Todo lo que siempre quisiste saber sobre la adicción a las TIC, pero te quedaste sin batería

Todas las revoluciones técnicas producen su cuota de utopías, optimistas o pesimistas. Alain Finkielkraut. Internet, el éxtasis inquietante.

Si es que se veía venir. Demasiado tiempo hablando de este asunto como para que no se hiciera realidad. Realidad imaginaria (valga el oxímoron), que son las más contumaces. Pura construcción social. Que hasta la American Psychiatric Association, tan poco dada a la austeridad a la hora de multiplicar su catálogo de categorías clínicas, se negara a incluirlo en el DSM-5 (version vigente del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders),  no iba a desalentar a los perseguidores de fantasmas. Si no es por el lado de la ciencia, que sea por el lado de la administración. Y así es como, lenta e insidiosamente, la adicción a internet se ha hecho un hueco en los planes autonómicos de nuestro país y, al parecer, va a hacerlo también en la nueva Estrategia nacional sobre drogas que en estos momentos se prepara.

En varias ocasiones he escrito sobre este asunto, tratando de separar el grano (abusos efectivos en el uso de las TIC) de la paja (adicciones de diversa intensidad). Lo hice haceya  dos años y medio en Tecnoadicciones y otras fantasías, donde sugería que parecía haber cierta adicción a buscar conductas adictivas por doquier. Lo hice hace año y medio en ¿Por qué lo llaman adicción a internet cuando quieren decir vida digital?, donde trataba de llamar la atención sobre la diferencia generacional evidente que podía hacer que la sociedad adulta interpretara como adictivas conductas adolescentes o juveniles que requerían otra valoración. Lo hice de nuevo hace dos meses en Pantallas, adicciones y (buena) educación, donde sostenía que, en efecto, estábamos ante un universo (relativamente) nuevo ante el que nos faltaba, en general, no poca educación. Y vuelvo ahora… al lugar del crimen.

¿Que hace una conducta como tú en un plan como este?

En este tiempo hemos ido viendo cómo cambiaban las denominaciones administrativas de los planes locales y autonómicos sobre drogas. Así, junto a nombres clásicos como Plan sobre Drogas del Principado de Asturias, Plan Canario sobre Drogodependencias o Plà d’Actuació en Prevenció sobre Drogues, nos encontramos con otros más generalistas como Plan de Transtornos Adictivos de Galicia, Plan de Adicciones de la Comunidad Autónoma de Euskadi o Plan Andaluz sobre Drogas y Adicciones, por poner solo algunos ejemplos. Si hiciéramos un recorrido por los principales planes municipales, encontraríamos algo parecido.

A medida que se van aprobando nuevos planes comienza a detectarse un deslizamiento más o menos abierto hasta posturas más generalistas que hacen referencia a trastornos adictivos, conductas adictivas o terminología similar. A pesar de que el DSM-5 (manual que a mi no me gusta, dicho sea de paso, por su tendencia a patologizar la vida cotidiana y a congelar en síntomas prefijados situaciones complejas de malestar emocional), insisto, haya hecho mutis por el foro a la hora de retratar este asunto. Si lo llega a reconocer ya hubiera sido un akelarre. Para rematar, hace mes  y medio en el programa Salvados, bajo el título Conectados se hicieron eco de este asunto, tratado de un modo algo frívolo para mi gusto, contra lo que suele ser habitual en el programa, especialmente en momentos como cuando el psicólogo invitado habla de “enfermedad social” (un concepto algo impreciso para un científico). Recomiendo la entrada Desmontando Salvados y la adicción al móvil, de Blogoff. Cabe asociar esta tendencia con declaraciones de profesionales de las adicciones que se empeñan en ser más papistas que el Papa.

¿A qué se debe esta profusión, esta desmesura, esta… adicción a la adicción? Para no hacer eterno e ilegible este post, voy a centrarme solo en tres aspectos.

  • El desconcierto que genera la novedad: Si, ya se que hablar de novedad a estas alturas es otro exceso, pero bueno. Existe una brecha digital que se manifiesta, en buena medida, a escala generacional. Claro que cada vez hay más personas de edad haciendo usos diversos de la red. Claro que también entre ellas se dan usos excesivos de la tenología (esa hipnosis que provoca en algunas la pantalla del móvil que no pueden dejar de escrutar como si esperaran una llamada del más allá). Pero hay distintas percepciones. Para las personas adultas, internet es un lugar al que entras a hacer cosas. Para adolescentes y jóvenes internet es una dinámica básicamente relacional. Nos puede sorprender su uso constante, pero es tanto como si nos sorprendiera su necesidad de estar en grupo. ¿Tiene esto riesgos? Al decir de la psicóloga norteamericana en su reciente “En defensa de la conversación”, los tiene. Nada que ver, en todo caso, con la adicción, y más que ver con la educación.
  • La normalización del “tema drogas”: A pesar de que mediáticamente siguen interesando los excesos (la epidemia de heroína en Norteamérica, la burundanga, la droga caníbal, los comas etílicos en adolescentes, las “nuevas sustancias psicoactivas” que se producen cada año, etc.), el asunto de las drogas parece haber perdido fuelle. Como es natural. Ya he escrito en otras ocasiones que la desdramatización actual permite actuar con serenidad ante un asunto que requiere, sobre todo, compromiso educativo y racionalidad jurídica. Pero a ver si el tremendismo contra el que hemos combatido en este campo se va a desplazar ahora al de internet y, en general, las TIC. Ya se que es un chiste fácil, pero parece haber personas con tics infatigables a la hora de perseguir alarmas. Quizás si alguna vinculación cupiera establecer entre conductas tan disímiles como el consumo de drogas y el manejo de la Red es que ambos se prestan a interpretaciones excesivas a poco que uno tenga “la mente sucia”, como decían los Serrano. La otra manera de verlo, si se me permite el cinismo, es: “eh, que se acaba esto de las drogas, hay que buscar un nuevo negociado al que dedicarse”.
  • El desafortunado concepto de “conductas adictivas”: Cuando se pretende utilizar una categoría clínica para describir realidades diferentes, es imprescindible hilar muy fino. De otro modo acabas creando cajones de sastre que, como reza nuestro castizo dicho, “valen lo mismo para un roto que para un descosido”, o sea para nada. Es lo que tienen los conceptos multiexplicativos, que acaban por no explicar nada. Y es que, vamos a ver, ¿qué tiene en común abusar de sustancias psicoactivas con esa supuesta dependencia a internet?, ¿en qué se relacionan la vigorexia con, por ejemplo, las compras compulsivas?, ¿qué comparten el juego patológico con la erotomanía? Crear una categoría supuestamente superior que las englobe, “conductas adictivas”, apenas aclara nada, aunque puede que resulte tranquilizador.

Un poco de sensatez

¿Se abusa de internet? ¿Más o menos que de la antes llamada “caja tonta”? ¿Existe adicción al smartphone? Lo que sí sabemos es que son conductas relativamente nuevas, sujetas a un cambio vertiginoso, al que vamos adaptándonos cada cual en la medida de sus posibilidades y que, de paso, se prestan también, como cualquier otra conducta humana, al exceso. Hay que hablar de la perdida de intimidad, de la escasa distancia entre la mitificada multitarea y la simple distracción o, en otro plano, del modo en que los señores del aire  de los que escribió Javier Echeverría en 1999 están condicionando una determinada dirección en el desarrollo global.

Merece la pena educar a las nuevas generaciones en el uso inteligente de estos dispositivos y plataformas, sin que para ello sea necesario afirmar la existencia de adicción al universo digital. Vamos metabolizando novedades hasta que, por edad, competencia o aburrimiento, nos rendimos y declaramos un melancólico “¡hasta aquí!” Que la gente más joven continúe incorporando novedades es por completo lógico. Pero solo desde una visión obsoleta de la realidad se puede considerar como indicador de riesgo, por ejemplo, el incremento en el tiempo de conexión. Claro que aumenta. Y más que lo va a hacer. Para jóvenes y mayores. Porque internet no es una actividad que se practica, sino una nueva dimensión en la que (también) se vive.

Evitemos convertirlo en un problema, con excesos pretendidamente científicos. Convirtámoslos, más bien, en una ocasión más de aprendizaje. Como dice el informe “Adolescents, tambè a la xarxa”, elaborado por Jordi Bernabeu e Isidre Plaza, del Ayuntamiento de Granollers,  “L’enfocament que proposem és clar: per evitar usos problemàtics, prioritzem aquells que ajudin a desenvolupar-ne de positius.”