Hollar la cima y seguir avanzando

La foto la tomé el 10 de octubre de 2015 desde la cima del Mendaur.
La foto la tomé el 10 de octubre de 2015 desde la cima del Mendaur.

Te planteas un objetivo exigente (para ti). Por ejemplo: el sábado que viene subiré al Mendaur, monte navarro de 1.131 metros. ¿Mucho? ¿Poco? Para ti más que suficiente. Sobre todo teniendo en cuenta que hace varias décadas que dejaste de ser un habitual del monte. Acuerdas con amigos la cita: día, hora y recorrido. Y haces los preparativos, sabiendo que siempre queda algo en manos del azar. El clima, por ejemplo. O las ganas que realmente tendrás cuando llegue el día. O los planes de la víspera, que a lo mejor le quitan entereza al ascenso. En todo caso, ahí está, decidido y acordado: el sábado a las 8 subida al Mendaur, 4 horas de caminata desde Sunbilla, en cuyo camping pasaréis la noche.

Llega el día señalado. Os levantáis, desayunáis y al lío. Sabiendo que tenéis muchas cosas de las que hablar, pero que la intensidad de la subida no lo pondrá fácil. Subir al monte no es una tertulia. Conviene dosificar las fuerzas para no pasarlo mal. Aun así vais charlando. Al menos en los tramos de menor inclinación (pocos). En los demás (la mayoría), el silencio es la norma. El caso es que ahí vais, haciendo la ruta prevista. Ya acalorados, pero con la ropa adecuada. Paradas esporádicas para beber algún líquido isotónico. Cuesta. Realmente cuesta, porque el caminito se las trae. “¡Quién tuviera 20 años (menos)!”, te dices, al constatar que las piernas no siempre responden como deseas. A pesar de los años de gimnasio. No hay tregua para ellas. “¡Verás mañana qué agujetas!” Seguro, pero eso será mañana. Hoy estamos aquí, subiendo, disfrutando, sufriendo, charlando… Y callando. Callando mucho, que el aliento no da para todo.

Por momentos, sol. También el frío y la humedad del bosque umbrío. Y un viento helador. Pero, a la vez, sudando por un esfuerzo que no siempre te parece justificado. “¿Y si bajamos ya?”, comentas en un momento de debilidad. “¡Pero si ya hemos hecho la mitad!”, responde Pepito Grillo, que también se ha calzado las botas de monte. “¡Pues por eso, porque falta (al menos) la mitad y estoy fundido!” Superas ese momento (por ahora), aprietas los dientes y sigues subiendo, que ya sólo quedan… ¡dos horas!

Como lo cortés no quita lo valiente, de vez en cuando alguna foto, que subes a instagram si la conectividad lo permite. “¿Qué, documentando la subida?”, te dice tu amigo (mientras aprovecha para hacer un descansito). Y… si, bueno, son manías. Sabes que al día siguiente te gustará ver esas fotos como recordatorio de lo que en este instante te parece un suplicio.

Al final, llegáis a la cumbre. Casi cuatro horas de ascenso. Las piernas ya sin fuerzas. Un viento frío sacude la ermita. Os sentáis al abrigo de unas rocas para beber y comer las cuatro cosas que habéis llevado (un poco de queso, unos frutos secos, alguna galleta…) Os entregáis a la charla que el camino ha hecho imposible. Coméis, reís, hacéis fotos de un paisaje impactante… Agradecerías que todo acabara ahí, en la prueba conseguida, en la meta atravesada. Pero no. Aun queda lo peor. El descenso. Porque es duro (esas cuestas tan empinadas de la subida), porque es largo (dos horas no os las quita nadie), porque ya estás agotado y hace rato que te empezó a doler la espalda. Pero no queda otra. Nadie va a venir a buscaros con un helicóptero. Así que, tras apenas media hora de descanso, toca ponerse de nuevo en marcha, sacar fuerzas de no se sabe dónde, maldecir un poco y al camino.

Una vez abajo, una buena comida bien regada, una agradable conversación sobre las anécdotas del camino y, contra todo pronóstico, un nuevo plan. De esos malditos planes que empiezan siempre con alguien sonriendo y soltando de pronto: “¿Y si organizamos otra para subir al Gorbea?” Seguida de la consabida señal de aceptación: “¿a que no hay…?” Y ya está liada. El 9 de enero de 2016 al Gorbea. ¡O sea, este sábado! Después de muchos, muchos años sin hacerlo. ¿Conseguirás llegar arriba? Ni idea. Lo único seguro es que lo vas a intentar. Habéis quedado a las 7 para subir por Zeanuri.

Te lo tomas como una metáfora de la vida. Un camino incesante que no termina, salpicado de objetivos, deseos, desafíos, placeres, relaciones, preparativos, decepciones … Y vuelta a empezar. No hay más. Ni menos.

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2 pensamientos en “Hollar la cima y seguir avanzando”

    1. Cierto, Catalina. Todo termina en algún momento. Hasta entonces, ahí andamos con nuestras satisfacciones, nuestras aventuras, nuestros desvelos… Gracias or avisarme del cambio de año 🙂

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