Prevención del abuso de drogas: ¿cómo podría funcionar mejor?

La foto se titula "Paradero" y pertenece a la galería de dai-liv en Flickr.
La foto se titula “Paradero” y pertenece a la galería de dai-liv en Flickr.

Hace unas semanas se hacían públicos los datos positivos de la última encuesta EDADES del Plan Nacional sobre Drogas referente a los consumos por parte de adolescentes escolarizados de 14-18 años. Quizás sea buen momento para recordar algunos asuntos relacionados con el funcionamiento de la prevención universal y las condiciones que podrían favorecerlo. En prevención se intenta cada vez más identificar evidencias y buenas prácticas, para promover la aplicación de calidad de programas basados en modelos teóricos aceptados por la “comunidad científica”, que muestren resultados estadísticamente significativos en evaluaciones rigurosas. Si cada vez hay un mayor saber acerca de la prevención, ¿por qué no se consiguen mejores resultados? Ahí van tres argumentos al respecto:

  1. Un marco legal perverso: el marco legal en el que se aplican los programas no es inocuo sino que, por el contrario, puede distorsionar el sentido mismo de la prevención, al colocarla  en el terreno resbaladizo del bien y el mal. En prevención hablamos de educar (para la libertad de decidir), no de asustar. Para que el debate que la prevención requiere sea más racional y esté menos cargado de emociones negativas y moralismo. El tratamiento legal de unas sustancias y otras no hace más que exponer ante adolescentes y jóvenes una mirada adulta caprichosa, que pervierte el tema mismo sobre el que propone reflexionar.
  2. Falta de utilización de la evidencia científica: la evidencia brilla por su ausencia en buena parte de los programas que se aplican. Además, la existencia de programas preventivos que disponen de al menos cierta evidencia no conlleva necesariamente un mayor interés por parte de las instituciones públicas en su promoción. Si en este momento se impidiera a las escuelas españolas utilizar programas que no dispusieran de una evidencia suficiente, el panorama conocido (de cierta saturación) cambiaría radicalmente.
  3. Escasez de tiempo efectivo de prevención: la brevedad de las actuaciones pretendidamente preventivas hace improbable el logro de objetivos significativos. ¿Alguien con un mínimo rigor científico puede pensar que dedicar 3 ó 4 horas a la prevención, a lo peor en un único curso escolar, puede tener alguna eficacia a largo plazo? Puro pensamiento mágico. Resulta que para aprender matemáticas, lengua o inglés hay que dedicar horas y horas durante años. Pero para interiorizar actitudes y competencias psicosociales vale con un ratito. Como diría el clásico: “¡eso no es así, y lo sabes!”

Bien, entonces ¿en qué condiciones podría funcionar mejor la prevención universal? Apunto algunas.

  1. Cambiar el marco legal: para que el debate sereno que la prevención requiere se sitúe en el terreno de la racionalidad. Este año tenemos una ocasión de oro para avanzar en esta dirección: UNGASS 2016, la Sesión Especial de la Asamblea de las Naciones Unidas. Un buen momento para dar un vuelco a los principios normativos que durante décadas han alimentado una política mundial ante las drogas que ha desatendido los criterios de salud pública y respeto por los derechos de quienes las consumen. Trayendo, de matute, un efecto perverso sobre el mapa mental que durante la adolescencia se construye del mundo de las drogas.
  2. Fomentar una prevención basada en el saber actual: promoviendo la aplicación en la escuela y demás territorios sociales de programas que hayan mostrado eficacia. ¿Que no es fácil conocer los resultados de los programas? Evidente. ¿Que los procedimientos de evaluación llamados “experimentales” son, además de escasos, deshumanizadores? Así me lo parece como contaré más adelante en otra entrada. Pero esto supone un desafío intelectual y técnico, y no puede ser una coartada para segur impulsando programas que no dispongan de ninguna evidencia.
  3. Promover una prevención longitudinal: que se extienda a lo largo de toda la escolarización obligatoria, adaptada, como es obvio, a las necesidades y posibilidades de cada etapa evolutiva. A veces se le pide a una prevención aplicada en dosis mínimas (3 horas en 3º de la E.S.O.) un impacto profundo y vitalicio. No funciona así. Los aprendizajes humanos requieren procesos sostenidos en el tiempo, en coherencia con el desarrollo cognitivo y la maduración socioemocional de quien aprende. La prevención no es una vacuna que se inocula de una vez por todas y sólo requeriría de vez en cuando alguna “sesión de recuerdo”.
  4. Compartir información rigurosa y equilibrada: evitando vaguedades moralizantes. Evitando también información tremendista cuyo uso en prevención es como si intentaras enseñar a nadar a alguien explicándole lo desagradable que sería la experiencia de ahogarse. No puede hurtarse una información verídica sobre las implicaciones de los diferentes consumos. Pero hacer un catálogo de riesgos, y suponer que con su mero conocimiento ya serviría para desentenderse del abuso de drogas, forma parte del pensamiento mágico .
  5. Abordar también la búsqueda de placeres: sabemos que las drogas se consumen por motivos diversos, y que sobre ellas se depositan expectativas variadas. Entre ellas, la búsqueda de placer. Se consumen porque gustan sus efectos; o se espera que así sea. ¿Cómo hablar de esto con adolescentes? Hagamos un pequeño ejercicio en otro ámbito: ¿cómo hablar del placer sexual? ¿O vamos a seguir confundiendo educación sexual con información sobre la fontanería íntima y advertencias sobre riesgos? Esto último no puede obviarse. Pero tampoco puede ser la base de una educación en la materia. Volviendo a las drogas, nadie dice que sea fácil. De hecho, no lo es.

Sabemos lo suficiente de prevención como para impulsar otra manera de hacer las cosas. ¿A qué esperamos?

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