Emociones tóxicas (4): la envidia, un sinvivir

La imagen se titula "Envidia / Envie: eyes don't lie" y pertenece a la galería de Gabriel S. Degado C. en Flickr.
La imagen se titula “Envidia / Envie: eyes don’t lie” y pertenece a la galería de Gabriel S. Degado C. en Flickr.

La envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come. Francisco de Quevedo.

En las tres entradas anteriores de esta serie escribí sobre el miedo, el odio y la ansiedad, tres emociones negativas condicionan el bienestar de una persona. Otra que tal baila es la envidia, un auténtico sinvivir. La persona envidiosa nunca se siente a gusto, relajada, dichosa, nunca es suficiente porque siempre encontrará en su entorno alguien que disponga de “posesiones” más valiosas. Y si no da con esa persona, la inventará a fuerza de echarle imaginación a cuatro rasgos apenas entrevistos. Puede tratarse de bienes materiales (dinero, casa, coche, ropa …) o psicológicos (simpatía, brillantez, amistades, serenidad…) El caso es que el envidioso, la envidiosa, auscultando la realidad a través de sus lentes deformadas, siempre encontrarán personas con las que compararse y a las que despreciar. Porque quien envidia no ve en las personas envidiadas acicate para mejorar. Si así fuera… Quien envidia desvaloriza a la persona envidiada porque no la cree merecedora de logros que solo a sí misma corresponderían. “¿Qué se habrá creído ese?”, se dice, ante el agravio que representa la felicidad ajena.

La persona instalada en la envidia es infeliz. No vive en paz consigo misma. Su radar emocional capta permanentemente señales del bienestar ajeno que la hacen sentirse desdichada. Si valora tener un buen coche, encontrará quien lo tenga mejor y se lo llevarán los demonios. Aunque le guste la casa en la que vive, nunca será suficiente porque siempre habrá alguien con una casa mejor (más céntrica, más grande, más cara, más… algo). Si se va de vacaciones al Caribe, sentirá que no es suficiente en cuanto se entere de que una amiga ha estado recorriendo algún país asiático o africano o… ¡tanto da! Aunque le guste su trabajo, estará más atenta a lo que cuentan los demás del suyo que a disfrutar de sus logros profesionales. Y no es que quiera poseer el objeto X. Lo que le molesta es que otra persona lo posea, hable bien de él, lo disfrute. Y así va poco a poco dejándose la piel por el territorio pedregoso de la comparación.

Siempre fuera de sí misma la persona envidiosa escanea la realidad en busca de otros, de otras, con quienes medirse, a quienes despreciar porque tienen lo que considera que debería ser propio. ¡Ay, el envidioso, congelado en un demoledor “¿pero ese de qué va?” del que no consigue salir! La envidia, une emoción tormentosa, un síntoma neurótico, un sinvivir.

Anuncios