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Contra el alarmismo, también en salud

La foto la hice en Castro Urdiales el 18 de marzo de 2016.

En la mentalidad saludable que se ha instalado en las personas acomodadas del mundo desde hace ya cuatro décadas, la salud es inseparable de la virtud.

Barbara Ehrenreich | Causas naturales. Cómo nos matamos para vivir más.

Vivimos tiempos extraños. Como dice el conocido chiste, todo lo que a tanta gente gusta engorda, es ilegal o es pecado, según los sacrosantos mandamientos de la moralidad rampante. A la ideología que subyace a este tipo de discursos me gusta llamarla totalitarismo salubrista cuando, con la coartada de la salud, sus  valedores interfieren en la vida de las personas con recomendaciones a las que, en ocasiones, a pesar de su apariencia de cientificidad, se les ve a la legua la costra moralista. Y si para parecer más convincentes necesitan retorcer la realidad y absolutizar evidencias (a menudo frágiles y provisionales), pues se recurre a la maquiavélica sentencia sobre el fin y los medios.

¿Acaso la salud no me parece importante? Mucho, aunque solo fuera porque el paso del tiempo me recuerda con cierta regularidad la máxima latina: sic transit gloria mundi que, aplicada al caso que nos ocupa, viene a significar: «te pongas como te pongas, tienes los días contados». Además, he vivido tiempo suficiente como para haber conocido de cerca el malestar, la enfermedad y la muerte (además de las limitaciones de la medicina, sus prejuicios y el riesgo de distorsión de su praxis por influencias ideológicas o comerciales). Todo esto me hace pensar que, en efecto, la salud es un valor importante, muy importante. Como lo son, en otra esfera, la diversión y el placer, y su potencial para contribuir al «completo bienestar» del que habla la OMS en su constitución cuando define la salud.

La salud como prioridad ante la que cualquier otra consideración sería secundaria, no me convence. Pasa mucho en el ámbito de las drogas, por ejemplo, que, interpretado desde una visión estrechamente sanitarista, deja fuera del campo de visión multitud de otros efectos a considerar. Efectos que, además de su potencial específico, pueden limitar el propio impacto sobre la salud, si la entendemos en su sentido más amplio.

Me molestan la desmesura y el alarmismo con la excusa de la salud. Yo no creo en eso. Creo en la inteligencia y la libertad para tomar decisiones equilibradas y respetuosas con el entorno (humano y natural). Y en la educación que permite desarrollar tales valores.  Por eso rechazo la impostura (alardear de un saber científico superior al real), la exageración (extremar las consecuencias negativas de una conducta para ver si así la gente se retrae), el tremendismo (ver de una conducta solo su «lado oscuro», renunciando interesadamente a una comprensión más cabal), la arrogancia (creerse siempre en posesión de la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad)  y otras formas de irracionalidad psudocientífica.

Promover la salud (ese equilibrio dinámico e inestable entre cuerpo, emociones y vida social) tiene mucho que ver con fomentar procesos educativos que ayuden a mejorar la capacidad personal y comunitaria para establecer una razonable armonía entre satisfacciones y cuidados; aprender a disfrutar de la vida (ese bien tan efímero, hagas lo que hagas) sin (des)cuidarse; conocerse para saber dónde están los propios límites y qué barreras conviene no franquear. Lo demás, intransigencia y soberbia, cuando tantos motivos tenemos humanas y humanos para la humildad, también en el campo de la salud.

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