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La inteligencia emocional, una ‘commodity’

Imagen de Lekunberri que acompaña al post inteligencia emocional, una commodity
La foto la tomé en Lekunberri (Navarra).

Quién le iba decir a Daniel Goleman que su libro La inteligencia emocional, publicado por primera vez en 1996, iba a convertirse en un best seller. No es un texto académico, pero tampoco es precisamente divulgativo. No es un librito menor que pueda despacharse en un par de tardes. No es exactamente novedoso, pero contiene una recopilación de estudios previos nada desdeñable. Tampoco es Goleman el único que habla de este nueva dimensión de la inteligencia (ahí está Howard Gardner, con su teoría de las inteligencias múltiples, por citar solo a otro psicólogo que, si bien no habla exactamente de lo mismo, mantiene con Goleman no pocos puntos en común). Pero Goleman pasará a la historia de la psicología como su gran divulgador.

 

¿Cómo se explica el éxito de este concepto que se ha acabado convirtiendo en perejil de todas las salsas? No tengo la respuesta. Además se que no hay solo una explicación. Pero sí tengo una teoría. Y tiene que ver (metafóricamente) con lo que, Carl Jung, un clásico del psicoanálisis (hoy, apenas recordado), llamaba el inconsciente colectivo. Explicado “a la pata la llana” sería algo así. De manera no del todo consciente, millones de personas se sentían (y se sienten) atrapadas en las exigencias calvinistas de la razón instrumental. Sobre todo en Occidente, con nuestro cartesiano divorcio entre cuerpo y alma, razón y sentimiento, cerebro y corazón. Llevamos siglos adorando a la diosa Razón (probablemente un dios, visto lo visto), aunque su obsesión productivista nos abocara en no pocas ocasiones al malestar y la neurosis. Es como si, de manera más o menos velada, intuyéramos que tenía que haber algo más, que todo no podía agotarse en el predominio (¿patriarcal?) del hemisferio izquierdo.

Y, mira por dónde, lo que viene a mostrar Goleman con su trabajo es que, en efecto, hay algo más (otro hemisferio, el derecho, en gran medida ninguneado). Pero es que, además, por lo que las neurociencias van descubriendo de ese órgano aún tan desconocido que es el cerebro humano (con las aportaciones de Antonio Damasio y otros), ese Otro de la inteligencia humana, el mundo de las emociones, puede ser conditio sine qua non para que la inteligencia tradicional (la lógico-matemática) funcione comme il faut. De ahí la abundancia de libros, seminarios, programas educativos, gimnasios emocionales, etc., que tratan de ayudar a la gente a entrar en contacto con su mundo emocional, y a darle en sus vidas el papel que le corresponde. El inconsciente colectivo se preguntaba, desconcertado, “¿no hay nada más?” Y las neurociencias han venido a decir que la incógnita que faltaba, el universo emocional, era esencial para resolver la ecuación de la existencia humana. El “pienso luego existo” se transforma así en “siento, luego pienso, luego existo”, logrando de este modo una visión integral de la inteligencia humana.

Hoy todavía hablamos de ella de ese modo misterioso que provoca lo excepcional, pero la inteligencia emocional acabará siendo una mera commodity cuya presencia se da por hecha. Y cuya prioridad como propósito educativo difícilmente podrá cuestionarse.