Drogas: La reducción de riesgos contada a mi vecino

La fotografía la hice en Castro Urdiales el 30 de enero de 2016.
La fotografía la hice en Castro Urdiales el 30 de enero de 2016.

En presencia del mar

Durante 18 años he vivido en un pueblo marinero de Cantabria en el que ahora sigo pasando fines de semana y fiestas “de guardar”. Un pueblo que, como tantos otros, tiene una importante actividad económica en torno a la pesca y el turismo. El puerto y sus aledaños están pensados para faenar. Lo de hacer fotos ha venido después. Por eso, durante mucho tiempo podría decirse que ha estado “desprotegido”, con zonas amplias sin barandillas ni ningún otro ingenio de contención. Al profano podía darle incluso un poco de vértigo. Que es cuando sale el espíritu del urbanita un poco sobrado, en plan: “¿pero esto cómo puede estar así?; ¡parece mentira que en estos tiempos…!”

Pero si ves a la chavalería, niños y adolescentes casi siempre, observarás sin ningún género de duda que tienen plenamente interiorizada la presencia del mar. Como es natural, saben nadar. Y la aparente falta de seguridad no es para ellos un problema, porque tienen grabado en su mapa mental los riesgos que el mar entraña y la manera de evitarlos. Son gente nacida y socializada en la proximidad del mar, y han aprendido a disfrutar de ese privilegio y a minimizar los riesgos. Porque riesgos, haberlos haylos. Como en casi todos los sitios. Y desgracias, también. No existe ninguna realidad humana exenta de los primeros ni, por lo tanto, de las segundas. Pero aparecen en el marco de una relación normalizada con el mar. Verás a chavales asumiendo riesgos que tú no correrías, por eso, porque son chavales. Pero un desenlace desafortunado es altamente improbable.

En definitiva, han aprendido desde críos a tener una relación equilibrada con el mar. Con los mares, porque nada tiene que ver el Cantábrico en invierno, con ese oleaje soberbio que desborda el malecón, con el mismo mar en verano. Saben qué se puede hacer y qué sería ridículo intentar. Desafiarse entre ellos es un juego tan tonto como retarse a ver quién mea más lejos. Puro afán de competir, pero en un terreno conocido. Desde críos cerca del mar, con el que han aprendido a relacionarse con respeto. De vez en cuando (muy de vez en cuando) puede haber algún problema. Pero la probabilidad es tan baja que a nadie se le ocurre pedir medidas excepcionales. El mar, para algunas personas un misterio, un espectáculo fascinante, un universo literario plagado de fantasmas… Quienes conviven con él aprenden a objetivarlo. Disfrutan como cualquiera del espectáculo. Puede que más. Pero sabe que han que prestar atención. Incluso desconfiar un poco.

En definitiva, que si te familiarizas con una determinada realidad (el mar), si aprendes desde bien pequeño a reconocerla, a valorarla, a disfrutar con ella, a controlar momentos y situaciones de riesgo, sabes cómo, cuándo y a quién pedir ayuda si vienen mal dadas, y no te empeñas en andar solo viviendo experiencias que requieren una cierta vigilancia, entonces el balance personal entre placeres y riesgos será favorable. Casi siempre. ¿Qué en alguna ocasión los riesgos puede superarte? Un fastidio, pero así es la vida.

En presencia de las drogas

Ahora veamos que ocurre con el mundo pintoresco de las drogas. Lo primero es que se trata de un universo tan salpicado de prejuicios y estereotipos, que a menudo la reacción social se mueve entre el miedo (sobre todo, adulto) y cierta fascinación (sobre todo –que no sólo- juvenil). Sustancias psicoactivas diversas forman parte del ambiente cotidiano en el que se socializan chicas y chicos. Envueltas en una capa clandestina que a algunos atemoriza y a otros atrae. El mismo mar, con su innegable poder hipnótico, pero como si su conocimiento sólo procediera de libros de piratería. El mar es objetivo: sacude y tienes que aprender a interpretarlo. Las drogas están plagadas de subjetividad: están por doquier, y cuando te acercas a ellas lo haces imbuido de un sinfín de maldiciones (o visiones hagiográficas, que tanto da). Así no es fácil aprender a tomar decisiones personales.

Ningún nativo abusa del mar. Todo el mundo lo disfruta. Y se mantiene al margen cuando corresponde. Mero buen juicio. El problema no es el mar, es la ignorancia. Pero las drogas… No se si existe en castellano una palabra que concentre tanta emocionalidad, sobre todo negativa. Vete tú luego a hacer prevención. Es tanto como mandar a tu Quijote a pelear, vanamente, contra molinos impostados.

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6 pensamientos en “Drogas: La reducción de riesgos contada a mi vecino”

  1. Muy bueno, Melero. Solo un detalle: a los castreños ( y a la gente marinera en genral) les gusta decir LA mar …

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  2. El problema es cuando el poder hipnótico del mar te atrapa, entonces es cuando la baya protectora deja de ser relevante.
    SALUDOS VALLEKANOS

    1. Hola César: Gracias por el comentario. Es cierto que el riesgo cero no existe. Por eso son tan importantes las intervenciones solventes en prevención y en reducción de riesgos. Y desactivar percepciones sociales sobre las drogas cargadas de tintes emocionales. Para hacer esos riesgos menos probables. Saludos.

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