¿La prevención del abuso de drogas encaja en escuelas innovadoras?

La imagen se titula "Cosas de niños" y pertenece a la galería de Félix Bernet en Flickr.
La imagen se titula “Cosas de niños” y pertenece a la galería de Félix Bernet en Flickr.

No se si estas escuelas son muchas o pocas. Sospecho que una minoría creciente, aunque no tengo pruebas. Trabajan por proyectos, recrean sus procesos educativos para un mundo en red, son porosas a la realidad, que penetra en la escuela a bocanadas, promueven entre el alumnado el desarrollo educativo de servicios a la comunidad… Son escuelas que, por definición, están atentas a las peculiaridades de cada escolar, a las que adaptan su modo genérico de educar, y no al revés. Tienen que ver con lo que comentaba en la entrada: Por una educación personalizada, valga la redundancia, a propósito de la lectura de Escuelas creativas, el último libro de Ken Robinson.

¿Prevención escolar versus educación?

Sin embargo, entre quienes investigan en el ámbito de la prevención universal del abuso de drogas hay cierta obsesión con que los programas se apliquen a pies juntillas, a machamartillo, tal y como fueron diseñados (¡a lo mejor hace 20 años!). ¿Es esto lógico? Es comprensible, porque se trata de replicar una serie de sesiones educativas que en algún momento han mostrado resultados positivos. Pero, llevado al extremo, es tanto como negar la evidencia (educativa).

La escuela acomodará a sus propios ritmos las iniciativas procedentes del exterior. El profesorado menos comprometido, para aliviarse  y no trabajar más de la cuenta; el innovador porque necesaria e inevitablemente ajustarán los programas a su pedagogía, lo cual pasa, en buena medida, por adaptar ritmos y procesos al alumnado de cada año escolar. A este profesorado se le queda pequeño el corsé rígido de los programas. Está en lo cierto. Pretender compensar la imposibilidad (afortunada) de controlar la conducta humana exigiendo al profesorado que no modifique un ápice los programas que aplica es, además de vano, un error pedagógico de primera. Sobre todo cuando te diriges a escuelas que siguen modelos pedagógicos alternativos que chocan con una visión estricta del curriculum.

Necesitamos aprender pedagogía

Curiosa paradoja que los programas preventivos, basados siempre en dinámicas interactivas, puedan chirriar en escuelas que sustentan todo su modelo educativo en este tipo de procesos . Por eso, si de algo tenemos que saber los “preventólogos” que trabajamos con la escuela es de pedagogía. Un saber y un saber hacer que nos capaciten para diseñar propuestas educativas abiertas, flexibles, que lleven la versatilidad en su ADN. Porque, nos pongamos como nos pongamos, todo buen profesor, toda buena educadora, adaptarán nuestras propuestas por su cuenta. Adelantémonos a lo inevitable. Aunque complique la vida de los evaluadores “experimentalistas”, que necesitan la estandarización.

Es absurdo que la educación sólo funcione cuando consigue desarrollar de manera personalizada las competencias de cada escolar, y de la prevención se exija aplicaciones estrictas, inflexibles. Como es anacrónico que las escuelas pedagógicamente más avanzadas vayan superando el libro de texto y, mientras, los equipos preventivos sigamos anclados en nuestros propios manuales, guías, etc. Es poco prometedor que mientras en las escuelas más vanguardistas prima cierto desorden educativo, en los programas de prevención nos empeñemos en la aplicación encorsetada de nuestros diseños. Hablamos diferentes lenguajes, y así no es fácil entenderse.  Necesitamos encontrar un mayor equilibrio entre estandarización y flexibilidad (que no tiene nada que ver con el “todo vale”). Design thinking aplicado a la prevención del abuso de drogas.

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