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Drogas y posverdad: cuando la realidad deja paso a la ficción

La imagen se titula "La niebla" y pertenece a la galería de juanjominor en Flickr.
La imagen se titula “La niebla” y pertenece a la galería de juanjominor en Flickr.

Aunque lleva algunos años usándose, es su declaracion por el Diccionario Oxford como palabra del año 2016 lo que ha puesto “en el candelabro” el término posverdad. Este diccionario lo define como “relativo a circunstancias en las que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que las llamadas a las emociones y las creencias personales”. No es sinónimo de mentira, sino que hace referencia al uso deliberado del lenguaje para sesgar un discurso de modo que provoque reacciones emocionales. Difícil no ver en esta definición una alusión directa al modo en el que a menudo se habla de las drogas. Discursos dirigidos con frecuencia a lo que, para simplificar, podemos llamar “cerebro emocional”, cortocircuitando su acceso al “cerebro racional” para así evitar cuestionamientos. ¿Para qué enredarse con datos, evidencias y matices pudiendo construir un discurso a base de palabrería desprovista de toda objetividad?

“Cuéntame un cuento…” (Celtas Cortos)

Veamos algunas apariciones recientes de este mecanismo en los medios de comunicación:

Unas veces es el lenguaje elegido para idear titulares sensacionalistas. Palabras con una carga de emocionalidad negativa utilizadas por los medios y también en ocasiones por profesionales del sector. Otras veces es el tratamiento de la “noticia”. El caso es que este discurso sesgado contribuye a mantener un estado de opinión saturado de emocionalidad y poco proclive a la reflexión serena.

“¡Que viene el lobo!” (Esopo)

Veamos ahora algunos de los rasgos del discurso aún dominante en este campo que encajarían en la categoría “posverdad”:

  • Todas las drogas son siempre y necesariamente dañinas.
  • La única actitud inteligente es abstenerse de todo consumo.
  • La muerte o la locura son riesgos siempre presentes.
  • Adolescentes y jóvenes cada vez consumen más.
  • Y si no, se hacen adictos a las pantallas que envuelven su vida.
  • El consumo empieza a edades cada vez más precoces.

¿Quiero decir que hay que evitar los aspectos negativos de la realidad? No. Quiero decir que hay que apelar a la madurez de las personas, dejando de tratarlas como menores de edad que solo reaccionarían ante sacudidas emocionales (que, por otra parte, duran cada vez menos para dejar sitio al siguiente capítulo del apocalipsis). Por eso estoy cada vez más convencido de que la prevención conlleva necesariamente una transformación cultural, un cambio que haga posible conocer la realidad, sin sustituir ese saber por temores imaginarios prêt-à-porter. Un cambio que requiere, entre otras actuaciones, propuestas educativas críticas, capaces de llamar “al pan, pan  y al vino, vino”. De lo contrario, el Señor Oscuro seguirá agazapado en las sombras de Mordor, esperando su ocasión para proferir de nuevo su grito preferido: “¡Os lo dije!”

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