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Síndrome de burnout y mala praxis empresarial

El “Ave María”, de Maurizio Cattelan, que fotografié en el Museo de Bellas Artes de Bilbao el 12 de agosto de 2016.

Exordio

Amalia abandonó por fin la oficina por la que se arrastraba desde hacía años. En pocos meses había pasado de ser una profesional motivada por su trabajo a perder todo interés. Llegó a pensar que quizás estuviera incubando alguna dolencia neurológica que le impedía entusiasmarse como antes. Descartada esta hipótesis, se enfrentó a la realidad: se trataba del síndrome de burnout.

Planteamiento

Todo empezó con un desencuentro con su jefe, a quien nadie en aquella empresa osaba llevar la contraria. Su temperamento colérico hacía que todo el mundo callara ante sus habituales muestras de ira. Amalia siempre se había mantenido al margen de tales arrebatos, hasta que un día cruzó la línea roja y se enfrentó al sátrapa. A partir de ese momento se puso en marcha la maquinaria de la venganza. Primero, la trasladó de su despacho a una sala fría y desangelada compartida con la camarilla del boss. Después se prodigó en difamaciones y maledicencias a las espaldas, que acabaron condicionando el modo en que el resto de la empresa trataba a Amalia. Mobbing en toda regla, en definitiva.

Nudo

Amalia empezó a sentirse mal. Comenzó a padecer dificultades para dormir, lo que inevitablemente mermaba su capacidad de trabajo y la calidad de sus resultados. Su apetito se vio resentido. Fumaba y bebía más que nunca. Estaba a menudo taciturna, sin ganas de hablar, y se enfadaba con facilidad. Era cruzar el umbral de la empresa y notar una sensación de asfixia que no desaparecía hasta que terminaba su jornada. El médico le recetó ansiolíticos y antidepresivos, que no llegó a tomar por miedo a que fuera peor el remedio que la enfermedad. Cada nuevo proyecto lo recibía cada vez con mayor desgana. Se esforzaba lo justo, sabedora de que, hiciera lo que hiciera, no vería reconocidos sus desvelos. Resolvía con corrección sus compromisos. Mientras todos sus logros eran silenciados, comenzó a recibir llamadas de universidades, instituciones públicas y empresas del sector, que querían contar con ella en proyectos de diverso calado. Algunos los aceptó, encontrando de nuevo la motivación de antaño. En otros casos declinó la invitación, para evitar agobios y no incurrir en posibles incompatibilidades.

Desenlace

Finalmente Amalia decidió poner tierra de por medio. Se había despedido emocionalmente hacía tiempo, y solo se mantenía en la empresa «de cuerpo presente». Aprovechó varios encargos externos para comenzar a hacer una lista de clientes (la reputación ya la tenía ganada, tras años de dedicación y reconocimiento) y dio el salto, dejando con un palmo de narices a aquel combo de sumisos. Ahora vuelve a ser feliz. Trabaja otra vez con ganas, disfruta de lo que hace, cada nuevo proyecto vuelve a parecerle excitante. Duerme y come con normalidad, y hasta ha dejado de fumar.

Epílogo

Y es que el síndrome de burnout no es un trastorno individual, resultante de alguna suerte de vulnerabilidad de determinadas  personas que pueda resolverse con una dotación de habilidades sociales. Es, sobre todo, consecuencia de una mala praxis empresarial, de una organización mediocre en la que nunca se sabe bien a qué atenerse, de sobrecarga de tareas, de precariedad salarial, de comunicación dislocada y, sobre todo, de trabajar en un ambiente hostil creado a imagen y semejanza de la psicopatología del CEO de turno. Puro contexto, en definitiva. De ahí que lo más efectivo sea cambiar el rumbo en cuanto se pueda y dejar con la palabra en la boca al causante de tanto malestar y a sus palanganeros. Pasar de la tristeza y la rabia a un orgulloso: «¡que os den!» Y volver a empezar, libre de nuevo.

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