El acosador laboral, un trol en la oficina

Lápida de la tumba de Maquiavelo.
La foto pertenece a la galería de Sarmale / OAyuso en Flickr.

“Para desalentar esta violencia, hay que mostrarla a plena luz, hay que desenmascararla.” René Girard. Veo a Satán caer como el relámpago

Hace años leí el libro de Iñaki Piñuel, “Mi jefe es un psicópata” (un extracto aquí). Con él empecé a interesarme por las dinámicas laborales perversas que favorecen el mobbing. Seguí con “Neomanagement. Jefes tóxicos y sus víctimas” y leí con mucho interés a Marie-France Hirigoyen, especialista en acoso moral. Sirvan estas notas para compartir algunas ideas generales sobre cómo afrontar este tipo de situaciones. En síntesis: ni miedo ni venganza, firmeza y Justicia (a la institución me refiero).

¿Pero qué es esto del mobbing?

Mobbing es esa dinámica por la cual una persona (o varias actuando en comandita) intenta sistemáticamente convertir a otra en víctima moral, sometiéndola, de manera abierta o encubierta, a menosprecio y descalificación. Todo ello con el propósito de hacerla abandonar la empresa. La forma más habitual de mobbing es la que ejerce un jefe (sea cual sea su nivel de responsabilidad) sobre algún empleado. Pero no es la única. Además de este mobbing “vertical”, pueden darse formas “horizontales” en las que los propios compañeros  acosen a uno de sus iguales. O a uno de sus jefes.

Retrato incompleto del acosador

No es necesariamente un hombre, pero es más probable que lo sea. El macho alfa, que hace del territorio laboral un campo de batalla. Algunos de sus rasgos de identidad son estos:

  1. Personalidad psicopática: ausencia de empatía, arrebatos de ira descontrolada y analfabetismo emocional severo.
  2. Carácter paranoide: narcisismo, rigidez, desconfianza, prepotencia, megalomanía, revanchismo, etc.
  3. Ego desmedido: personalizan cualquier crítica, razón por la que nadie les lleva la contraria.
  4. Incompetencia social: tratan de compensarla imponiendo su poder en la empresa, el feudo en el que se sienten dominantes.
  5. Toxicidad emocional: generan a su alrededor una sensación intensa de malestar en cuanto irrumpen.
  6. Autoritarismo: su rigidez caracterial les lleva a exigir que todo se haga como ellos dicen (sus síntomas como medida de excelencia).
  7. Idiocia moral: actúan con crueldad, a pesar de lo cual exhiben una superioridad moral que les hace sentirse especiales.
  8. Perfeccionismo compulsivo: demoran sine die la finalización de cualquier iniciativa, nunca suficientemente buena.
  9. Adictos al trabajo: confunden su trastorno (vivir para el trabajo) con una virtud desde la que juzgan el compromiso ajeno.
  10. Maquiavelismo: dilapidan su tiempo en conspiraciones de las que cualquiera puede acabar siendo objeto.

¿Cómo se comporta el trol en libertad?

Estos rasgos de personalidad, y otros que no cito para no ser prolijo, le llevan a comportarse de un modo que vendría a ser así:

  1. Su estrategia clave es la desacreditación del otro. Difaman a sus víctimas para lograr que los demás les hagan el vacío, sin dudar para ello en mentir y manipular. La víctima poco avisada, ajena a los manejos del trol, no entiende la reacción de sus compañeros.
  2. Necesitan rodearse de una corte de lameculos y correveidiles, generalmente mediocres, que, actuando como palmeros, refuerzan una personalidad insegura que necesita del reconocimiento ajeno para afirmarse. Aduladores que les bailan el agua, convencidos  de que así se mantienen a salvo, miopes a la evidencia de que el afán depredador del trol es insaciable. Aspirando secretamente a sustituir a una víctima a la que, en su fuero interno, envidian.
  3. Critican a todo el mundo (a sus espaldas). Sus confidentes de hoy se sienten privilegiados, sin sospechar  que serán los criticados en la próxima reunión en la que estén ausentes.
  4. Auténticos campeones del pierdo/pierdes, son capaces de arruinar la empresa con tal de salirse con la suya en su intento de destruir a quien osa cuestionarles.
  5. A pesar de prodigarse en lecciones morales, su código de conducta está a la altura de sus intereses (como ilustra esta viñeta de El Roto).
  6. Confunden el temor que inspiran con aprecio, inconscientes del rechazo que generan.
  7. Manipuladores como son, siempre se las arreglan para que, si algo sale mal, el culpable sea otro.
  8. Promueven la complicidad de la manada en el acoso, con lo que la víctima puede verse, de pronto, rodeada de hienas, que, como mínimo, miran hacia otro lado.
  9. Otro tanto cabe decir de socios y, en general, beneficiarios de su empresa: prefieren esconder la cabeza para seguir manteniendo sus rendimientos. Aduciendo, en todo caso, un cómplice: “ya sabes cómo es…”
  10. Por el placer sádico de humillar a sus víctimas, pueden dejarlas sin trabajo, cambiarlas de sitio caprichosamente, cuestionar de manera arbitraria todas sus actuaciones, intentar que los demás no se relacionen con ellas…

Cómo actuar ante el profesional del mobbing

Coloquialmente hablando, con mucho cuidado, para no despertar la rabia que almacena. Los acosadores son personajes dañinos, destruyen las relaciones laborales y comprometen la sostenibilidad de cualquier proyecto empresarial decente. Su sitio es la calle, tras ser inhabilitados y denunciados ante el juez. Si no son apartados a tiempo, dedicarán su energía a amargar la vida de cuantos les rodean, dentro y fuera del trabajo.

Algunas recomendaciones básicas de actuación:

  • Registrar meticulosamente toda tentativa de acoso, para disponer de pruebas que sostengan la denuncia. Y para ello nada mejor que grabar toda experiencia de acoso (si es posible, en vídeo). Un dossier minucioso, con fechas, testigos, detalles concretos del acoso, etc.)
  • Afrontar cada situación de acoso con tranquilidad y entereza. Hay que afrontar asertivamente sus ataques. Sin perder las formas, sin caer en la provocación. Siempre desde la educación de la que el trol carece.
  • Interponer la correspondiente denuncia en el juzgado, con las máximas pruebas y, si puede ser, apoyos (compañeros, representantes sindicales, etc.)

El trol de oficina, un personaje tóxico que encarna cada día “la banalidad del mal“. Su impacto negativo sobre la salud emocional en forma de cuadros ansioso-depresivos, con su correlato de abuso de alcohol, tabaquismo, ingesta de psicofármacos, etc., deberían ser suficientes para que las instituciones se tomaran el asunto más en serio. Hay que actuar ante él con asertividad e inteligencia, y evitar tanto la tentación de emular al William Foster de Un día de furia, de Joel Schumacher, como al C.C. Baxter de El apartamento, de Billy Wilder, de la que dejo a continuación el trailer.

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