Emociones tóxicas (3): La ansiedad, comprenderla para afrontarla

La foto se titula Zen y pertenece a la galería de Beatrice Wei en Flickr.
La foto se titula Zen y pertenece a la galería de Beatrice Wei en Flickr.

La intensidad de la angustia es proporcional al significado que la situación tenga para la persona afectada, aunque ella ignore esencialmente las razones de su ansiedad. La personalidad neurótica de nuestro tiempo. Karen Horney.

En esta serie sobre “emociones tóxicas” escribí una entrada sobre el miedo y otra sobre el odio. Le toca el turno ahora a la ansiedad. ¿Quién no ha sentido alguna vez ese desasosiego tan difícil de explicar? Nerviosismo, tensión, estrés … Dicen que, como con el colesterol, hay un estrés bueno (“eustrés”) que prepara el organismo para afrontar situaciones desafiantes. Aquí hablo del malo (“distrés”), que se mueve en un continuum entre la desazón y la angustia. Faltan palabras para compartir lo que se siente (esas frases que empiezan por “es como si…” porque no se acaba de acertar con la descripción). Uno se siente inquieto, vagamente preocupado… La cabeza no para de dar vueltas a esto y a lo otro. Cuesta conciliar el sueño y dormir de un tirón. Si te despiertas por la noche, puede que la oscuridad se llene de amenazas que magnificas hasta lo inverosímil. Quizás notes también que te falta apetito o, por el contrario, no pienses más que en comer en un intento fallido de compensar tu malestar. Es una sensación incómoda, molesta, desagradable. Hace difícil concentrarse, mantener la atención, lo que afecta a tu rendimiento laboral, académico. En casos especialmente agudos puede llevar a tomar decisiones equivocadas, a reaccionar de manera agresiva ante situaciones cotidianas, a mostrarse airado con las personas que tratan de quitarle importancia a tu estado. En definitiva, una sensación que afecta de manera negativa a tu bienestar emocional y a tu funcionamiento físico, y que puede impactar negativamente en tu rendimiento y tus relaciones sociales.

¿Qué hacer en situaciones así?

Al igual que ocurre con el miedo, no es lo mismo que se trate de una reacción ante un hecho real que de una sensación flotante que no sabes a qué atribuir. Si es una ansiedad reactiva (más o menos intensa, pero de duración limitada), muy probablemente acabará pasando cuando la situación que la ha provocado desaparezca, mitigue su rigor o te adaptes a ella. Puede ser desagradable, pero comprensible y manejable. Tiene un origen, unos síntomas, una duración y, tras un periodo limitado, va poco a poco remitiendo hasta desaparecer. Me explico. Mañana tienes un examen o una entrevista de trabajo. Aunque te has preparado bien, necesitas aprobar o conseguir el puesto. No sentir cierta ansiedad en situaciones así sería realmente extraño. Al igual que lo sería verse desbordado hasta el punto de no atreverse a ir al examen o a la entrevista por miedo a desmoronarse.

Cuando hay un origen claro, las reacciones más efectivas son de dos tipos:

  • Identificar la causa para, en la medida de lo posible, modificarla a fin de que deje de provocar malestar. Por ejemplo, si en tu caso hablar en público es un motivo seguro de ansiedad, en la medida de lo posible convendrá que lo evites. Si tu puesto de trabajo requiere el ejercicio de tal actividad, este planteamiento no te será útil. Pero si puedes elegir hacerlo o no, ¿por qué atormentarse? No pasa nada, ni es una muestra de debilidad. Cada cual tiene sus fortalezas y si esa no es la tuya, evítala y ahórrate sufrimiento.
  • Como lo anterior no siempre es posible, una segunda estrategia será aprender a afrontar de manera efectiva las situaciones de ansiedad que a cada quien le martirizan. Y esto no se aprende por ciencia infusa. Existen multitud de procedimientos relacionados con el gobierno de las tensiones, la ansiedad, el estrés, que pueden aprenderse: técnicas de relajación, yoga, mindfulness… Resulta efectivo aprender aquellas técnicas que a cada cual le resulten más cercanas, útiles y viables en su vida cotidiana. Ese aprendizaje es ya para siempre.

Si la ansiedad se mantiene, el malestar se va haciendo crónico y comienzas a notar que te afecta negativamente; si no hay una causa clara, específica, sino que se trata de una sensación vaga (aunque intensa), general y resistente, puede ser el momento de hablar con un especialista. ¿Especialista en qué? En el arte, algo esquivo, de la conversación.

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