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Coronavirus, mercachifles y transformación social

La foto la hice en Castro Urdiales el 20 de febrero de 2020

Una enmienda a la totalidad

Quienes tenemos cierta edad acumulamos en nuestro haber (y en nuestro debe) crisis económicas periódicas que, dependiendo de la situación de cada cual y de su entorno, tuvieron más o menos impacto: desmantelamiento industrial, deslocalizaciones sistemáticas, desempleo masivo, emigración interna, sensación de no futur… De todas ellas fuimos saliendo, mal que bien, aunque no todo el mundo tuvo la misma evolución, las mismas posibilidades, las mismas circunstancias favorables, la misma suerte.

Pero por más que hayamos vivido, nada como esta crisis global que está sacudiendo los fundamentos de casi todo. La salud pública amenazada, la economía hecha trizas, los puestos de trabajo volatilizándose, el futuro difuminado, la fragilidad como evidencia, la incertidumbre como horizonte inmediato, odios ideológicos viralizándose a ritmo de pandemia, tentativas de militarización cuyo desenlace es imprevisible, formas tecnocráticas de control que a lo peor han venido para quedarse… Por no hablar de la vergüenza que representa lo que está ocurriendo en las residencias y el edadismo (¿gerontofobia?) que revela, o las inquietantes alusiones al triaje.

Mercado de buhoneros

Prosperan en estas situaciones los adalides de la llamada «psicología positiva», los del todo está en el interior, no importa la situación sino cómo reaccionas ante ella, y demás supercherías con pretensión de cientificidad. Una forma de religión que, si en tiempos «normales», se aprovecha de la vulnerabilidad y del miedo para facturar, en “tiempos de desolación” pretende erigirse poco menos que en guía hacia un nuevo mundo por venir. En la práctica, apenas un rosario de vaguedades que predican las bondades del optimismo, del pensar en positivo, como si la reacción ante la adversidad fuera solo una cuestión de método, de decantarse por la opción adecuada. Como si el entorno, bastante inquietante en la actualidad, pudiera sortearse con un poco de habilidad.

De poco sirve dejarse llevar por el derrotismo, cierto. Pero tampoco sirve de gran cosa tratar de disimular tras un optimismo impostado. Quizás nunca como ahora (salvo experiencias históricas trágicas de las que ya pocos protagonistas sobreviven) sea necesario esforzarse para encontrar una posición de equilibrio crítico entre un positivismo inane que reduce todos sus mandamientos a un solo mantra: «si quieres, puedes», y un fatalismo que solo ve puertas cerradas allá hacia donde mira.

Cambios personales, cambios sociales

Los cambios no son fáciles, y una situación tan dramática no asegura que los que se produzcan vayan a ser para bien. Hay razones para pensar lo contrario, en esa eterna dialéctica entre libertad y seguridad. Lo que sí está en manos de cada cual es dedicarse algo más de tiempo, sin perder de vista la necesidad de cuestionar las condiciones que favorecen situaciones como las que vivimos. Dedicar algo de tiempo al silencio frente a tanta hiperactividad, a repensar ecuaciones vitales que hasta ahora se daban por buenas y que quizás requieran una mirada más crítica; a poner en primer lugar lo que realmente importa, frente a tanto postureo y tanta comedia.

Empezando por reconocer ese amasijo de emociones que nos atenazan cada día (tristeza, rabia, ansiedad, miedo…), y darse permiso para experimentarlas, para compartirlas, sin negarlas ni sucumbir a su influjo. Y dedicar también tiempo a cuestionar las condiciones sociales que hacen más probables situaciones como la que nos acucia o, cuando menos, las hacen más graves cuando se presentan. Sobre todo para los sectores más desfavorecidos, que ven como, una vez más, a cuenta de la desigualdad les toca la peor parte. Y exigir la puesta en marcha de medidas que podrían ayudar a compensar su impacto. Y pensar, claro está, en la necesidad de avanzar hacia formas crecientes de gobernanza global si queremos tener alguna oportunidad de cara a los desafíos que se avecinan. ¿Ciencia ficción? Probablemente, visto lo visto.

El futuro no está escrito

Vendrán nuevas crisis y nuevas pandemias, acaso más graves. Quizás tengamos ocasión de aprender algo en el ínterin. Sobre la necesidad de fortalecer lo público y también sobre la gestión de lo personal. Intimar con lo que importa, en definitiva, puede ser una buena enseñanza. Sin falsos gurús, sin promesas sinsorgas, sin buhoneros de la pura nada. Apostando por lo personal, por lo común y por lo público. Porque como escribió Ortega y Gasset «yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo». Un cambio posible y necesario que no será espontáneo, debido a la propia evolución de la crisis. “No basta un shock”, como escribe Imanol Zubero en su blog. El futuro se escribe con palabras que quizás ni siquiera están acuñadas.