Botellón, poteo y socialización

Botellón. Ilustración.
La foto está tomada de la galería de Violeta Z. (Mordeduras letales) en Flickr.

Luis queda con su cuadrilla el sábado. Ponen dinero, piden bebidas y pasan unas horas animadas charlando, recordando historias, haciendo risas … Pasándolo bien, en definitiva. Luis tiene 45 años, vive en Bilbao y con su cuadrilla practica todas las semanas uno de los rituales lúdicos más visibles y ruidosos de la ciudad: el poteo.

Mikel queda con su cuadrilla el sábado. Ponen dinero, piden bebidas y pasan unas horas animadas charlando, recordando historias, haciendo risas … Pasándolo bien, en definitiva. Mikel tiene 21 años, vive en Bilbao y con su cuadrilla practica todas las semanas uno de los rituales lúdicos más visibles y ruidosos de la ciudad: el botellón.

En nuestra sociedad, el consumo de alcohol por personas adultas y jóvenes es considerable. A fin de cuentas se trata de uno de los lubricantes sociales más a mano. Es difícil concebir cualquier celebración sin dosis generosas de bebidas alcohólicas. En cierta medida, adolescentes y jóvenes reproducen modelos de otras generaciones, adaptados a su estilo y poder adquisitivo. ¿Es una conducta necesariamente negativa? Depende de la edad,  de la dosis, de la frecuencia, de la ingesta simultánea de alimentos, del consumo paralelo de otras sustancias psicoactivas, de lo que se haga después de beber…

Salvo casos excepcionales que requerirían un abordaje más personalizado, en la línea de la prevención selectivael botellón se inscribe en una lógica grupal, socializadora que conviene reconocer. No se trata de jóvenes que se juntan para beber. Se trata de jóvenes que salen a encontrarse, a compartir la amistad, a disfrutar. Y, además, beben. Pueden darse excesos, que hay que valorar para promover acciones preventivas que hagan menos probables las conductas de riesgo. Pueden darse conflictos con el vecindario, a tratar con especial cuidado, tomándolos como una ocasión para aprender empatía y respeto hacia las necesidades y derechos de otras personas.

Hay que prestar especial atención (que no exclusiva) a los consumos adolescentes, porque se trata de una edad en la que el alcohol (y las demás sustancias psicotrópicas) puede tener un impacto especial. Y, sobre todo, porque un consumo excesivo podría estar revelando otras dificultades, susceptibles de beneficiarse de una intervención socioeducativa. Pero, confrontados con los consumos adolescentes de alcohol, debemos pensar más en el lugar simbólico que ocupa esta conducta en su proceso de socialización que en el carácter espectacular de ciertos consumos. Tratar de comprender su sentido, frente a la tentación de anatematizar.

Mejor abandonar miradas moralistas y estigmatizadoras, tan habituales en el campo de las drogas, y adoptar una perspectiva centrada en la salud pública y los procesos de socialización. Y, ya de paso, tener en cuenta que las dinámicas grupales en las que se concreta el botellón también pueden facilitar la gestión del propio consumo y la reducción de efectos indeseados a través de la educación informal entre iguales.

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