Cuando la muerte tiene el color de la pobreza

Imagen post inmigración
La foto pertenece a la galería de John Perivolaris en Flickr.

14 personas murieron la semana pasada ahogadas mientras intentaban superar el último escollo hacia sus sueños: la valla de Ceuta. 14 vidas truncadas cuando ya el (supuesto) paraíso europeo podía tocarse con los dedos de las manos. A pesar de las apelaciones a la globalización (de capitales, de mercancías…), cuando se trata de movimientos de personas que buscan una existencia mejor seguimos viviendo en un mundo cerrado. España, asumiendo el papel ingrato de cancerbero de la Unión Europea, cierra a cal y canto sus fronteras a ese “Otro” desconocido,  pobre y a menudo de otro color, que llama desesperado a nuestras puertas pidiendo una nueva oportunidad.

Personas que no son “ellos”, extraños, forasteros que merodean en torno a nuestras vidas con aviesas intenciones. Son seres humanos que intentan dejar atrás sus infortunadas vidas llamando a las puertas de los países desarrollados. Entendemos mejor este proceso cuando es un país culturalmente cercano (?), como Suiza, quien levanta murallas ante el resto de la ciudadanía europea como acaba de ocurrir este domingo. Eso nos indigna porque… a ver, somos iguales, europeos “de pura cepa”, y no hay derecho a esa discriminación… Es la cruel paradoja de una España que, a la vez que ve cómo una parte de sus habitantes emigra buscando reinventarse en otro país ante la sequía de oportunidades que por aquí padecemos, repele la llegada de quienes se encuentran aún en peores condiciones.

La fortaleza europea cava fosos cada vez más profundos y levanta muros de sangre que, a pesar de todo, la desesperación consigue a menudo superar. Y lo hace, entre otros motivos, por miedo. Como dice Bauman en Vidas desperdiciadas: la modernidad y sus parias,  “los inmigrantes encarnan –de manera visible, tangible, corporal- el inarticulado, aunque hiriente y doloroso, presentimiento de la propia desechabilidad”. Molestan porque recuerdan que cualquiera podría acabar en su situación.

Como escribí para el número monográfico del Día Mundial del Refugiado de Global Education Magazine, necesitamos educar la empatía para construir una humanidad solidaria (si prefieres, puedes escuchar el podcast en SoundCloud). La empatía (en palabras de Rifkin) como un valor universal, global, que lleva a sentir un vínculo solidario con el resto de la humanidad.

Esperemos que la denuncia presentada por varias ONG exigiendo que se aclare lo ocurrido, y el  informe presentado por Human Rights Watch sobre el trato que reciben los emigrantes subsaharianos en las fronteras de nuestro país, surtan algún efecto.

Parece mentira que la clásica canción de Víctor Jara (“A desalambrar”) siga teniendo tan triste vigencia.

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