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Pseudoterapias y arrogancia médica

La foto la hice en el Hospital de Basurto el 12 de diciembre de 2018

La modernidad -cualquiera de ellas o todas- es un permanente cuestionamiento de verdades y valores (incluso de los producidos como propios).

Patxi Lanceros | El robo del futuro. Fronteras, miedos, crisis

La salud, terreno abonado para la superchería

Recientemente, los Ministerios de Sanidad y de Ciencia españoles han asumido una política beligerante con las llamadas «pseudociencias» que, cuando tienes una cultura  razonablemente científica, no puedes dejar de saludar. El ámbito de la salud, tanto física como psicológica, ha sido siempre terreno fértil para mercachifles de todo tipo, que han encontrado en el malestar humano, y en la desesperanza, negocios rentables.

Que las religiones tienen parte de su razón de ser en este temor atávico («humano, demasiado humano», que diría el filósofo) al sufrimiento y la muerte, parece más que obvio. Su inconveniente principal es que lo fían todo a otra vida, situada en un improbable más allá de este «valle de lágrimas». En una visión más moderna, los mercaderes de la salud han acercado sus promesas a la vida terrenal. Ya no hace falta creer en una incierta trascendencia. Basta con ingerir determinados brebajes o aplicarse con decisión ciertos ungüentos para superar dolencias que la medicina científica da por intratables.

Otro tanto cabe decir del ámbito tradicionalmente más etéreo de la psicoterapia. Al igual que ocurre con la medicina, el saber limitado de cada momento histórico ha ido dando pie a la creación de diferentes herramientas conceptuales y técnicas que intentaban comprender el malestar personal e intervenir para su superación. Algunas de estas fórmulas han ido quedando orilladas en la (pre)historia de la psicología, pero otras se han mantenido invulnerables a la evidencia y siguen ocupando un lugar en estos tiempos de psicopatologización creciente de la vida cotidiana. Escuelas de lo más diversas descalificándose acaloradamente mientras reivindican para sí la máxima legitimidad.

Frente a tanto milagrero, medicina (o psicología) científica es la basada en la evidencia, que descarta supercherías y visiones obsoletas para centrarse en explicaciones y procedimientos terapéuticos contrastados. Lógico, ¿no?

Sin embargo…

Subsisten prácticas que, desatendiendo los determinantes sociales del enfermar y descuidando la dimensión emocional inherente al sufrimiento físico, parecen confundir efectividad farmacológica con curación. Por ejemplo, en determinadas visiones de la psiquiatría (pretendidamente científica). Obviamente, ya no se trepanan cerebros, y el recurso a la contención física o al electrochoque ha dejado de estar vigente (no tanto por su crueldad como por el advenimiento de la farmacopea. Lo cual no quiere decir necesariamente que estemos en el terreno de la ciencia. Como dice Eva Illouz en Intimidades congeladas, «El DSM contribuyó así, deliberadamente o no, a ordenar y clasificar nuevos territorios mentales y de consumo, lo que, a su vez, contribuyó a expandir el mercado de las empresas farmacéuticas». Extensión de los trastornos mentales paralela a la irrupción de nuevos fármacos, señalada también por el psiquiatra Allen Frances cuando dice que «la ampliación de síndromes y patologías en el DSM V va a convertir la actual inflación diagnóstica en hiperinflación». ¿Es esto ciencia?

Si hablamos de la medicina orgánica, la situación, en ocasiones, también deja bastante que desear. Hablo de la medicina como praxis que, a fin de cuentas, es lo que importa a la gente. Veamos una caricatura (¿o no tanto?). Vas a tu centro de salud con una dolencia respiratoria que en atención primaria zanjan de forma rutinaria en los 5 minutos asignados. Algún fármaco junto con alguna pauta vagamente preventiva. Pero los síntomas se resisten a ceder. Cambio de medicación, pero todo sigue igual. Momento en el que entran en acción las especialidades: ¡a otorrinolaringología! Y allí te encuentras con profesionales que saben mucho, pero mucho, de una sección específica del cuerpo humano, al parecer desconectada del resto y del contexto en el que habitas. Un saber tan especializado como fragmentario desde el que observan e interpretan sus síntomas. ¿Medicina holística? Eso escapa al «sistema». Total, que tienes delante a una persona con un gran saber y un recurso considerable a tecnologías diagnósticas sofisticadas, pero que te observa con la mirada en túnel de su negociado. ¿Suficiente? En casos simples, puede que sí. En otros, igual el asunto es más complicado y tu mal se acaba cronificando. ¿Iatrogenia?

Otro ejemplo, based on real facts: un buen día, notas un escozor al orinar. El saber popular te lleva a pensar de inmediato en una probable cistitis. Tu médica de cabecera así lo cree también, y te ofrece el tratamiento y las recomendaciones de rigor. Pero ese escozor, ¡ay!, no remite. Total, que pasados varios meses de intentos infructuosos de curación y de diversas pruebas diagnósticas, ¡bingo!, tienes un tumor en la vejiga. ¿Cómo ha podido pasar?, te preguntas en tu fuero interno tras varios meses en manos de la medicina. No se, pero no parece una actuación muy científica.

Y todo esto sin hablar de habilidades de comunicación, empatía, ética del cuidado, determinantes sociales de la salud, reacciones emocionales al malestar, y, en general, de la resistencia crónica a incorporar profesionales de la psicología clínica (y otras disciplinas sociales) a la atención primaria. Una concepción de la enfermedad y la curación demasiado restrictiva para arrogarse el estatuto de ciencia.

Ciencia y autocrítica, valga la redundancia

En definitiva, que me parece genial que se trabaje para acabar con las pseudociencias. Un empeño que sería aún más creíble si la medicina científica fuera algo más humilde, ejerciera una mayor autocrítica con su praxis real y, en especial, con esos intereses espúrios que, volviendo al ámbito de la psiquiatría, hacen de España uno de los países europeos que con mayor generosidad prescribe psicofármacos, por ejemplo. A veces (¿muchas?) para actuar ante situaciones que, como comenté en Paradojas de los discursos oficiales sobre las drogas, son más resultado de un malestar social que de algún supuesto síndrome estandarizado en los manuales al uso, por lo que se podrían beneficiar más de prescripciones sociales que del recurso burocrático a la farmacopea. ¿Control social?

De la relación entre sanidad y moralismo podríamos hablar también, pero nos llevaría demasiado lejos y esta entrada ya hace rato que ha superado unas dimensiones razonables.

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