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Empresas sin alma

La foto la hice en Castro Urdiales el 11 de mayo de 2019

En este blog he escrito en varias ocasiones sobre mobbing, exponente máximo de la deshumanización de la vida laboral. Lo he hecho en entradas como Mobbing por activa y por pasiva, Mobbing y bullying, ¿variaciones sobre un mismo tema?, Víctimas del mobbing, del desconcierto a la denuncia, la serie El mobbing y su ecosistema relacional, 10 marcas contextuales del mobbing y El acosador laboral, un trol en la oficina. También he escrito sobre otras patologías que pueden presentarse en el mundo de la empresa, en entradas como Padecer en el trabajo o Síndrome de burnout y mala praxis empresarial. En Adicciones tecnológicas y distopía escribí sobre las dinámicas corporativas nacidas (o fortalecidas) al abrigo de los nuevos tiempos (el «tecnoliberalismo» del que habla Éric Sadin o el «capitalismo de plataformas» de Nick Srnicek, del que también hablé en El trabajo dignifica… o no). Y también he escrito sobre algunos estilos de gestión que favorecen o entorpecen estos procesos, y sobre el hecho de que pueden darse en empresas de cualquier naturaleza, en Relaciones laborales y estilo de gestión en el tercer sector.

En esta entrada voy a hacer un resumen de lo que me parece más relevante de estas empresas desalmadas, sean corporaciones clásicas o tecnoempresas, empresas mercantiles convencionales, cooperativas o (pseudo) oenegés. Ahí va, a modo de decálogo:

  1. la empresa sin alma está construida a imagen y semejanza de un CEO arrogante, narcisista y falto de escrúpulos;
  2. la empresa sin alma es el escenario óptimo para el mobbing, dada la propensión del CEO al despotismo (no precisamente ilustrado), que se transmite acríticamente por toda la cadena de mando;
  3. la empresa sin alma no tiene otro afán que el ánimo de lucro, al que todo lo demás se subordina, incluidos los buenos modales;
  4. la empresa sin alma atrae a burócratas sin el menor atisbo de creatividad, que hacen del seguidismo del Gran Jefe el sentido de sus vidas laborales;
  5. la empresa sin alma alimenta la mediocridad y la envidia; a menudo medran en ellas profesionales de la burocracia que reaccionan con desdén ante personas hechas de otra pasta;
  6. la empresa sin alma despide sin rubor a quien le sobra, sin plantear alternativas que no pasen por adelgazar la factura de personal, reconvertido en mero gasto;
  7. la empresa sin alma borra de su memoria a las personas despedidas, sobre las que deja caer una capa de amnesia que, para quien observa con un mínimo de espíritu crítico, resulta perturbadora;
  8. la empresa sin alma no acepta el más leve asomo de crítica, vivida como un acto de deslealtad a la unanimidad falsa en la que navega;
  9. la empresa sin alma confunde comunicación interna con cuchicheos en la máquina de café o en la fotocopiadora, en los que los mamporreros del CEO secretean sus miserias;
  10. la empresa sin alma no tiene reparos en disponer de una contabilidad B, a cuyo mantenimiento dedica buena parte de los esfuerzos de sus correveidiles.

Seguro que hay más rasgos que caracterizan este modelo de empresa, pero con estos diez es más que suficiente para reconocer su estilo.

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