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Educación para la salud y pedagogía social frente al reproche y la incompetencia

La foto la hice en Sunbilla el 19 de septiembre de 2020

Ante fenómenos complejos nos recetan el bálsamo de Fierabrás: la responsabilidad individual desconectada de su condición de posibilidad, es decir, la sociedad, abandonada a su propia suerte, individuos sin lazos sociales, individuos unidos exclusivamente por ¿su responsabilidad individual?

Juan José Ruiz Blázquez | Todos responsables, ningún responsable

Atravesamos una situación inédita para la inmensa mayoría que nadie, en ningún lugar del mundo sabe cómo demonios va a terminar (si lo hace). Cunde el desconcierto y quien más quien menos contempla su situación con cierto desasosiego. Unos por el riesgo de encontrarse de pronto sin empleo o en un incierto ERTE; otras por la necesidad de solicitar un improbable IMV; los de aquí por el futuro poco halagüeño que se dibuja para su descendencia; las de más allá por la cruel situación de sus padres mayores en la residencia (donde la escabechina ha sido, y sigue siendo, de aúpa, aunque todo el mundo se llama andana); aquellos otros porque ven el seguimiento de sus enfermedades crónicas postergado sine die; todos, todas, en definitiva, porque de pronto el riesgo de contagio está a la vuelta de la esquina y el mundo se convierte en un lugar más inhóspito.

Una situación desconcertante, imprevisible, inquietante, en la que sabes que hay que estar por la labor, cumpliendo las cuatro normas básicas; que la pandemia de covid-19 es una amenaza global (otra más) que solo globalmente puede afrontarse, y que en ese proceso es imprescindible que cada cual asuma la responsabilidad que le corresponde, que en la mayoría de los casos no exige mucho más que actuar con un poco de cabeza.

Y ante una situación así, de considerable estrés social que vaya usted a saber cuándo y cómo acaba, algunos (y algunas) responsables políticos, del norte y del sur, del este y del oeste, se afanan en el sermón, en el reproche, en la descalificación… Como si creyeran que a la gente lo que hay que hacer es leerle la cartilla y soltarle enormidades sin tino. Y es que, ciertamente, hay gente que se empeña en hacer las cosas mal, pero también hay responsables políticos que, elegidos para situaciones más bonancibles, se encuentran de pronto ante una pandemia y, en lugar de dimitir y dejar que pase otra persona más preparada para gobernar en tiempos de desolación, que diría el clásico, se empecinan en seguir en un puesto que, a todas luces, no es de su talla.

Como ciudadanas, como ciudadanos, tenemos que tomarnos las cosas en serio, porque la situación lo requiere. Pero necesitamos también responsables políticos que sepan de lo que hablan, que dejen de hacer de su capa un sayo, que entiendan lo complejo que resulta comunicar de modo efectivo, que inviertan en campañas de sensibilización en vez de culpabilizar al ciudadano sin ton ni son, que sean capaces de largarse cuando su competencia no da más de sí, …

Hacen falta campañas de sensibilización social que refuercen las conductas adecuadas en vez de limitarse a anatematizar las inadecuadas, que eso a la vista está que sirve de bien poco. Y necesitamos actuaciones solventes de educación para la salud que ayuden a la gente (joven y mayor) a asumir su responsabilidad.  Sabemos lo que cada persona tiene que hacer y lo que no. Sabemos que es posible motivar al reacio (no al negacionista, que este es una causa perdida) invirtiendo en campañas pedagógicas adecuadas. Y sabemos qué tienen que hacer las instituciones, como acaba de recordar un estudio comparativo publicado en The Lancet. ¿Nos ponemos? ¿O seguimos echando balones fuera?

Todos los países que han combatido con eficacia la COVID-19 tienen altos niveles de confianza social en sus instituciones.

¿Ya es mañana? Cómo la pandemia cambiará el mundo | Ivan Krastev