Diez notas para una política pública sobre adolescentes y alcohol

La foto la hice camino de la sesión.

Ayer comparecí en la Ponencia “Menores sin Alcohol” de la Comisión Mixta Congreso-Senado para el Estudio del Problema de las Drogas. En la hora dedicada a hacer mi presentación y responder las preguntas tuve ocasión de compartir  lo que sigue.

Los consumos abusivos de alcohol por parte de adolescentes son mensajes que tenemos que descifrar con serenidad crítica para dar respuestas adecuadas sin incurrir en el tremendismo habitual en el campo de las drogas. Necesitamos identificar qué espacios y dinámicas de socialización fracasan para que el abuso adolescente de alcohol tenga lugar, y explorar fórmulas que lo hagan menos probable. La prevención mejoraría su eficacia si, además de generalizarse, se produjeran cambios sociales que, sin satanizar el alcohol, evitaran alentar su consumo.

Algunas ideas, a modo de decálogo, que estructuré en estos cuatro apartados:

Las personas en primer lugar

  1. Pensar en las personas antes que en la sustancia: Si queremos acompañar a los y las adolescentes en su proceso de socialización para promover un desarrollo personal que haga menos probable el abuso habitual de alcohol, necesitamos una mirada en positivo de la adolescencia, la etapa de la experimentación, del medirse con los riesgos, de la primera borrachera como posible rito de paso… Esto no significa dar por bueno todo lo que hagan, sino esforzarse por entenderlo en vez de limitarnos a condenarlo por “ruidoso”.
  2. Conocer las diversas dimensiones del fenómeno: Es preciso comprender el lugar simbólico que ocupa el alcohol en la socialización adolescente, su sentido. Disponemos de datos sobre el nivel de abuso (minoritario), sobre la edad de inicio (estable)… Nos falta más investigación cualitativa que ofrezca información útil sobre motivaciones, experiencias, beneficios, diferencias de género… El número ayuda a captar la trascendencia de un fenómeno, pero apenas sirve como mapa de un territorio complejo.
  3. Promover la participación juvenil en el diseño y desarrollo de actuaciones: A la hora de promover políticas eficaces en esta materia (y en cualquier otra), la experiencia juvenil, su perspectiva, su cercanía emocional pueden ser de considerable ayuda. Entre otras cosas para no provocar la desconfianza de quienes, de otro modo, se verían solo como “población diana” de iniciativas ajenas.

    Una apuesta por la educación

  4. Fomentar la autonomía personal educando en competencias psicosociales: Chicas y chicos tienen derecho a una formación que incorpore en su itinerario educativo propuestas preventivas basadas en la evidencia. Propuestas que les empoderen para tomar decisiones y para encontrar en sí mismos las respuestas que buscan en el alcohol. Que según datos del Plan Nacional sobre Drogas cada vez sean menos los centros educativos que dinamizan propuestas preventivas, no es muy buena noticia. Y eso sin olvidar que, en prevención, tampoco es oro todo lo que reluce.
  5. Apoyar a las familias como espacio educativo: Intervención con las familias, en parte desorientadas, en parte dimisionarias de su rol educativo, para dotarlas de competencias educativas adecuadas, en clave de parentalidad positiva: alfabetización emocional, establecimiento de límites… Si algún ámbito de actuación preventiva está necesitado de una buena apuesta por la innovación que haga posible llegar a un colectivo más amplio es la vida familiar.
  6. Aprender estrategias de gestión de riesgos: Compartir información útil para reducir consumos de riesgo y para actuar en situaciones en las que alguna persona del grupo pierda el control. Un aprendizaje experiencial sobre los propios límites y sobre las estrategias efectivas para mantener el autocontrol. A partir de evidencias como que cuanto más tarde, mejor; cuanto menos, mejor; cuanto menos frecuente, mejor…

    Un cambio cultural necesario

  7. Cuestionar la cultura del alcohol: Hemos convertido el alcohol en una sustancia omnipresente en cualquier celebración, conducta que niñas, niños y preadolescentes observan y acaban en buena medida interiorizando. Revisar críticamente este papel permitirá impulsar actuaciones orientadas a fomentar un cambio cultural que contribuya a reducir su interés para chicas y chicos. Algo que, inevitablemente, choca con los intereses de la industria alcoholera. ¿Hay voluntad para hacerlo?
  8. Reducir las influencias sociales favorecedoras del consumo: Eliminación progresiva de la publicidad de bebidas alcohólicas, así como su patrocinio de eventos deportivos, culturales, etc. Nadie se emborracha de manera compulsiva porque exista publicidad de bebidas alcohólicas, pero esta, junto con otras actuaciones, conforma el telón de fondo de una supuesta normalidad que solo obedece a razones comerciales (de nuevo “con la Iglesia hemos topado”).
  9. Facilitar un tratamiento mediático equilibrado: promover un compromiso de los medios que evite incurrir en planteamientos sensacionalistas, cuidando tanto el fondo (qué se cuenta y qué no) como la forma (cómo se hace, a través de qué titulares, usando qué palabras e imágenes…) No creo mucho en la viabilidad de esta medida porque la experiencia al respecto no es precisamente positiva, pero merecería la pena intentarlo… again.
  10. Actuar con contundencia contra quienes vendan alcohol a menores: La facilidad de acceso al alcohol es evidente, y no hay persona, tenga la edad que tenga, que si se lo propone no consiga la dosis deseada. Una dejadez social que, de mantenerse, desbarataría cualquier esfuerzo preventivo.

A partir de aquí, una amplia rueda de preguntas que permitió profundizar en algunas ideas.

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