Desvaríos lacanianos: en busca de la palabra que te rescata de ti mismo

La foto se titula Jacques Lacan plaque y pertenece a la galería de Monceau en Flickr.
La foto se titula Jacques Lacan plaque y pertenece a la galería de Monceau en Flickr.

Siempre me ha interesado el psicoanálisis. Sí, ya se que desde su origen hay tantas y tan enfrentadas corrientes que se reclaman herederas de Freud que hablar de psicoanálisis en singular es puro reduccionismo. Digamos que siempre me ha convencido la “hipótesis del inconsciente” como clave de la reflexión psicoanalítica sobre la realidad humana. Luego, en esa cajón de sastre se ha ido metiendo de todo, según los tiempos, los avances científicos, la cultura y la personalidad del autor…

Durante un tiempo me atrajo el psicoanálisis lacaniano. Bueno, lo que pude entender de una propuesta que tiene tanto de galimatías. Visto con la perspectiva que dan los años, aquello tenía algo de secta, con su adulación al gran líder y a sus supuestos exegetas, su jerga críptica, sus rituales de paso… A mí me atraía la rotundidad de aquellas sentencias que se repetían con solemnidad:

  • “El inconsciente está estructurado como un lenguaje.”
  • “El deseo humano es el deseo del Otro.”
  • “La verdad tiene estructura de ficción.”

Sigo pensando que para entender a las personas y, en cierta medida algunas de las dimensiones más relevantes de nuestra vida social, el inconsciente no puede desdeñarse. Y que la palabra, llenando vacíos que explican el sufrimiento, ayuda a reescribir la propia vida dejando atrás relatos inservibles elaborados al ritmo del malestar. Quizás el psicoanálisis no sea otra cosa que un intento casi literario de poner palabras donde hay, sobre todo, síntomas. Nada más. Nada menos.

Quienes se apresuran a enterrar el psicoanálisis, llevados por el supuesto mayor rigor de la llamada “psicología científica”, harían bien en no correr tanto.

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