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Cómo aprender habilidades psicosociales: del laboratorio a la vida real

La imagen está tomada de la galería de Philip en Flickr.
La imagen está tomada de la galería de Philip en Flickr.

En un post anterior presenté 12 habilidades psicosociales para promover la autogestión y la presencia social, que después fui abordando en sendas entradas, comenzando por el autogobierno y terminando por la integridad moral. Me gustaría cerrar este ciclo con una presentación del modo en el que estás habilidades pueden entrenarse. Porque, efectivamente, de entrenamiento tenemos que hablar ante aprendizajes tan íntimos, tan relacionados con la personalidad individual y la interacción social. Comencemos señalando algunos principios básicos, antes de centrarnos en las características que debe reunir este proceso de entrenamiento.

  • Cómo no educar habilidades psicosociales: En este campo, la pizarra y la tiza ceden su paso al diálogo educativo, a la palabra compartida, a la experiencia construida colectivamente…  Uno no puede ser “profesor” de estas competencias. No basta con tener un buen power point o un prezi psicodélico. Así pueden describirse académicamente estas habilidades, pero ni por asomo puede formarse en ellas con la pretensión de incorporarlas al estilo de vida personal. Descartamos, por lo tanto, toda pretensión unilateral (“yo se, tú no”) y todo abordaje meramente cognitivo (definiciones, conceptos, datos).
  • Entrenamiento en formato laboratorio: Un laboratorio no es la vida real, pero sin la presencia de ésta el aprendizaje de las habilidades psicosociales se resiente. Llenar el espacio formativo con la experiencia significativa de las personas que conforman el grupo, quien lo dinamiza incluido, es la condición de posibilidad de toda formación en este ámbito. Quizás en todos. Significativa porque la hayan vivido, porque la hayan vivido personas cercanas, porque les haya dado miedo vivirlas… Porque sean reales, en definitiva, aunque en el laboratorio se conviertan en piezas de ficción. Más allá de breves exposiciones de quien dinamiza el proceso para centrar su sentido y aclarar algunos conceptos clave (siempre en revisión), a partir de las experiencias personales de la vida de cada participante se tratará sobre todo de una construcción compartida y experiencial de aprendizajes.
  • Procesos colaborativos de aprendizaje: Nadie tiene la última palabra en un terreno tan “líquido” como el entrenamiento en habilidades picosociales. Por el contrario, todo el mundo tiene información, conocimientos, experiencias (exitosas y fallidas, deseadas e impuestas, de las que sentir orgullo y para olvidar). Interconectar todas esas dinámicas será la clave de un taller experiencial que pueda encender la chispa de un cambio personal. El grupo será, a estos efectos, un componente clave del proceso. El grupo como espejo, como espacio de representación, como soporte…
  • Convivir con el caos: Un laboratorio de formación en habilidades psicosociales está lleno de desorden, de caos. Pero es un desorden creativo. No es una mera improvisación, a ver qué sale usando tres o cuatro dinámicas para que la gente se divierta. Está organizado, pensado de antemano en líneas generales, si bien a partir de la evidencia de que sólo el marco general puede estructurarse como un espacio contenedor que permita la eclosión de vivencias, de intercambios, de procesos relacionales que, generalmente, se reservan para la intimidad, pero sin los cuales no hay aprendizaje posible en este ámbito. Puede ser incómodo, retador, desconcertante, por lo que la persona que dinamice propuestas de este tipo habrá tenido que aprender a vivirlas sin demasiada tensión.

Mi experiencia como formador

Par concretar un poco más, una presentación somera del modo en que trabajo estos contenidos.

  1. Planificación: un proceso formativo de este tipo se mueve a mitad de camino entre la planificación y el caos. Planificación porque no se puede aparecer como si uno estuviera en posesión de todas las claves y dinamizar el taller en modo “piloto automático”, sin contemplar su singularidad. Caos porque, más allá de la organización básica, cada grupo es diferente, las prioridades y expectativas varían y, en consecuencia, es responsabilidad de quien dinamiza el proceso personalizar al máximo el taller. Con los riesgos que conlleva. Con la riqueza de vivencias que cabe esperar.
  2. Participantes: un taller de formación en habilidades puede ser beneficioso para cualquier persona. De hecho, mejor nos iría si desde la primera infancia se considerara que la formación en estas competencias y en los valores que las impregnan, son prioridades del sistema educativo. En todo caso, mi experiencia se centra en profesionales de la promoción de la salud, de la educación y de la acción social, de instituciones públicas y de organizaciones sociales. Personas que trabajan con personas y que buscan sentirse más cómodas y eficaces en su trabajo y enseñar a los colectivos con los que intervienen habilidades que pueden mejorar su bienestar.
  3. Objetivos: variables en función del origen y sentido de cada taller. A veces, familiarizarse con este paradigma. En ocasiones, aprender a desarrollar en otras personas (escolares…) estas habilidades en el marco de procesos de promoción de la salud, prevención del abuso de drogas, educación afectivo-sexual, etc. No confundir con coaching ni con procesos de crecimiento personal que, por definición, requieren una mayor continuidad de la que a menudo puede imprimirse a la formación. Aunque es improbable que una formación en este campo, en los términos ya señalados, no te remueva por dentro.
  4. El espacio: No descubro nada si digo que esto hay que preverlo bien. Imagínate que entras en la sala y te encuentras un montón de pupitres alineados y fijos en el suelo, pensados para una “clase” convencional. O una sala tan diminuta que el trabajo grupal es poco menos que imposible. A veces no queda más remedio que adaptarse a las circunstancias, pero allí donde se pueda habrá que disponer de una sala amplia, bien iluminada y con una temperatura agradable, con sillas movibles que permitan hacer composiciones diferentes, con wifi y demás recursos técnicos al uso (ordenador, proyector, pantalla, papelógrafo, rotuladores, postits…) Pero, sobre todo, espacio, aire, para jugar, para aprender, para vivir.
  5. El tiempo: La duración del taller marcará en buena medida la intensidad del proceso formativo. Si alguien te pide una sesión de 2 horas, difícilmente podrás ir más allá de un primer contacto con estas habilidades. Un proceso que se limitará en buena medida a aprendizajes cognitivos: qué son, cuáles son, para qué sirven, cómo aprenderlas… Si acuerdas un taller de 5 horas podrás, además, dinamizar un proceso más vivencial, seleccionando alguna de las habilidades que con el grupo puedan parecer, de entrada, más idóneas. Ejemplo: si se trata de trabajar con profesionales sanitarios preocupados por la agresividad de determinados pacientes (o familiares), puedes centrarte en la empatía o en la gestión de conflictos. Si puedes decidir, entre 10 y 20 horas puede ser un umbral adecuado.
  6. Las dinámicas: Haciendo buena la sentencia de Franklin (“Si me lo dices, lo olvido; si me lo enseñas, recuerdo, si me involucras, aprendo”), en un proceso formativo de este tipo se trata, sobre todo, de utilizar dinámicas personales y grupales que faciliten la toma de conciencia con respecto al significado de cada habilidad, su utilidad para el desarrollo personal, los obstáculos que bloquean su ejercicio… A partir de ahí, la práctica grupal en el espacio protegido del laboratorio y la invitación a poner en acción cada habilidad en contextos reales.

Abandonamos la rigidez del encuadre académico para volver al taller, al laboratorio donde se cuidan los procesos y se activa el deseo de mejorar en el autogobierno y en el disfrute de la relación interpersonal. Este es el enfoque básico de una formación en este campo que pueda resultar significativa. Una perspectiva con la que trabajaremos los días 19 y 20 de noviembre en el taller “Educación afectivo-sexual en clave de igualdad”.

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