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El trabajo dignifica… o no

La foto la hice en Sestao el 4 de junio de 2018

La imagen de la empresa convertida en lugar de realización personal para sus asalariados es, pues, una creación esencialmente ideológica.

André Gorz | Metamorfosis del trabajo

Que el trabajo no es lo que prometía es evidencia sobre la que no hace falta explayarse. Tampoco es que antes, pongamos hace dos o tres décadas, fuera precisamente el paraíso, no nos vayamos a engañar. Pero los teóricos del management fueron dotando al mundo empresarial de una “filosofía” (con perdón por el exceso) por la cual la empresa era un proyecto colectivo, formado por personas y equipos que remaban en la misma dirección. Decretada la abolición de la lucha de clases, ya todo se movía en el terreno más ligero de la gestión, y ahí es donde el “capitalismo emocional” del que escribe Eva Illouz fue insidiosamente impregnando la cultura del trabajo.

Todo era mirar a Google y sus futbolines, a Facebook y su apariencia de colegueo, pensar que ir a trabajar con pantalón corto y cholas cambiaba algo… Y admirar a tanta startup, quintaesencia del emprendedurismo, que en realidad solo aspiraban a ser compradas por alguno de los grandes del hipercapitalismo digital de los que habla Morozov. Pero la realidad, terca como es, permanecía agazapada en la mayor parte de las empresas normales. Y bastó con que llegara la crisis para que la máscara cayera al suelo y volviera el lenguaje empresarial de toda la vida: eres, despidos, recortes, congelación salarial, falsos autónomos…

El trabajo ya no es lo que era… en los cuentos banales del management, llenos de hijueputas ratones que se llevaban tu queso como descuidaras un poco tu compromiso, de coaching de pacotilla y de mucha reinvención (“¡venga, que tú puedes!” -y de paso compra mi libro y mi curso y mi conferencia y…-) y emprendizaje y “habilidades blandas” y toda la retórica al uso. El futuro, tan esquivo ahora como antes, se llena, para colmo, de robots hipereficientes que amenazan con dejar en la cuneta a millones de profesionales de los más diversos sectores (no solo industriales, también de la burocracia, la administración, etc.; pero bueno, ya se instaurará algún tipo de renta básica para intentar prevenir disidencias). Y, claro, entre el maltrato de los peores años de la crisis, la precarización cronificada de buena parte de las condiciones laborales (el precariado del que habla Standing), la amenaza más o menos cercana de la automatización, etc., los arquetipos angelicales de la era pre-crisis se hacen insostenibles.

Por eso cada vez suenan más lejanas apelaciones al “elemento” (Robinson) o al “knowmadismo” (Moravec) o la figura tan mitificada del emprendedor. Eufemismos, retórica, grandilocuencia. Y cada vez se ve con más claridad que lo que una buena parte del empresariado desea es tener la menor plantilla posible; si puede, sustituirla por el mayor número posible de falsos autónomos; y las condiciones laborales más restrictivas posible. Y con un futuro sobre el que poca gente se atreve a ser demasiado optimista. De ahí que, a partir de cierta edad, quien más quien menos solo piense en llegar a la jubilación con el menor daño posible.

Y en esas estamos. Sospecho que con la incertidumbre aumentan el estrés y otros riesgos psicosociales en el mundo laboral, a la par que lo hacen la precarización y la inestabilidad y entramos en lo que, parafraseando a Innerarity, podríamos llamar “modernidad gaseosa”, que casi hace buena la liquidez de Bauman. Que en estas condiciones disminuya el compromiso de las personas con las empresas, especialmente entre la gente más joven (los “nuevos nómadas” -que no knowmads– de los que habla Joaquín Estefanía), o el apego a los cantos de sirena de la realización laboral, parece más que comprensible.

El sujeto del rendimiento, que se pretende libre, es en realidad un esclavo. Es un esclavo absoluto, en la medida en que sin amo alguno se explota a sí mismo de forma voluntaria.

Byung-Chul Han | Psicopolítica

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