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Educar en lo pequeño

La foto la hice en Bilbao el 1 de octubre de 2018.

He estado durante años vinculado a programas de educación en valores y competencias sociales. Programas de promoción de la salud, prevención del abuso de drogas, educación afectivo-sexual, acción contra el racismo y la xenofobia… Sobre algo de esto escribí, entre otras cosas, Habilidades para la vida: competencias para promover el desarrollo personal, Educar la empatía para construir una humanidad solidaria o Habilidades para la vida: una estrategia para promover la salud y el bienestar infantil y adolescente. Mi balance está lleno de claroscuros. Y entre las sombras, voy a centrarme en una que me parece bastante relevante: la grandilocuencia retórica. valga la redundancia.

Desmesura terminológica

En muchos programas se da cierta tendencia a la sobreactuación filosófica, al exceso conceptual. En ellos se habla de transformación social, de cambio de valores, de mejora de las condiciones de vida, de afrontamiento de determinantes sociales, de promoción de valores igualitarios, de fomento de la convivencia, de erradicación de esto y aquello… Contenidos que pueden quedar en mera literatura, me temo. Es bueno proponerse objetivos ambiciosos, pero pasarse puede llevar a que acabes viajando solo con tus pretensiones. Puede producirse una insalvable brecha entre los postulados filosóficos de los programas y su aplicación ante situaciones concretas.

Hablamos, por ejemplo, de promover la salud, entendida como «un completo estado de bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades», según recoge la OMS entre los principios de su constitución. Pero una declaración tan pomposa queda muy lejos de las preocupaciones de la gente real, necesita traducción, adaptación. Los programas más diversos repiten una y otra vez este tipo de mantras en los documentos que ponen a disposición de los colectivos a los que se dirigen (profesorado, familias, organizaciones comunitarias…) quienes, a lo peor, no acaban de ver la relación entre tan bondadosas apelaciones y la realidad cotidiana de las niñas y los niños con los que trabajan. Páginas perdidas en humo; palabrería.

Verosimilitud

Creo que conviene redefinir los programas desde una perspectiva micro que, sin restarles un ápice de hondura, supere su actual pretenciosidad. Necesitamos hablar de las realidades concretas que, pareciendo menores, están en la base de las conductas más graves. El racismo que comienza con los chistecitos de negros o las denominaciones pretendidamente jocosas de poblaciones latinas («guacamayos», que dice uno que yo me sé, entre mucho jojojó y jajajá). El machismo que enseña la patita en los mil y un sucesos cotidianos. Claro que hay que repudiar de manera enérgica la violencia de género y, sobre todo, exigir medidas eficaces, coordinación… Y para ello hay que actuar hoy, educativamente, ante el mantenimiento en el imaginario adolescente de sentencias como, por ejemplo: «si no hay celos no hay amor» y similares, que pueden ser el caldo de cultivo de conductas violentas.

Necesitamos una educación de lo pequeño que ayude a entender la realidad y a actuar sobre sus contradicciones inmediatas. Lo demás, me temo que seguirá siendo un vacuo e inefectivo brindis al sol. Discursos bellamente estructurados, sin apenas potencial práctico.

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