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Consumos adolescentes de ansiolíticos y pastillas para dormir

La foto la hice en Castro Urdiales el 24 de marzo de 2019

Acaba de publicar el Plan Nacional sobre Drogas el informe correspondiente al último ESTUDES 2018-2019 /Encuesta sobre uso de drogas en enseñanzas secundarias en España 1994 -2018. De los muchos aspectos que podrían destacarse, voy a centrarme en uno que, con frecuencia, pasa desapercibido. Y no porque no esté a la vista, sino porque quienes trabajamos en el ámbito de las drogodependencias no sé si lo hemos acabamos de sentir como propio. Me refiero al consumo de pastillas tranquilizantes y somníferos por parte de adolescentes. ¿Qué nos dice al respecto el citado informe? Recordemos que estamos hablando de estudiantes de 14-18 años.

Veamos los principales indicadores del consumo de estas sustancias:

  • Edad media de inicio: lo primero que llama la atención es que la edad media de inicio en el consumo (con y sin receta) de esta familia de sustancias es, junto con el alcohol, la más baja de todas las drogas consideradas en el estudio: 14 años. En el caso del consumo sin receta: 14,3 años. La buena noticia es que en ambos casos estamos en las edades más altas desde que este consumo se comenzó a medir en 2006, con la excepción de 2012. Es decir, que el inicio es precoz, pero esas edad va aumentando.
  • Consumos: lo siguiente que llama la atención es que, tras el alcohol, el tabaco y el cannabis, es el grupo de sustancias más consumidas para todas las frecuencias consideradas:
    • alguna vez en la vida: 18,4 % de adolescentes las han tomado, ya sea con o sin receta, situándose este porcentaje entre los más altos de la serie de 24 años considerada, solo superado en 2012 (18,5 %);
    • en los últimos 12 meses: 12,5 % de adolescentes de 14-18 años, la cifra más alta desde que en 2006 comenzó a medirse este indicador;
    • en los últimos 30 días: 6,4 %, en una tendencia alcista desde que se comenzó a medir (2006), solo superada en 2012 con un 6,6 %;
    • a diario en los últimos 30 días: 3 %, en una línea claramente ascendente desde 2006.
  • Distribución por edad: como para las demás sustancias, las tasas de consumo aumentan con la edad. Así, si a los 14 años las han consumido en los 12 meses anteriores el 9 %, a los 18 años este porcentaje es del 17,2 %.
  • Distribución por sexo:
    • alguna vez en la vida: 21,5 % de las chicas y 15,1 % de los chicos;
    • en los últimos 12 meses: 15,1 % de las chicas y 9,8 % de los chicos;
    • en los últimos 30 días: 7,7 % de las chicas y 5,1 % de los chicos;
    • a diario en los últimos 30 días: 3,4 % de las chicos y 2,5 % de los chicos.
  • Percepción de riesgo: paradójicamente con respecto a lo que se suele afirmar, a pesar de la tendencia en general alcista de estos consumos la percepción de riesgo con respecto al consumo habitual de estas sustancias es elevada: 88,7 % (porcentaje, además, al alza con respecto a la encuesta anterior).

En definitiva, nos encontramos con tasas relevantes de consumo, de inicio precoz, marcadamente femenino, con una evolución temporal más bien creciente y con respecto a las cuales existe una percepción de riesgo elevada.

¿A qué se deben estos consumos? Como en cualquier otra conducta, serán muchos y diversos los factores que la explican. Hay cuatro que difícilmente pueden soslayarse:

  • la tendencia a psicopatologizar la vida cotidiana, convirtiendo en trastornos emocionales lo que quizás no sean, en muchos casos, más que acontecimientos vitales con los que es preciso aprender a bregar;
  • la facilidad con la que se prescriben estos fármacos, cada vez mayor al parecer, en parte por falta de otros recursos que, en caso de ser necesarios, ayudaran a chicas y chicos a desarrollar modos más efectivos de procesar sus malestares;
  • en relación con lo anterior, la labor de lobby de la industria farmacéutica, que obtiene pingües beneficios de estos consumos tan precoces;
  • la sobreprotección de la que, en no pocos casos, chicas y chicos son objeto, y la correspondiente dificultad para realizar aprendizajes que les capaciten para sobrellevar con mayor aplomo sus cuitas y, en su caso, afrontarlas con decisión.

Una pescadilla que se muerde la cola. En una época en la que los planes sobre drogas redirigen parte de sus actuaciones hacia internet y sus riesgos, tal y como escribía en Conductas adictivas: ¿un cajón de sastre?, ¿no sería más razonable dedicarse a educar a chicas y chicos en competencias socioemocionales que hagan menos probable el recurso a estas sustancias en su proceso de socialización? ¿No sería más útil habilitar recursos públicos que les entrenen en estrategias efectivas de afrontamiento del malestar en lugar del recurso fácil e imprevisible a la farmacopea?  ¿No sería conveniente controlar una oferta pública de hiponosedantes acaso desmedida?