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Víctimas del mobbing: del desconcierto a la denuncia

La imagen está tomada de la galería de Daniel Lobo en Flickr.
La imagen está tomada de la galería de Daniel Lobo en Flickr.

Suelen darse cuatro componentes en toda situación de mobbing: el acosador, la víctima, el coro y la organización. Sobre el primero de ellos escribí hace ya meses El acosador laboral, un trol en la oficina. Sobre el coro de cómplices (podríamos llamarlo “La conjura de los necios”) publiqué la serie “El mobbing y su ecosistema relacional”, con una primera entrada describiendo el proceso, una segunda presentando a sus personajes y la tercera cerrando el casting de cómplices. Quedaban ahí descritas, con cierta ironía, las personas que se benefician (incluso económicamente) de una situación de acoso que presencian indiferentes, cuando no participan activamente en su creación y/o mantenimiento. Toca ahora escribir sobre la víctima, sus emociones, sus riesgos y sus posibilidades de actuación.

El mobbing, una experiencia desconcertante

Cuando en una organización existen potenciales acosadores (depredadores sociales, en la terminología de Iñaki Piñuel), tarde o temprano el riesgo que representan se hace real. Así es como un buen día, quizás años después de una ejecutoria limpia, incluso brillante, la víctima del mobbing empieza a notar reacciones anormales a su alrededor. La víctima empieza a ser objeto de la ira patológica del acosador. De repente, todo son críticas, descalificaciones, mentiras. Si no lo ha presenciado nunca antes, la víctima vivirá con perplejidad su proceso de victimización. Puede llegar a preguntarse qué es lo que ha hecho mal, en qué se ha equivocado, qué ha dicho para generar la situación que ahora padece… La respuesta es muy sencilla: lo único que ha hecho es tener la mala suerte de trabajar con un sociópata cuyo instinto depredador, por definición insaciable, puede atacar a cualquiera que ose cruzar su horizonte. De hecho, no es raro que el acosador sea una especie de serial killer empresarial.

Reacciones emocionales de la víctima

La persona victimizada comenzará a sentirse incómoda, insegura, incluso culpable… Primero viene la sorpresa por la actitud del acosador, cuya grosería, dependiendo del contexto cultural, puede ser más o menos lacerante. Cuando la situación empieza a cronificarse, la víctima se siente desconcertada, porque ve que ya no se trata de una situación puntual. Conscientemente o no, en algún momento ha actuado de algún modo que ha disparado el instinto depredador del sociópata. Rumiando sin cesar qué pudo haber hecho, acabará culpabilizándose: “igual si no hubiera hecho…”; “quién me mandaría a mi haber dicho…” Un error que, además de ser falso, genera en la víctima un sufrimiento añadido que, si nadie lo remedia, puede acabar conduciéndole a formas más o menos severas de depresión.

Como consecuencia de la manipulación del acosador, La Jauría que retraté en anteriores entradas empezará su danza perversa. De pronto, una persona retira el saludo a la víctima, otra boicotea ladinamente su trabajo negándole información relevante y alguna más le deja caer al acosador (generalmente, el jefe) algún error cometido supuestamente por la víctima. Todo falso, imaginario, irracional, perverso, patológico. Pura toxicidad. En detrimento de la víctima que, a estas alturas, ya no sabe cómo actuar. Ansiedad, depresión, dificultades de concentración, insomnio, pérdida de apetito, ira… son algunos de los riesgos de este proceso de patología organizacional. Que conduce, además, inevitablemente, a una merma de la productividad, con lo que el bucle se cierra.

Posibilidades de actuación

El mobbing es junto con el estrés y el síndrome de burnout uno de los riesgos psicosociales más desatendidos en el mundo laboral. Dependiendo de la gravedad de la situación y de su grado de enquistamiento, la víctima podrá actuar de múltiples maneras. Entre ellas, largarse de una empresa tóxica que permite tal tipo de dinámicas. A continuación presento una serie de pautas, a modo de decálogo, que pueden ser de utilidad:

  1. Tomárselo con calma: se trata del trabajo, no de la guerra, aunque en ocasiones lo parezca. Aunque en los momentos de tensión cueste verlo así, puede acabar siendo un proceso de aprendizaje. Aprender a relajarse no vendrá mal.
  2. Desculpabilizarse: tener claro que no tiene la culpa de nada. Simplemente, por motivos pueriles, más propios de un parvulario que de una empresa, se ha activado una coreografía perversa que ha situado a la víctima en su centro. Mañana será otra persona la elegida como chivo expiatorio de la patología organizacional.
  3. Hablar: con amistades, familiares, compañeros (que no formen parte del baile)… Si es necesario, con profesionales de la psicología que le ayuden a poner las cosas en su sitio, para no perder la perspectiva ni sumirse en un agujero negro.
  4. Divertirse: evitar quedarse en casa rumiando obsesivamente la situación. Salir con amigas y amigos, con la pareja, ir al cine, pasear, leer …No convertirse tampoco en un plasta que siempre habla de lo mismo. Solo es un episodio de una vida más amplia, aunque ahora pueda parecer interminable.
  5. No obsesionarse por comprender una conducta irracional: el mobbing es un comportamiento más propio de personalidades inmaduras que de relaciones adultas. Por ello hay que evitar buscar causas, porque se mueven en el terreno movedizo de la psicopatología.
  6. Evitar entrar en el juego del sociópata y su gang: el depredador es un profesional del acoso y dedica todo su tiempo a urdir sin tregua conspiraciones, así que mejor mantener las distancias tanto como sea posible. Salvo que la víctima esté decidida a dejar la empresa, en cuyo caso… todo cambia.
  7. Reclamar claridad: ante cada nuevo encargo, pedir máxima claridad, ya que la ambigüedad es un terreno en el que el depredador se mueve con comodidad, al ser especialmente fértil para los reproches. Las organizaciones enfermas, de las que hablaré en una entrada futura, hacen de la ambigüedad y la confusión sus señas de identidad. En ellas, nunca es fácil saber a qué atenerse.
  8. Recopilar con el máximo detalle toda la información posible sobre las situaciones de acoso: quién hizo qué, cuándo, en presencia de quién… Mejor grabar todas las situaciones posibles con los dispositivos electrónicos al uso. Serán pruebas valiosas si es necesario llegar ante la justicia.
  9. Hablar con representantes sindicales: no corren los mejores tiempos para los sindicatos, pero la protección de las personas es una de sus responsabilidades. Su asesoría puede ser muy útil a la hora de actuar con tiento y eficacia.
  10. Denunciar: la vida laboral consume buena parte del tiempo, pero la vida no se agota en ella. Y aunque las condiciones actuales sean tan complicadas, mejor romper el calvario que puede llevarse por delante la propia salud y acabar afectando a la vida privada. No sin antes presentar una denuncia bien argumentada ante la justicia.

Para acabar con este asunto del mobbing, escribiré más adelante sobre las organizaciones que lo favorecen y sus patologías. Si el tema te interesa, puedes leer más información en este sitio web especializado en mobbing.