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20 razones para adoptar un modelo participativo en el diseño de planes sobre drogas

La foto la hice el 21 de mayo de 2018 en Sevilla

A la hora de diseñar un plan sobre drogas (municipal, autonómico…), abrir vías de participación resulta más que conveniente. Y lo es, además, tanto desde el punto de vista de la calidad del proceso como de la idoneidad de los resultados. Veamos algunos criterios a considerar en ambos sentidos: la participación como metodología y como criterio organizador del propio plan.

Participación en el proceso de elaboración del plan

Algunos criterios que hacen deseable impulsar procesos participativos en la propia elaboración del plan:

  1. Facilita el diálogo entre  perspectivas diferentes;
  2. permite el acercamiento de visiones y su posible integración;
  3. identifica acuerdos clave para el trabajo posterior;
  4. permite definir una mirada “trans” que capte la diversidad (transdisciplinar, transectorial, transdepartamental…);
  5. ayuda a crear una visión compartida que haga viable una colaboración efectiva en los distintos momentos del proceso;
  6. sienta las bases de un futuro trabajo en red entre instituciones públicas y organizaciones sociales;
  7. abre vías para que las personas y los colectivos interesados puedan implicarse en el diseño mismo del plan;
  8. refuerza un sentimiento de pertenencia en torno al plan;
  9. evita considerar el plan como un mapa cerrado, para verlo como una cartografía abierta a sus coprotagonistas;
  10. favorece la emergencia de la inteligencia colectiva, complemento necesario del saber experto.

Perspectiva comunitaria en el plan

Algunas consideraciones que hacen conveniente incorporar una visión comunitaria en el propio plan:

  1. Ayuda a considerar los determinantes sociales del abuso de drogas;
  2. permite identificar y movilizar los “activos” disponibles en la comunidad;
  3. facilita la dinamización de iniciativas en todos los espacios socializadores de un determinado territorio;
  4. favorece el desarrollo coordinado y coherente de actuaciones en los diversos ámbitos de la vida social (escuela, familia, ocio, empresa, deporte…), evitando carencias, redundancias, incoherencias y discontinuidades;
  5. promueve acciones de proximidad, allí donde los riesgos se presentan y adquieren sentido;
  6. fortalece el empoderamiento de personas y colectivos para la búsqueda colaborativa de respuestas;
  7. hace posible el trabajo en red entre equipos de diversa procedencia disciplinar y administrativa (educación formal, promoción de la salud, acción social, educación en medio abierto, dinamización juvenil, ocio y tiempo libre, etc.);
  8. hace viable una organización participativa de la gestión del propio plan;
  9. facilita la comunicación multidireccional de programas, aprovechando el potencial de las diversas instituciones y organizaciones implicadas;
  10. facilita una evaluación participativa de los programas en que se materialice el plan y de este en su globalidad.

Nadie dijo que fuera fácil. Es más cómodo definir el plan desde la tranquilidad del despacho. Y puede que en  determinados contextos no quede más remedio. Pero merece la pena intentar el enriquecimiento colectivo que la participación favorece.

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