieja Europa”, de la que a tanta gente apenas la separa un mar, el Mediterráneo, escenario de guerras sinnúmero, pero también de intercambios culturales que nos han convertido en lo que somos. Un mar que se ha transformado desde hace ya tiempo en una trampa, a veces mortal, para quienes buscan en nuestras calles, en nuestras ciudades, un ápice de ese bienestar del que tanto alardeamos. A veces da vergüenza observar la reacción europea. Lenta, simplista, aficionada a la represión (jugando a ver quién la tiene más larga -la valla, claro-). Y una ciudadanía asustada, acogotada por sus problemas, acaso necesitada de un chivo expiatorio sobre el que depositar sus propios miedos. Comprensible, pero no aceptable.

Yo me he sentido europeo con cierto orgullo de formar parte de un territorio que había dado lugar a algunos de los desarrollos más notables en materia de derechos humanos (no se me olvidan los saqueos y los genocidios, pero es que esto es sólo un post, y tengo ya que ir acabando). También me he sentido más o menos español (sea lo que sea lo que eso signifique a estas alturas -para mi poco y cada vez menos-). Me he sentido vasco siempre, aunque de muchas maneras diferentes. Identidades “líquidas”, inconsistentes, que han ido cambiando al hilo de mi propia biografía. Lo que siempre me he sentido es miembro de la humanidad. Una humanidad que tiene muchos motivos para enorgullecerse, pero también para sentirse avergonzada de sí misma. Una humanidad que confío en que algún día llegue a ser capaz de verse a sí misma como un todo. Aunque dudo que llegue a verlo. La guerra que se fragua estos días, sobre la que escribí la entrada Jugar con la guerra y otros desatinos, es un claro ejemplo.

Termino con los últimos versos del poema que ha dado pie a esta entrada:

i dont know what i’ve become
but i know that anywhere
is safer than here

PD: Ah, se me olvidaba responder al cínico. Verás, es que es mi casa. Y la suya. Y hasta la tuya, ya que te pones. Es la humanidad tratando de encontrar refugio allí donde considera que puede ser más viable. En un mundo que es de todas, de todos. Tú, como yo, como ellos y ellas, sólo eres un pasajero más de este viaje tan corto que llamamos vida. No te des tanta importancia. Y si toparte con personas extrañas provoca en ti temores que sublimas en forma de desprecio y superioridad, háztelo mirar, porque casi seguro que no eres mucho más que un pobre diablo que necesita inventar enemigos para sentirse bien. Casi, casi, un delirio.

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